Nadie pierde por dar amor, pierde quien no sabe recibirlo

Nadie pierde por dar amor, porque ofrecerlo con sinceridad, con pasión y delicado afecto nos dignifica como personas. En cambio, quien no sabe recibirlo ni cuidar ese inmenso regalo es quien pierde de verdad.



   Por ello recuerda, nunca te arrepientas de haber amado y haber perdido, porque lo peor es no saber amar.

Afortunadamente la neurociencia va ofreciéndonos día tras día reveladoras informaciones que nos explican por qué actuamos como actuamos en esto del amor. 

  Lo primero que conviene recordar es que el cerebro humano no está preparado para la pérdida, nos supera, nos inmoviliza y nos enclaustra durante un tiempo en el palacio del sufrimiento.


Lo peor que puedes hacer es cerrarte


  Cuando alguien que amamos nos desilusiona o abandona, nos vemos obligados a realizar grandes reestructuraciones a nivel psicológico. No solo tenemos que hacerle frente a los sentimientos que estamos experimentando sino que también debemos procesar lo sucedido a nivel cognitivo.
 
  El dolor por la pérdida, la frustración e incluso la ira terminan matizando nuestros pensamientos. A veces ese dolor es tan grande que duele físicamente y se siente como si nos estuviera rompiendo en pedazos, literalmente. 

 Y dado que a nadie le gusta sufrir, podemos terminar recriminándonos, pensando que no debíamos haber amado tanto porque así podríamos haber evitado ese sufrimiento.

 Es cierto. Es un razonamiento perfectamente válido y racional: si no amamos, no sufrimos. No obstante, ¿de verdad vale la pena vivir anestesiados emocionalmente? 
¿Es eso lo que quieres?
  


  Es perfectamente comprensible que después del primer impacto emocional pensemos que no vamos a volver a amar de la misma manera o que debemos protegernos para no sufrir de nuevo, porque las emociones que estamos experimentando son como unas gafas grises que nos impiden ver los colores del mundo.

 De hecho, de cierta forma esos pensamientos son un mecanismo de defensa. Cuando el sufrimiento nos desborda intentamos buscar un consuelo. Y puede consolarnos la idea de que no volveremos a sufrir de esa manera en el futuro. 

  Es como pensar: “Vale, ahora mismo estoy sufriendo mucho, pero cuando lo supere no volverá a pasar”. Ese pensamiento puede ser reconfortante y nos puede ayudar a salir del agujero.

  Sin embargo, llegados a cierto punto, es necesario reestructurar esos pensamientos y volverse a abrir al mundo. 

 Debemos ser conscientes de que los mecanismos de defensa que en cierto momento pueden ser funcionales y nos protegen, más tarde son desadaptativos y nos hacen daño.


Sanar el amor perdido


  Según un estudio llevado a cabo en la University College London, existen ciertas diferencias entre hombres y mujeres a la hora de afrontar una ruptura afectiva. La respuesta emocional parece ser muy distinta.

  Las mujeres sienten mucho más el impacto de la separación, sin embargo es común que se repongan antes que los hombres.

   Ellos, por su parte, suelen aparentar estar bien, se visten con la máscara de la fortaleza refugiándose en sus ocupaciones y responsabilidades. Sin embargo, no siempre logran superar esa ruptura o tardan años en hacerlo. 

 ¿La razón? El sexo femenino suele disponer de mejores habilidades para gestionar su mundo emocional. Facilitar el desahogo, buscar apoyo y afrontar lo ocurrido desde una perspectiva donde se halla el perdón y la actitud de pasar página suele hacer las cosas más fáciles.

  Sea como sea, y más allá de los géneros o del motivo que haya originado esa ruptura, quedan claras algunas cosas que es necesario inocular en nuestro corazón a modo de vacuna. 

 Ningún fracaso emocional debe vetarnos nuestra oportunidad de ser felices de nuevo. Digamos «no» a ser esclavos del pasado y eternos cautivos del sufrimiento.


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