Educar pero sin gritos, es educar desde el corazón

Educar a los niños sin gritar es la mejor manera de darle una crianza sana a tus hijos. Gritarles perjudica el cerebro de un niño y en vez de resolver el problema, crea temor y rabia. Por eso se debe educar sin gritos, con empatía y responsabilidad.  






  Todos los padres han sentido alguna vez la tentación de levantar la voz para terminar con alguna mala conducta o actitud desafiante de los niños, o esos berrinches que agotan a cualquiera. Esos momentos en que el cansancio agota nuestra paciencia. 

 

  Y lamentablemente, ceder a lo fácil del grito, es el recurso de la mayoría de los padres. Incluso algunos afirman que funcionan y evitan la necesidad de castigos.


 Pero no hay que confundirse, educar con gritos es muchas veces el recurso de aquellos padres que de niños fueron educados así, y como adultos no conocen otra forma más útil y respetuosa de educar.    



   Y en realidad corregir sin gritar no solo es posible, sino que también es necesario, pues tiene un impacto muy positivo en cómo desarrollan su personalidad los niños. Es mostrarles otro modo de comunicarse, sin dañar su autoestima y con un buen ejemplo.  




El impacto en la mente de los niños


  La verdad es que el grito ni es útil, ni consigue el resultado que uno busca: solo se obtiene temor y una ora contenida. Por eso es mejor encontrar una manera de alcanzar una educación inteligente y con empatía.    



  Así, “gritar” tiene una función muy puntual que es alertar sobre un peligro. Eso activa las alarmas en nuestro cerebro y genera el impulso de huir o pelear.  De tal modo que el niño que es educado con gritos sufrirá alteraciones en sus emociones y su memoria, que perderá capacidad de mantener recuerdos, y su poder de concentración.  

  Gritar no es más que maltratar, un arma invisible que ataca el cerebro del niño, lo pone en un estado de alarma constante y en una angustia de la que no puede defenderse.   

 

Educar sin gritos y sin lágrimas


 Si ante cualquier problema que tenga un niño en la escuela o en casa se le responde con agresiones y gritos, en su mente acabará por creer que estudiar no vale la pena y que su propio hogar no es un lugar seguro. Y pronto no pensará en otra cosa que estar lejos de sus padres.



  Este es solo un ejemplo de lo que provocan los gritos y palabras desafortunadas cuando se dicen de modo habitual en las familias. Los niños y adolescentes ven al grito como una muestra de odio de sus padres, por eso lejos de sentir amor por ellos, solo sentirán rechazo y desprecio.      

 Tampoco la mente puede procesar correctamente la información que se transmite por gritos, y todo lo que se diga así no resulta positivo, y en vez de solucionar un problema, crea muchos otros.    

 Cómo educar sin gritos 


  Existe gran variedad de estrategias alternativas al grito para construir un dialogo más reflexivo. Una educación con diálogo es más saludable y positiva para nuestros hijos.   


  Antes que nada se debe comprender que gritar es haber perdido el control de una situación. Así que antes de caer en esa tentación, lo mejor es respirar profundo y reflexionar, pues si la intención es controlar una rabieta del niño o una rebeldía del adolescente, al momento de gritar toda la situación se habrá ido de nuestras manos.

 



  Siempre existe una razón para la conducta de los niños y lo primero es intentar entenderlo y empatizar con él para poder avanzar hacia una solución. Se necesita paciencia y cercanía y eso ayudará a que también puedan tranquilizarse y aprender a manejar su mundo emocional. 



   Los niños y sobre todo los adolescentes necesitan ser escuchados, decir lo que piensan y sienten. Escucharlos funciona como un manto de serenidad y es el mejor modo de iniciar un acuerdo.

    Finalmente, educar sin gritos es una decisión de cada padre que precisa fuerza de voluntad todos los días para no caer en esa tentación poco sana para el hogar. Y es que no hay una recete mágica para solucionar cada conflicto, pero siempre es el primer paso el escuchar los sentimientos del niño.  


 Y compartir tiempo de calidad con ellos, poner reglas coherentes y claras en la convivencia, ser buenos ejemplos, escucharlos e intentar comprenderlos se reflejará muy pronto en ellos y mejorará su desarrollo emocional y personal. Y el diálogo es la mejor manera de lograrlo. 

Fuente: La mente es maravillosa

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