3 venenos psicológicos que deberíamos alejar de nuestros hogares

El hogar es el lugar donde todos debemos sentirnos protegidos, cómodos y amados. El hogar y las personas que conviven en él deben tener una energía positiva para que podamos llevar una existencia tranquila y estable. 



 Cuando el hogar es sano, nosotras lo reflejamos al estar sanas física y mentalmente. Sin embargo, a veces el hogar puede estar contaminado con venenos psicológicos que provienen de las personas que en él habitan.

  La calidad de los lazos que se construyan en ese hogar son determinantes para nuestra salud emocional. Siempre que hay convivencia, también hay conflicto. 

  Pero en el hogar, particularmente, no deberíamos permitir que entren algunos comportamientos que se pueden convertir en verdaderos venenos psicológicos. 

 Resaltamos tres de esos comportamientos tóxicos que no deberían nunca traspasar la puerta de nuestra casa y mucho menos alojarse en ella.


Los gritos convierten un hogar en un infierno


  Lo malo de los gritos es que comienzan siendo excepcionales, pero la tolerancia a estos se va flexibilizando y al final se convierten en una costumbre; más si alguien los refuerza. Sucede sin que te des cuenta. 

  Hoy gritas porque te desespera que no entiendan lo que estás diciendo y mañana gritas porque te entendieron de más, o porque si no gritas nadie te escucha (o eso piensas o piensa alguien).



  En ese gesto de gritar, que parece más molesto que ofensivo, comienza a incubarse un venenoso germen, el de la violencia. Los gritos convierten un conflicto normal en una situación que daña psicológicamente. Son un acto que pretende imponer poder. Una manera de pervertir la razón de ser de las palabras.
  Hablar suavemente también se puede convertir en una magnífica costumbre. No gritar y no permitir que te griten fortalece la convivencia y te ayuda a incrementar tu estima, tu respeto y tu autocontrol. “Aquí no se grita”, debería ser una consigna básica en todo hogar.

No separar los espacios personales: un gran error


  Buena parte de una sana convivencia consiste en saber respetar los espacios de los demás. Con el término “espacios” no solamente nos referimos a los lugares físicos que le pertenecen a cada quien, pero por ahí se comienza.

   Debe existir un absoluto respeto por las pertenencias de los demás y por los lugares que forman parte de su entorno personal. Igualmente, es muy importante que cada uno delimite esas fronteras y haga que los demás las conozcan.


   Incluso habrá algunas que podrán y deberán negociarse: es el momento de hacerlo. Cada uno debe tener un espacio personal y ser autónomo en él, confiando en que los demás no rebasarán esa frontera.

  Con el respeto de los espacios físicos también se aprende a respetar la privacidad de los demás. Por más que se conviva con otros, cada quien tiene su propia vida. 

  Y solo se debe entrar en ese espacio psicológico de los otros si hay una invitación o un permiso para hacerlo. O si, objetivamente hablando, esa privacidad involucra al otro de alguna manera. Cada uno tiene derecho a sus silencios, a sus secretos, a sus convicciones.



Dejarle las tareas a un solo integrante del hogar

  
  Este es uno de los venenos psicológicos más tóxicos que puede haber en un hogar. Todo hogar implica una serie de actividades no tan gratas, pero siempre necesarias. 

 Es mejor cuando el trabajo de casa se divide entre los integrantes, sin cargarle todo el peso a una sola persona. 

 Es responsabilidad de cada cabeza de familia inculcar en los demás integrantes, sean esposo, hijos, roomies, etc, este compromiso.


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