¡Bienvenidos a este espacio dedicado a todos los que soñamos entrelíneas!


domingo, 28 de abril de 2013

El guerrero, el sabio y el hombre insignificante

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La paz había llegado a esos pueblos donde no había ya nadie más para matar, así es que sólo entonces el guerrero pudo volver a su hogar para encontrar que, así como él había barrido y quemado todas las aldeas de los enemigos que había encontrado en su marcha, su aldea había sido barrida y quemada tras el paso de estos por allí.
A lo largo de la campaña había pasado años blandiendo furia en asaltos, escaramuzas y emboscadas, había herido y matado a más hombres de los que una mujer pudiera dar a luz, y había tenido la suerte - la que él suponía fiel al heroísmo que en la batalla muchos le confundían con salvajismo -, de poco haber sido herido y nunca matado. Mas su fortuna se volvió en desgracia, la última vez que en el campo que se había convertido en cementerio, nadie había tenido tiempo, entre la exigente atención de esquivar espadas y asestarlas, para ocuparse del entierro de los vencidos. Y él, a peor suerte de con su propia mano haber abatido al último rival, se vio siendo él único en pie, aún de entre los aliados, para preguntarse si valía la pena vivir para verse en tener que atender el cuidado de tantos cadáveres.
           El guerrero cavó primero para juiciosamente hacer sitio a sus compañeros, sin llorarlos, porque no había tenido ocasión de conocer a casi ninguno. Sobre la tumba de cada uno dejaba una pequeña pira de maderitas como la tradición exigía, y para cuando hubo acabado, ya no había más ramas de dónde abastecerse en todo el páramo. 
Entonces, juzgándose mejor que sus enemigos y aún sabiendo que ninguno de ellos lo habría hecho en su lugar, siguió dedicando los días a sepultarlos a ellos también, incluso tuvo que arrasar con el bosque en el cual habían acampado él y los suyos a las vísperas del combate final, sólo para ver que ni entonces la madera alcanzó con equitativa justicia a todas las tumbas. Y así continuó, agradeciendo a la blanda tierra que no hacía imposible su labor, y llorando a muchos de sus enemigos, pues que los conocía y había considerado amigos hasta que aquél día que no recordaba, por aquellas razones que jamás entendió, había estallado la guerra.
           Así fue que por fin un día pudo dejar el cementerio que él mismo había sembrado para retornar a su aldea, dónde descubriera que alguien más había hecho lo propio. Desde entonces erró los caminos, despreciando el pasado y queriendo olvidar el futuro, vagabundo, sin la tierra por la que había luchado ni amigos por los que había sido alentado.
Hasta que ocurrió un día, como ocurre siempre en estas historias, que los caminos lo llevaron hasta un rumor que en el camino siguiente se hizo más fuerte y a la próxima encrucijada que alcanzó ya había tomado voz de verdad: había, en un pueblo no muy alejado, un hombre sabio, que daba tranquilidad al espíritu del más desdichado y hacía parecer mendigo al corazón del más rico que no le hubiese escuchado.
           El soldado sintió latir con fuerza su propio corazón con la noticia, pero ya latía lento y cansado de haberse olvidado cómo latir. Intentó correr por la senda que le habían sugerido, pero tropezaba todo el tiempo con los años que en su andar le habían alcanzado. Su aliento buscó un bastón, y anciano de tristezas marchó  sin la fuerza con la que había marchado antes, buscando la paz como antes había buscado la contienda.
           Las noches pasaron y los días corrieron hasta que encontró ese pueblo donde estaba seguro el sabio le daría la paz que jamás antes había buscado para otros. Y fue que apenas tocar su pie el umbral de la aldea, un hombre que llegaba del río cargando una cesta repleta de pescados frescos se le acercó y reclinó su cabeza a modo de saludo.
           -Noble señor - dijo el guerrero -, sepa busco al sabio que su pueblo aloja, el mismo que ha hecho célebre su nombre y según cuentan, felices a todos sus habitantes.
           -Amigo mío - habló el pescador -, es usted aquí bienvenido, mas no busque entre nosotros lo que está entre todos los hombres. Cuando usted busca usted ha encontrado, ¿buscaría el pájaro los cielos sin saber en su alma que su destino es remontar los aires o busca el pez la corriente sin sentir que el agua es el lugar donde ha de luchar sus días? De la misma manera, mi estimado forastero, usted no podría buscar a ningún sabio ni su sabiduría, si la sabiduría no estuviera ya en usted.

El guerrero se sintió conmovido: ¡qué vuelco del destino, primer hombre que se topase en su camino ser el que tanto ansiaba encontrar!
           -¡Mi señor - dijo el guerrero - es usted a quién tanto ansiaba encontrar! ¡Es usted el que puede dar la vida a mi espíritu, que yo a otros he robado liberando los espíritus a sus vidas!
           El pescador sonrió con amable sonrojo y levantó la mano que llevaba libre del cesto de pescados, para detenerle en su premura y decirle:
           -Apura usted su juicio, toda la vida fui un pescador, y no conozco más sabiduría que la que el correr de mis días, como corren las aguas del río, que me han regalado esos pescados de los que me he servido - y ante el desahuciado asombro del guerrero que más oía y creía aunque descreía por lo que oía, miró el punto del sol y señaló hacía el río -. Busque a la vera de las aguas, se dice que a estas horas el sabio del que habla acostumbra sentarse con los pies en el río, pues se dice que dice que siempre es la primera vez que lo hace, pues que siempre son otros pies los que sumerge, en un río que nunca es el mismo. Usted llegará con bien si anda en la dirección que le indico, pero si su paso se pierde, sin duda encontrará un mendigo que como usted dedica sus días a conocer los caminos, él sabrá decirle con bien el que busca.
           El pescador siguió su camino haciendo un nuevo saludo al guerrero que, sintiéndose engañado y rechazado, siguió el consejo, convencido de haber hallado el sabio que buscaba, y convencido también de que este estaba poniendo a prueba su determinación y confianza.
           Ya en la orilla, como esperaba, no encontró ningún anciano que tuviera las pintas de sabio, mas si descubrió una joven lavandera que estrellaba sus ropas sucias contra las rocas del río una y otra vez, de modo que para confirmar sus sospechas se le acercó y preguntó:
           -Dulce niña, soy forastero en estas tierras y vengo buscando al iluminado que aquí se dice ha hecho hogar. Un pescador que me dijo que aquí estaría, pero sólo estás tú.
           -¡Oh, buen señor! - dijo la muchacha deteniendo sus tareas -. ¿Ha usted buscado la sabiduría esperando verla o para escuchar su voz? ¿Diría que este es un río sólo cuando entrara en él o podría decirlo al oír su suave murmullo? ¿La busca sabiendo cómo ha de ser y qué le habrá de decir o está buscando lo que su corazón busca aún a costa de que su presencia le sorprenda?
           El guerrero sintió el mundo girar a su alrededor y al instante desechó las sospechas que había tenido sobre el pescador.
           -¡Niña anciana de palabras! - dijo humildemente -. ¿Perdonarás mi torpeza de confundir años con sapiencia cuando tengo los unos y no logro la otra? ¿Disculparás mis ojos que ven sólo lo que mis ojos se prestan a ver? ¿Podrías tú, a favor de mi búsqueda y teniendo como prueba de mi necesidad la necedad en la que me excuso para no haberte reconocido?
  La niña se sonrojó exhibiendo pudores de timidez.
           - Buen señor, es amable su confusión, mas yo no soy la que busca. Sólo vengo aquí a fregar ropas como si ellas pudieran ensuciar el alma ¿Hay sabiduría en ello? No soy yo dada en creerlo. Uso mis manos porque para eso están, vengo al río porque al río puedo venir y lavo aquí las ropas porque aquí las puedo lavar. No hay sabiduría en hacer las cosas que se deben hacer así como no hay valentía en amar cuando amar es lo que nos hace a todos en verdad valientes. Y si no se lo dije ya se lo digo, porque lo que no se dice no se sabe, porque yo no soy la que busca. Y si acaso ya se lo dije, perdone que mi memoria sólo se ocupe de este momento en que hablo, sepa que a cada momento cada palabra es una nueva verdad, y sepa que yo no soy la que busca.
           El guerrero se sintió confundido otra vez al ver más sabiduría en esta niña que en el pescador, pero si debía creerle, entonces no debía haberla. Abatido, hundió su mentón en el pecho y se arrodilló sintiéndose vencido.
           -Buen hombre, permítame decirle amigo, vea que diciéndome su amiga así me siento, y diciéndome su amiga más yo misma me siento - la niña tomó su rostro y lo elevó a la altura de sus propios ojos descubriendo una lágrima que al guerrero había herido y sangraba hasta su rechazo -. No soy yo quién busca, pero sé dónde ha de hallarle. Él todas las noches vuelve a su hogar, solo porque al pobre nadie le ha tolerado demasiado sus verdades, encendiendo las luces de su única morada porque tiene por costumbre del día en su lengua o por las noches las usanzas de un faro, solo porque en verdad nadie le ha visto, se dice que vuelve de andar por todo el pueblo y sin que su voz se haya alzado a ser más que un rumor, sin que sus pasos sean más que una sombra, pero haciéndonos sentir su presencia como lleva el viento las voces de un pájaro que nadie ve y nadie conoce. Busque al final del camino entre las últimas de las casas, busque y encuentre la más humilde y la más triste, la más fea si la distingue, pues se dice que en la roca menos querida se halla en su corazón la gema más deseada. Y si no la encuentra allí hasta el final del pueblo, pregunte al mendigo que ronda buscando una palabra de amigo, que nada tiene pero que jamás escatima una sonrisa y una humilde reverencia, que todos en el pueblo conocen y nadie olvida a la vez que no hay uno sólo que le recuerde.
           El guerrero, aturdido como nunca lo había estado en el fragor de la batalla, resignado retomó su marcha, desconfiando de su propia confianza en saber ya a quién buscaba. Si todos en aquella aldea hablaban como el pescador o la lavandera, lo mismo valía buscar el cielo sin mirar hacia arriba. ¿Cómo podía la sabiduría estar en todos y cómo un maestro podría enseñarle más de lo que le había enseñado una simple lavandera?
           El viejo y cansado soldado al fin posó sus pies ante el umbral de la choza más fea, simple y pobre que pudo encontrar, y siendo que aún el sol guardaba algún que otro haz para destinar a aquel día, se sentó a esperar al sabio.
           Al poco rato pasó un niño llevando algo entre sus manos que a juzgar por su recelo habría sido el tesoro digno de un rey. Cuando vio al soldado sintió curiosidad y demostrando que tenía la sabiduría de un rey abrió sus manos para mostrarle que no había nada en ellas.
           Viendo esto el guerrero lo miró con indulgencia, los juegos son para los niños, eso bien lo sabía, y pensó que su compañía podría traer algo de la fresca ingenuidad que de pronto parecía haberse borrado de la faz de la tierra. O al menos de ese insólito pueblecito.
           -Buenas sean vuestras tardes, jovencito - dijo el soldado.
           -Buenas sean vuestras tardes, jovencito - respondió el niño.
           -¿Desprecias mis arrugas para llamarme así? - dijo sorprendido.
           -Le llamo así, amigo, porque es usted a lo que yo aspiro ser si los días me acompañan y porque soy yo lo que usted aspira a volver a ser ya que los días lo han abandonado. Le digo así, jovencito, porque no somos más de lo que queremos ser.
           El guerrero se sintió víctima de todos los colmos. El viejo soldado se sintió más vencido que tras cualquier batalla en la que la suerte le hubiera sido la derrota más humillante. En ese pueblo la sabiduría parecía crecer en los árboles y se sentía tan ingenuo en esos momentos como debiera haberlo sido el niño que tenía en frente.
           -Ya, si dices bien yo debería ser curioso como un niño - dijo el soldado.
           -Si - respondió el niño.
           -Pues entonces voy a preguntarte qué llevabas en tus manos hasta hace un momento.
           -Hágalo - lo invitó.
           -¿Qué llevabas en tus manos hasta hace un momento? - dijo el soldado intentando llevar las palabras a un asunto más trivial que le sentara mejor. 
-Llevaba tiempo, mi joven amigo.
           -¿Llevabas tiempo entre tus manos?
           -No sólo tiempo. También llevaba una promesa.
           -Ya veo - dijo el soldado, volviendo a sentir que hablaba con un niño que estaba jugando y nada más -. ¿Y los has soltado porque te hacían cosquillas, verdad?
           -¡Bien dices! - se alegró el niño y como certeza de esto sonrió y dio un salto triunfal -. Me hacían muchas cosquillas, de modo que decidí liberarlos porque al verlo a usted entendí que es inútil pretender aferrarme a un momento y resistir al paso de un día. Y con el tiempo que tenía atrapado solté la promesa de que llegado el momento oportuno, lo tendría todo de vuelta y que para entonces lo habría disfrutado en libertad.
           El niño miró al soldado. El soldado miró al niño. El niño sonrió. El soldado dejó pasar tanto tiempo antes de responder malhumorado a su sonrisa y poder articular una sola palabra, que para entonces el último rayo del sol se había puesto en el ocaso, y a lo lejos las farolas del pueblo ya empezaban a encenderse tímidamente.
           - Debes marcharte - sentenció simplemente, ya había tenido bastante de pescadores, lavanderas y niños, estaba esperando al sabio y a nadie más -. Espero al sabio del pueblo, y no es asunto que incumba a ningún niño.
           -¡Tienes razón mi amigo! - sonrió el niño -. Haces bien en buscar al sabio, aquí los niños somos curiosos, pero la sabiduría de las certezas no deja satisfecho a los hombres tanto como la curiosidad a los niños.
           El soldado dudó del valor de haber sido finalmente tratado como un adulto, pero antes de que dijera esta boca es mía, el niño dijo para despedirse:
           -Y en verdad hace bien en esperarlo aquí donde se dice que vive por las noches. Mas si las horas pasan y no llega, usted debe preguntar al mendigo, pronto llegará por aquí ejerciendo el único oficio que se le conoce de las noches pues ninguno se le sabe por los días, y ese es el de prender las luces de las calles, como buen farolero que es. ¡Adiós! 
El niño se alejó trotando por el camino, saltando cuando la alegría se lo reclamaba y en giros cuando era él el que alcanzaba a la alegría. En las sombras cada vez más oscuras, el soldado meditó sobre los hechos del día mientras distraídamente veía cómo por la calle iba acercándose una tiara de candelas hacia él.
           Y las luces fueron dando las formas a la figura de sombra que las encendía que empezó siendo algo irreconocible, luego un hombre, luego un hombre extrañamente familiar y luego el mendigo al que el soldado había preguntado cómo llegar al río y cómo hallar la casa del sabio cuando se había perdido. El mismo mendigo al que no había prestado la suficiente atención siquiera como para recordarlo en su propia historia.
           Y cuando el mendigo de día y farolero de noche llegó al final del camino apagó la vela que le servía para encender las demás, levantó su roído sombrero saludando al soldado y se metió dentro de la casa.
           El soldado se enfureció y empezó a golpear la puerta lo suficientemente fuerte para demostrar cuánto lo estaba. Después  de mucho insistir, asomó por el umbral el mendigo feliz con el alboroto.
           - Gracias buen hombre - dijo el mendigo -, nadie antes había golpeado a mi puerta, y ya tenía mis dudas de que sirviera como tal.
           -¡Usted! - acusó el soldado sin perder la compostura de su ira ante semejante ocurrencia -. ¡Usted! - dijo el soldado señalándolo como si él mismo no se conociera -. ¡Me ha engañado! Durante todo el día estuve buscándolo y me ha tenido como un tonto que no sabe dónde buscar, ni cómo reconocer, ni qué hacer con la sabiduría, usted nunca me dijo quién era aún sabiendo que sólo a usted lo buscaba. ¡Usted no es más que un engaño, no es más sabio que nadie aquí!
           - Usted pretendía encontrar una lucecita durante la luz del día - dijo el hombre sabio -, y yo no hice más que mostrarle cuántos rayos adornan al sol del conocimiento que anida en los corazones de todos los hombres, de todas las mujeres y de todos los niños. Yo no tengo la soberbia de decirme sabio durante el día cuando sólo me dedico a escuchar y preguntar. Y durante las noches sólo soy un farolero que enciende luces que brillan más sólo porque brillan en la oscuridad. Si era usted el que me buscaba, ¿cómo yo pude encontrarlo tres veces y usted no pudo encontrarme jamás? Nadie más que un hombre insignificante busca encontrar en uno sólo lo que está en todos los demás.

- Jacques Pierre



jueves, 25 de abril de 2013

Manual de uso para el correcto revolucionario - Las flores vencerán

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   El primer paso para iniciar una revolución es el perder todos los miedos.
   El problema radica en que este primer paso es el más difícil de todos y hasta que no se ha dado, todo lo que se haga será escaramuza, rebeldía y berrinche, pero no revolución.
   Mas una vez salvado y ya olvidados los temores y las vergüenzas y los odios, ya pasados los terrores a las muertes y a los otros, una vez despreciados los horrores a los por qués y a los quizás, todos los pasos siguientes son simples, naturales, así como después del primer paso el caminar se hace parte de uno mismo, cuando al fin se es libre de las cadenas de los miedos a caminar.

   Lo inmediatamente siguiente es tardíamente seguido, pues luego de perder los miedos se ha de ganar en paciencia y saber que los cambios son las únicas verdades. Todo está siendo pero nada es.

   Si deseáis ser un revolucionario has de amar. Ese es el tercer paso y si no el último sí el más definitivo.

   Un auténtico revolucionario no lleva balas fabricadas por aquellos que las venden a los otros para que lo maten o que él los maten a ellos.
   Un auténtico revolucionario no sirve a banderas y no ve fronteras a sus pies.
   El verdadero revolucionario ha de romper el sistema y no ser una tuerca útil como mal ejemplo.
   El revolucionario es más ejemplo que lo que intenta superar.
   Ha de llevar la revolución en su pecho tanto qué él mismo sea la revolución.

   El verdadero revolucionario no busca cambiar al mundo, sino que el mundo cambie con él.

   Él es su propia trinchera y campo de batalla.
   El verdadero revolucionario se sabe dueño del triunfo y todo lo puede esperar en esa certeza.
   Si deseáis la revolución juega con vuestras propias reglas.
   Lo que otros venden y compran, regalalo.
   Lo que otros odian, amalo.
   Lo que otros no entienden, profesalo.
   A lo que otros temen, a los que otros temen, une en un abrazo.


   El verdadero revolucionario no cree en las divisiones ni permite que otros digan quien es amigo y quién no.
   El verdadero revolucionario sólo tiene amigos y nunca está solo cuando sabe entender los saltos o los tímidos gateos de revolución en los otros. El correcto revolucionario los sabe esperar a todos.
   El verdadero revolucionario llama a todos y cada uno por su nombre. No sabe ver divisiones ni ve dioses ni fronteras, no ve piel ni ve credos, no ve partidos ni simpatías, no entiende de culturas, naciones ni nombres propios o impuestos, no se seduce por títulos ni poderes. El acertado revolucionario sabe que el mundo es redondo para andarse todo, sin respetar los inventos de los mapas de colores y líneas enredadas y sin sentido.

   El verdadero revolucionario se sabe una semilla heredera de la luz de las más antiguas estrellas, se siente triunfante de mil millones de generaciones, es campeón de campeones y así ve a todos y más ve hacia adelante.

   El auténtico revolucionario no cree en los dioses que le enseñaron sino en el que él será mañana.

   El auténtico revolucionario no juega con las mismas armas que le disparan.

   El auténtico revolucionario responde con flores a las balas que le matan.

   Porque sabe que en el mundo siempre habrá más flores que balas.

- Jacques Pierre






martes, 23 de abril de 2013

Estaré loco, pero al menos puedo volar...

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...puedo alzar los brazos y tomar el cielo, puedo bailar con la noche, puedo colgar de sus estrellas como un tonto acróbata sin miedos.

Estaré loco, es cierto como es cierto que no lo es. Yo sé remontar los vientos, yo aprendí a escalar los horizontes, y no hay verdad, y no hay otro norte, más que el latido del corazón hasta el desborde.

¿Goza el poeta al ver repetidos por otros sus versos en lenguas amantes, o es el peor aguijón al alma, que a los suyos sólo respondan los ecos?

Estaré loco, no sé si tanto como los cuerdos, pero vuelo, rimo; a veces siento. A veces como el abrazo de un pájaro que no abraza, a veces como el río que canta, y no tiene voz, y no tiene garganta.

Estaré loco, pero al menos puedo volar, pero al menos puedo convertir al mundo todo en un precipicio y a la noche infinita mil veces más honda en mi lecho.

Otros mundos, otros tiempos, a nada temen los trazos de mi vuelo.
A veces amo, a veces vuelo.

Pero al menos puedo volar.

- Jacques Pierre




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lunes, 15 de abril de 2013

Ten piedad de nosotros, niño del futuro

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   Ten piedad de nosotros, niño del futuro.Ten piedad.

   A ti y sólo a ti hemos de pedirte perdón, porque callamos cuando debimos hablar y hablamos cuando debimos callar y sólo hablamos cuando también debimos hacer.

   Ten piedad de nuestra memoria, no mancilles nuestro recuerdo, niño del mañana.
   Hicimos todo lo que podíamos hacer lo mejor que pudimos, por eso te pido, que no tomes con odio el mundo que dejamos.
   No sabíamos, simplemente no sabíamos. Creíamos que sí, pero no sabíamos.


   Ten piedad de nosotros, pobres tontos extraviados, niño del futuro.
   Siempre ocurre que cuando apenas estamos empezando a entender, ya debemos irnos, por eso ten piedad de nosotros y porque cuando tú entiendas esto ya serás como nosotros, tontos niños jugando un juego que no sabemos, y creyendo que nos sientan bien los disfraces de adultos. Nosotros en nuestra torpeza hemos hecho del mundo que era una semilla tan sólo, una rosa.
   No es mala la rosa, ni sus espinas podrían jamás odiarte, pero te harán doler y te harán sangrar. Ten piedad de nosotros por eso también, porque hemos hecho cosas buenas y podrás disfrutar su perfume y su belleza.

   Y sobre todo ten piedad porque te olvidamos en la calle y en el campo de la cosecha, porque no te vimos en tu suerte errante y porque te abandonamos en una trinchera de esas que fabrican los ignorantes. Perdónanos porque nosotros éramos los ignorantes y no sabíamos que todo lo que te hacíamos nos lo hacíamos a nosotros mismos. Y si fue que no te enseñamos bien a amar fue porque no sabíamos y sólo sabíamos de mentiras y dioses, colores de pieles y ceros de billetes. Sabíamos mucho de miedos, pero no sabíamos qué hacer de ellos.

   Niño, ten piedad de nosotros.
   Juzgarnos con bondad pues tú también serás el recuerdo de otros más. No mires con dureza nuestros miedos y  dudas, recién entonces estábamos empezando a prender candelas para que a ti te pudieran guiar. Recién entonces tallamos las escaleras para que pudieras tocar las estrellas y las llaves para que pudieras conocer los misterios últimos del mundo.
   Ten piedad de nosotros, que anduvimos como ciegos en la oscuridad, tanteando, rascando de nuestros males alguna bondad.


   Perdónanos y no sumes tu odio a nuestro peor castigo, que fue no saber todavía amar. Creíamos que sí, pero no sabíamos. Sólo veíamos diferencias donde había tanto, tanto y tanto igual.
   No sabíamos, simplemente no sabíamos. Y jamás habrá mayor castigo para el ignorante que su mismo ignorar. A ti pensarás que no te amamos...mal dirás, y aún así piensa que la desgracia de suerte del que no aman, nunca es peor de la de aquel que no sabe amar...

   Habíamos dado un paso apenas, y es que el viaje de mil millas empieza cuando un solo paso se da. Nosotros estiramos el primero entre sombras y miedos, a ti te esperan mil más.
   Niño del futuro, tú que eres mejor que nosotros, sonríenos al mirar atrás, todo lo que hicimos lo hicimos por ti, lo bueno y lo tonto, pero por sobre todo el a duras penas aprender a amar.


   Tú ya eres nosotros, niño del futuro, por eso tennos piedad: nosotros también éramos niños tontos, pretendiendo llevar ropas de adultos. Y no sabiéndolas bien llevar.

   Aprieta bien la rosa y olvida tu dolor, su perfume y belleza todo lo pueden sanar.

- Jacques Pierre



viernes, 12 de abril de 2013

Sistemas

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   Midiendo mi destino
apenas con el tiro macizo de una piedra,
no tengo en el largo de su camino
más lágrimas ni penas.
¡Y ya no hay en el eco de mis venas
ángulo en el laberinto del sentido,
que le busque restar latidos a sus velas!

   El derrotero de mi brújula
miro muy alto,
y no topa con fin de cúpula
que el ojo sepa mirarlo.

   La mañana perdió sus miedos para mí,
y ya no sé qué será de los soles
y sus cazadoras lunas de perseguir.
Pero mi exacto cielo no conoce bordes,
y las que creí profundas lápidas de noches
se abren ya a mí y son luces que son moles,
y abundan por aquí y allí.

   Midiendo mi destino
sereno en la tierra mi paso,
pues que ya me hice adivino
de cuanto corre al despertar del ocaso.

   Hay una orilla a la que ya no parto.
Hay un insomnio que ya no me desvela
y un secreto que no comparto.
Hay en los besos un milagro esperando
y en ti el cielo de mis dulces estrellas.

   Angulado el lapso
de mis marchas sonámbulas,
con los pétalos de tus labios yo zanjo
en las piernas del crepúsculo,
las orillas de las lunas,
que embelesadas de mis ebrios saltos
sobre los horizontes vagabundos,
nos rinden más horas negras ancladas a sus alturas.

   Midiendo mi destino
asusto inconcluso la ansiosa margarita
que cree en el paso de los soles idos,
que cree su fragilidad crece cuando palpita
la fuga del viento que con alas tentáculas le ha roído.
Ya entenderá ella algún día,
que hay más cielo tras la altura de las cimas,
y que hay cosas medidas que escapan la medida.

   Juntos veremos más que el último misterio
tendiendo nudos al lazo de nuestros destinos
en hierro siempre mutuos esclavos,
pues que ya no creemos en las sombras del velo
que esconde el deseo de los que se aman amados.



- Jacques Pierre





miércoles, 10 de abril de 2013

Te quiero

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  Te quiero sin quererlo
pues evitarlo no he podido,
cuando torciendo mis pasos su camino
mis ojos se vuelven a ti en quererlo,
prisioneros siempre en tormentas de suspiros.

   Y aunque sin querer mi quererte,
como el fuego repele el eclipse,
ya vencido ante tu corazón me rindo y arrodillo,
pues que acaso no siempre reine lo más fuerte
sobre aquello que no quiere rendirse.
  
    Mientras  a mí no me miras,
y en ello yo no quiero mirarte,
haces el rubor de mi obstinado pulso se adelante,
y delirante de ti mi rebelde pupila,
sólo a ti más quiera mirarte.

    Hay tantas estrellas en el cielo,
como pétalos en el sol de las margaritas,
que pálidas de mi llana tristeza se hacen pliego
en el campo enterrado entre sus millaradas brisas,
y si tiene por ellas mano de buen arriero el viento,
entonces me dejaré perder en la dicha,
que como él, también así, mi beso como él arriero,
como él que reúne sus cargas entre vuelos,
también así ligará a mí mi sonrisas
con tal que resista las eras del veneno,
marcando mis labios a tu cuerpo entero.

   Y yo intento otro tanto como tú que me dueles
cuando huyendo de mí escapas,
mas también las aguas que ya no duermen,
de la tierra rápidas extrañan sus entrañas,
y tornan como ansia de mil altas vertientes,
al extraño rito, que en amor nos amarra.

- Jacques Pierre

domingo, 7 de abril de 2013

¡Regalo besos, regalo besos! - Jacques Pierre

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¡Regalo besos, regalo besos!

Porque si conmigo mueren,
con ellos yo también me pierdo.
Con ellos fuego de carne,
con ellos cielo en deseo.

Y son los besos estos los míos
no los de la frágil carne,
sino los que hace hondos de su sueño el ángel,
que inspira como tal,
a la garganta del mirlo,
a como garganta de mirlo,
a como mirlo cantar.

¡Ah! Mas no les regalo distraído
cuando cada uno que pierdo,
sé que certero volverá contigo,
porque tengo más vida en mis anhelos
que anhelos en la vida persigo.


Regalo el alma que se entrega entera,
porque yo tengo por alma en mástil una vela
que cruza el extremo horizonte
saltando la salada espuma y su norte,
y tiene en su ser ajena,
no ser de nadie cuando no es de dónde.

¡Abre los ojos si sueñas,
no sueñes la vida y vuela!

Regalo todo menos mis silencios,
sean mudos estos míos,
que enmudezcan por siempre conmigo,
los crueles esos,
aturdidos y sin refugio cazados por mis besos,
pues su ser es ser de astilla de desierto
que no hay que yo no venza,
enjugándolos valiente al escudo de tus besos.

- Jacques Pierre


sábado, 6 de abril de 2013

”Niños ingleses”

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(Port Howard – East Fackland / Isla Soledad)

Los niños ingleses no existen.
Los niños argentinos no existen.

Los niños y niñas en el mundo nacen libres y del mundo. Luego, por un error de conceptos y costumbres repetidas hasta el cansancio para hundir su libertad, se les enseñan mapas y se los encierra en continentes, en países, en ciudades, trazando barreras en un mundo que se les había prometido redondo.

Se les dice que las fronteras son tan eternas y absolutas como insistentes las luces del firmamento.

Así, se les enseña de lo diferente que son esos otros niños, de lo extraño de sus lenguas y costumbres, sus extraños credos y sospechosos matices en la piel. Y lo trascendente de los colores de cabellos o los tintes de sus ojos.

Que es suficiente razón para matarlos, que otros niños nacieran en países con otros colores en el mapa.

Se les enseña ésas y otras tantas mentiras, para que no vean a niños y niñas, dónde sólo hay niños y niñas.

- Jacques Pierre

viernes, 5 de abril de 2013

"Yo tengo un lápiz", una reflexión que no puedes dejar pasar

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  Yo tengo un lápiz, que cuando lo suelto, cae.
  Si lo pierdo, encuentro otro.
  Si lo rompo o las palabras lo comen, busco otro.
  Yo tengo un lápiz, que sin mí no es nada, no hace nada y no dice nada.
  Ese lápiz no me tiene a mí.
  Yo puedo elegirlo o dejarlo de lado, puedo olvidarle y yo seguiré siendo el que soy. Porque yo tengo un lápiz y el lápiz no me tiene a mí.

¿Cuánto hay que puedas perder, romper, olvidar, gastar o dejar caer?
  Tener o no tener, esa es la cuestión. Eso diría Shakespeare hoy.
  ¿Qué es más elevado para el espíritu: poseer o perder?
   Yo no tengo lo que no puedo dejar, lo que no puedo dejar me tiene a mí.
   Si crees que tienes algo de valor, pierdelo.  


    Si no puedes, en verdad eso te posee a ti.

    Si no puedes olvidar a ese alguien no lo tienes, no te engañes, en verdad te tiene a ti.
    Si lo que eres es a través de algo más, lo que eres es una ilusión.
    La libertad no se suma con las cosas y las gentes que son tantas veces grilletes, libre es el que tiene y puede soltar y dejar caer.

   Libertad no es no querer, sino no querer por no poder dejar de querer.
   Hay quién vive para tener y no entiende los barrotes de formas de cosas, malos quereres y ambiciones, pero no se es libre por no tener, pues otra mentira es el querer y no poder para vivir truncado en los sueños y deseos inconclusos en sed y hambre de tener.


   Tener no es querer.
   Libertad es elegir. Día con día.
  ¿Dejarás que te digan quién eres por lo que tienes?
   Si lo que eres es lo que tienes, es sólo lo que haces, no eres sino lo que te han hecho.

   Si Sócrates hubiera encontrado por estos días a Shakespeare en alguna esquina perdida de la metrópolis, a toda certeza le hubiera respondido con este acertijo:
  “No te engañes amigo. Conócete a ti mismo y no lo que tienes y te adorna o ronda. Los demás no son tú ni tú haces a los demás. Si en verdad tienes algo que no puedes dejar. No te engañes, mi amigo, en verdad te tiene a ti”.

   El Quijote, un poco más allá, diría en su locura y no sin cierto cinismo en un susurro:
    “Dime qué puedes dejar caer, y te diré quién eres”.
…y si la suerte toca de nuestro lado, pronto socorrería Nervo,  el Amado, para recordar a todos los pensadores que es preciso abandonar tanto que se sabe y se tiene por saber…. recitaría así pues, este quizás:

   “¡Amigos, amigos, no olvidéis! Si es cierto que hay que andar por el camino, posando apenas los pies y que hay que ir por este mundo como quién no va por él…, sabed bien que tener no es por cierto en verdad tener, ríe, ama y vive, lo demás son cadenas que nos pierden y lo demás no es en verdad ser”.

- Jacques Pierre


miércoles, 3 de abril de 2013

Historia

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 Las siembras de libros son un proyecto que llevo adelante desde septiembre de 2011, al cual convoco desde la fanpage de Facebook “El Club de los Libros Perdidos”. La convocatoria la realizo desde la página organizando distintos eventos en cada ocasión para difundir las invitaciones e indicaciones puntuales del proyecto. Las fechas son los días 21 de marzo, 21 de junio, 21 de septiembre y 21 de diciembre de cada año. La actividad consiste en que todos los participantes escojan uno de sus libros y escriban en una sección visible del mismo la consigna y aviso de que el libro es dejado en la vía pública de modo anónimo y consciente, bajo el lema de El Club de los Libros Perdidos, la fecha y el pedido de que quien lo encuentre participe del proyecto dejando ese mismo libro (u otro) en la fecha de la siguiente siembra. Luego, quienes lo desean, comparten sus fotos, anécdotas y vídeos del momento de la siembra en la página, incluso muchos llegan a encontrarse con quienes lo encuentran cuando estos acuden a la página a comentar que encontraron un libro. La motivación principal tanto de la página como del evento son difundir e incentivar la lectura de un modo lúdico que pueda incluir a familias y a docentes junto con sus estudiantes, tanto como a quienes de forma casual encuentren el libro. 
Público destinatario: el público al que está dirigido el proyecto no es específico, aunque a través de la experiencia, sólo el público interesado en la lectura o con suficiente motivación por iniciarse en la misma ha recogido los libros y se los levó luego de leer las consignas inscriptas en su primera página.
Evaluación: La evaluación y repercusiones en general son muy buenas. La participación aumenta año a año y la difusión se multiplica por el boca en boca y algunos medios, generalmente radios locales. En base a los comentarios, fotos y anécdotas, el resultado es muy positivo tanto para quienes participan sembrando libros como para quienes los encuentran. Esto, a raíz de sus testimonios, motiva a la lectura y al disfrute familiar y escolar de misma, a través del juego de las siembras. Han llegado a participar más de 100.000 personas en una sola ocasión y a lo largo de los años han participado un estimativo de medio millón de personas.

Bibliografía: En el mundo existe desde principios del 2000, un movimiento que se origina en los Estados Unidos y que se llama “bookcrossing”. Consiste en dejar libre un libro en la vía pública, en cualquier bus, tren, butaca de cine o plaza, para que alguien más lo encuentre. Este movimiento, que si bien tuvieron repercusión en los países de lengua inglesa, llegaron poco a Latinoamérica y España. Además quienes participan de ese movimiento, llevan un registro para rastrear las vicisitudes del libro que liberan, en cambio desde el Club, el interés está en estimular la lectura. Los libros sembrados no son rastreados necesariamente, y a diferencia del movimiento sajón, aquí se coordina fechas precisas de modo de crear la costumbre de sembrar y tener un mayor alcance en el público.   

Relato del proyecto: 
Soy Facundo Bonomi, un documentalista y docente universitario de Buenos Aires (UNLaM), pero tengo desde niño una profunda devoción por los libros. Así que el Club surge en abril de 2011 como página para compartir este gusto por la literatura. En un principio era poca la gente que se unía. Llevó mucho tiempo superar los primeros mil seguidores, luego el incremento fue exponencial y a fines de julio llegamos a los primeros 10 mil integrantes. Durante la primera semana de septiembre éramos 50 mil y para el 1 de octubre habíamos llegado a 100 mil. Hoy estamos alcanzando al millón y medio y la página sigue creciendo día a día.
Mi interés pasó de compartir simplemente literatura, a hacerlo algo más tangible y real, por eso fui creando más opciones en que se pudiera interactuar y lograr más allá de este espacio virtual. Libros colectivos, “cadáveres exquisitos” literarios, audios de cuentos leídos por los seguidores y al fin,  el proyecto de siembra de libros.
La consigna es simple, cualquiera puede participar dejando uno de sus libros en un espacio público un día 21 de mes de cambio de estación. Puede ser en un banco de plaza, butaca de cine, tren, colectivo, etc., siempre aclarando que el libro “fue sembrado” a propósito como parte del proyecto de El Club de los Libros Perdidos, y con el pedido de que quien lo encuentre vuelva a sembrarlo en el próximo cambio de estación. El libro está literalmente “perdido” y más que un rastreo existe una invitación a que quien lo encuentre vuelva a sembrarlo a su vez creando una cadena exponencial que idealmente involucraría a cada vez más gente en el gusto de la lectura.   
También existen una cuenta de twitter que inició más tarde y ya superó los 17.000 seguidores y un canal de Youtube donde compartí algunos videos hechos sobre libros o sobre los mismos integrantes del Club. Incluso para pasadas siembras, el Ministro de educación de Costa Rica, Leonardo Garnier y el escritor del mismo país, Carlos Díaz Chavarría; ellos grabaron diferentes videos promocionando las siembras y participaron activamente de ellas. 
Otra de las cosas más importantes es que la página intenta ser más que una simple fanpage, a la que uno puede darle un “me gusta” sin más. En ese sentido hay varias vías por las que se promueve la creatividad y las iniciativas de cada uno. El proyecto también cuenta con dos blogs, uno para compartir distintas notas literarias y difundir las siembras y otro donde se reciben y publican gratuitamente cuentos y poemas de los seguidores de la página, como una obra colectiva que da difusión a autores sin la necesidad de recurrir a grandes editoriales pero animándolos a darse a conocer, y gracias a la cantidad de personas que siguen al Club, se llega a un gran espectro de lectores, y así funciona dentro de sus limitaciones, como una editorial gratuita. Hoy se puede escribir algo digamos desde Buenos Aires, y compartirlo con personas que si te descuidás, encontrás que te felicitan desde Marruecos, Canadá o Sidney, entonces te hace al mundo un poco más chiquito, mientras a la vez hace las miras de las personas un poco más amplias. Y eso también es leer y eso también es escribir, y mientras más tiempo los autores y editoriales se resistan a entenderlo, más tiempo estarán perdiendo de unas herramientas poderosísimas para hacer que la cultura llegue a más personas y ámbitos.
Y seguramente lo que más personas moviliza, es justamente la “siembra de libros”. Muchos han enviado sus fotos del momento en que los dejaban en alguna plaza, colectivo, esquina, y algunos también de los libros que habían encontrado. Hasta así terminaron por encontrarse y hacerse amigas algunas personas. La idea fue hacer de estas siembras una cuestión orgánica y poder promoverlas de una manera fija y certera. Pero como liberarlos una vez al año habría sido demasiado poco regular, y una vez al mes o a la semana demasiado costoso para los seguidores que quisieran hacerlo, partí de la idea de hacerlo en cada cambio de estación, representándolo como una “siembra de libros”. Así se fijé el día 21 de cada mes en que se da inicio a una nueva temporada, es decir, marzo, junio, septiembre y diciembre. Y es maravilloso saber que el mismo día en que yo lo estoy sembrando en Buenos Aires, en cualquier pueblo o ciudad del interior del país, o hasta alguien en España o Australia está haciendo lo mismo.
   Y para esto no existen mayores requisitos. Cada uno siembra libros si así lo quiere, cuando y donde quiere. Muchos incluso han llegado a dejar docenas de libros por su cuenta, maestras con sus estudiantes, o adultos con sus hijos, nietos o sobrinos, lo que inicia a muchos niños en el interés por la lectura de un modo divertido.

De este modo el Club también funciona como una biblioteca libre, que permite no sólo que si la gente no va a los libros, los libros partan a buscar sus propios lectores, sino que agrega un tinte de magia en quien los encuentra. Y para mayor sorpresa, no sólo en quienes los encuentran, sino que principalmente en quiénes los siembran, que pueden apenas imaginarse qué significarán para los que los hallen, y las maneras en que esos libros florecerán en sus vidas.
Muchas veces, y casi siempre justificadamente, Facebook y las redes son consideradas como medios de desinformación, de trivialización de la información, y mi manera de verlo es que si son así, es porque permitimos a que así sea. Es también responsabilidad de muchos pretendidos intelectuales, que evaden el medio descalificándolo, sin querer ver que las tecnologías llegan para quedarse, y que a favor de la cultura y el entendimiento humano, cualquier herramienta es tan válida como cualquier otra.
Aquí se busca contagiar la lectura y también incentivar a la escritura de quienes están en la página, y aún más, que a través de la lectura y estos modos de compartirla, se cambien prejuicios e ideas que no corresponden con nuestra época: compartir, regalar, acercarse al otro y conocernos a través de los libros y esta idea de sembrarlos, lleva consigo la promesa de hacernos mejores a nosotros mismos y más ricas a nuestras culturas.
 Por otra parte es sorprendente lo bien dispuestas que están las personas a leer. Algunos dicen que hoy en día casi no se lee, a mi ver es todo lo contrario, hoy se lee más que nunca en la historia, sólo que los modos y los soportes para hacerlo están cambiando.
   Y es esa una de las principales motivaciones que tengo en el Club, pues creo que los libros realmente pueden hacer mejores a las personas, uno no puede ver la historia argentina de la misma manera después de leer a Giardinelli o Walsh, no puede ver a una mujer del mismo modo después de encontrarse con Neruda y no puede dejar de ver al mundo muy diferente después de conocer las palabras de Bakunin. Y si se los comparte se abren las puertas a cambios que quizás no entendamos ni jamás veamos, pero que serán.
Acostumbro recordar un viejo cuento sobre un anciano sembrador de dátiles, árboles que tardan una generación en dar sus frutos. En medio de su labor se encuentra con un joven amigo de acomodada posición, que lo cuestiona porque el anciano jamás podrá probar de lo que siembra. Éste, sin perder el ánimo, le responde que él probó los dátiles que alguien más sembró antes, y que sólo está correspondiendo a esa deuda, para que alguien más, algún día, se sienta agradecido por lo que él siembra ese día.

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