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jueves, 29 de octubre de 2015

La lectura da la felicidad

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Quizás llamar a este artículo “la lectura da la felicidad” ha sido propasarse un poco, porque depende de muchos otros factores el ser feliz o no, pero sí es cierto que los lectores son más felices, optimistas y enfrentan mejor las situaciones negativas que los que no son lectores habituales. Esto lo confirma un estudio realizado por la editorial italiana Mauri Spagnol, en colaboración con la Universidad de Roma Tre.


Lo que se intentaba descubrir con este estudio es el papel que tiene la lectura tanto a nivel cognitivo como emocional en las personas. Las conclusiones principales que se obtuvieron fueron las siguientes: la percepción de la felicidad entre los que leen es mayor. Siguiendo la escala de Veenhoven, que va de uno a 10, los lectores clasifican su felicidad con un 7.44, una puntuación por encima de los que no leen (7.21) pero también de la media italiana, que ronda los 7.30.

El estudio se realizó mediante una encuesta telefónica a una muestra de 1.100 italianos de más de 14 años. Resumidamente se llegó a las siguientes afirmaciones:
Los lectores son menos agresivos que los que no son lectores habituales, experimentando menos episodios de ira y rabia ante situaciones problemáticas. Por lo que se argumenta que los lectores habituales se adaptan mejor a las situaciones y enfrentan y superan mejor los problemas.

Los lectores tienen una mayor cantidad de emociones positivas que los no lectores.
Los lectores también tienen menos emociones negativas que los que no son lectores habituales.
Los que dedican mayor tiempo a la lectura que a otro tipo de entretenimiento dicen también estar mássatisfechos con ellos mismos, ya que dedican su tiempo y dinero a una actividad que además de entretenerles les hace más felices.

¿Y tú que piensas? ¿También eres más feliz si lees? Aunque haya sido una muestra pequeña de personas, creo que este estudio está totalmente en lo cierto. Lee y serás feliz.



domingo, 25 de octubre de 2015

"La maestra Riveros y el alumno Facundo", una emotiva historia que te conmoverá

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  Su nombre era Sra. Riveros mientras estuvo al frente de su clase de 5º grado, el primer día de clase lo iniciaba diciendo a los niños una mentira. 

 Como la mayor parte de los profesores, ella miraba a sus alumnos les decía que a todos los quería por igual. Pero eso no era posible, porque ahí en la primera fila, desparramado sobre su asiento, estaba un niño llamado: Facundo Moreno.



   La Sra. Riveros había observado a Facundo desde el año anterior y había notado que él no jugaba muy bien con otros niños, su ropa estaba muy descuidada y constantemente necesitaba darse un buen baño. Facundo comenzaba a ser un tanto desagradable. Llegó el momento en que la Sra. Riveros disfrutaba al marcar los trabajos de Facundo con una fibra roja haciendo una gran X y colocando un cero muy llamativo en la parte superior de sus tareas.

   En la escuela donde la Sra. Riveros enseñaba, le era requerido revisar el historial de cada niño, ella dejó el expediente de Facundo para el final. Cuando ella revisó su expediente, se llevó una gran sorpresa.

    La Maestra de primer grado escribió: “Facundo es un niño muy brillante con una sonrisa sin igual. Hace su trabajo de una manera limpia y tiene muy buenos modales... es un placer tenerlo cerca".
  Su maestra de segundo grado escribió: Facundo es un excelente estudiante, se lleva muy bien con sus compañeros, pero se nota preocupado porque su madre tiene una enfermedad incurable y el ambiente en su casa debe ser muy difícil".


    La maestra de tercer grado escribió: "Su madre ha muerto, ha sido muy duro para él. El trata de hacer su mejor esfuerzo, pero su padre no muestra mucho interés y el ambiente en su casa le afectará pronto si no se toman ciertas medidas".
    Su maestra de cuarto grado escribió: “Facundo se encuentra atrasado con respecto a sus compañeros y no muestra mucho interés en la escuela. No tiene muchos amigos y en ocasiones duerme en clase".

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     Ahora la Sra. Riveros se había dado cuenta del problema y estaba apenada con ella misma. Ella comenzó a sentirse peor cuando sus alumnos les llevaron sus regalos del día del maestro, envueltos con preciosos moños y papel brillante, excepto Facundo. Su regalo estaba mal envuelto con un papel amarillento que él había tomado de una bolsa de papel. 

    A la Sra. Riveros le dio pánico abrir ese regalo en medio de los otros presentes. Algunos niños comenzaron a reír cuando ella encontró un viejo brazalete y un frasco de perfume con sólo un cuarto de su contenido. Ella detuvo las burlas de los niños al exclamar lo precioso que era el brazalete mientras se lo probaba y se colocaba un poco del perfume en su muñeca. Facundo Moreno se quedó ese día al final de la clase el tiempo suficiente para decir: “Sra. Riveros, el día de hoy usted huele como solía oler mi mamá"

    Después de que el niño se fue ella lloró por lo menos una hora.   Desde ese día, ella dejó de enseñarles a los niños aritmética, a leer y a escribir. En lugar de eso, comenzó a educar a los niños.




      La Sra. Riveros puso atención especial en Facundo.
   Conforme comenzó a trabajar con él, su cerebro comenzó a revivir.    Mientras más lo apoyaba, él respondía más rápido.   Para el final del ciclo escolar, Facundo se había convertido en uno de los niños más aplicados de la clase y a pesar de su mentira de que quería a todos sus alumnos por igual, Facundo se convirtió en uno de los consentidos de la maestra.

   Dos años después, ella encontró una nota debajo de su puerta, era de Facundo, diciéndole que ella había sido la mejor maestra que había tenido en toda su vida.

  Cinco años después por las mismas fechas, recibió otra nota de Facundo, ahora escribía diciéndole que había terminado el secundario siendo el tercero de su clase y ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en toda su vida.

  Cinco años después, recibió otra carta que decía que a pesar de que en ocasiones las cosas fueron muy duras, se mantuvo en la escuela y pronto se graduaría con los más altos honores. Él le reiteró a la Sra. Riveros que seguía siendo la mejor maestra que había tenido en toda su vida y su favorita.

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  Cuatro años después recibió otra carta. En esta ocasión le explicaba que después de que concluyó su carrera, decidió viajar un poco. La carta le explicaba que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido y su favorita, pero ahora su nombre se había alargado un poco, la carta estaba firmada por Dr. Facundo Moreno

    La historia no termina aquí, existe una carta más que leer, Facundo ahora decía que había conocido a una chica con la cual iba a casarse. Explicaba que su padre había muerto hacía un par de años y le preguntaba a la Sra. Riveros si le gustaría ocupar en su boda el lugar que usualmente es reservado para la madre del novio, por supuesto la vieja maestra aceptó y adivinen... Ella llegó usando el viejo brazalete y se aseguró de usar el perfume que Facundo recordaba que usó su madre la última Navidad que pasaron juntos.

    Se dieron un gran abrazo y el Dr. Moreno le susurró al oído, "Gracias Sra. Maestra por creer en mí. Muchas gracias por hacerme sentir importante y mostrarme que yo puedo hacer la diferencia".   La Sra. Riveros con lágrimas en los ojos, tomó aire y dijo, “Facundo, te equivocas, tú fuiste el que me enseñó a mí que yo puedo hacer la diferencia. No sabía cómo educar hasta que te conocí".    Alegra el corazón de alguien hoy... comparte este mensaje. Recuerda que a donde quiera que vayas y hagas lo que hagas, tendrás la oportunidad de tocar y/o cambiar los sentimientos de alguien, trata de hacerlo de una forma positiva.



jueves, 8 de octubre de 2015

Crónicas Circulares: Las escaleras de Belvedere I

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CAPÍTULO I
W

W., o para ser justos, a quien por razones de discreción llamaremos W., había encendido su pipa y aspirado tan profundamente como si fuera lo único en que realmente tuviese que ocupar su mente, permitiéndose un momentáneo olvido para mirar hacia el mundo exterior por las rendijas de la persiana a medio abrir.
 Se restregó las manos con un nerviosismo pasajero, haciendo un gesto de ansiedad para luego corregirlo con una sonrisa maltrecha y torcida. La sola idea le había resultado una estupidez: él no tenía por qué matar a ese hombre antes de que cayera la tarde y nada haría que lo hiciera. Además, ninguna de sus armas estaba nunca cargada, eso era un hecho.
Más allá de los cristales, abajo y cruzando la calle, todo parecía radiante de normalidad. El día agotadoramente caluroso tenía a los niños alborozados y jugando en el parque, bajo la atenta mirada de algunas mujeres que bebían refrescos mientras conversaban animadamente, asumiendo sus gestos, precisamente de los niños. La atmósfera densa y cargada anunciaba una tormenta, pero las nubes no se habían presentado en la debida cantidad aún. Los árboles, de los cuales algunos eran frutales, rebosaban a todo lo largo de ambos lados de la calle, y desde su despacho W. podía saborear sus perfumes mezclados en delicias con el tabaco que se quemaba. Abrió distraído la rendija que obstruía directamente su mirada y a lo lejos vio aproximarse el automóvil negro que estaba esperando. Algo después éste ya aparcaba en un cómodo hueco que el día domingo hacía natural frente a la entrada de la universidad. Aguardó un poco más a ver que de él descendieran las tres figuras – dos de ellas de traje oscuro, inapropiados a ese día –, antes de volverse hacia su escritorio. Tenía unos minutos más a solas antes de que subiesen las escaleras. 
Adentro era diferente. La amplia habitación era húmeda y añeja, pero conservaba aceptablemente la temperatura que las máquinas regulaban y mantenían por debajo de la veintena de grados centígrados. El mobiliario había sido tallado con talento hacía un siglo y entre los libros que no dejaban espacio a ninguno más, se destacaban por sobre el resto unos bien preservados ejemplares de la legislación penal. Dos bustos de mármol rosado estaban uno a cada lado sobre su escritorio, enarbolados en sendas y diminutas columnas mucho más anchas que altas. Eran las figuras de sus predecesores en ese mismo despacho. Los dos primeros de hecho, la larga lista que les siguió estaba representada en el vestíbulo principal, donde había un lugar esperando a su propio simulacro pétreo.
Sus máximos diplomas pendían enmarcados con pulcros robles sobre la pared, dejando aún así suficiente espacio para alguna de sus aficiones que más orgullo le provocaban. A medio camino entre la ventana y su escritorio dos cajas vidriadas contenían una magnífica colección de mariposas, en gran mayoría recuerdos triunfales de sus cacerías africanas y amazónicas. Escoltaban a cada lado otro atril, éste con un gabinete de cristal aterciopelado en su interior que guardaba algunas de sus armas preferidas, entre las que destacaba una Colt americana del siglo XIX a la que maniáticamente lustraba todos los días después de atender los asuntos de su cargo.
Suspiró una larga bocanada entre una gran “O” labial antes de dejar su pipa en un platito blanco y encender automáticamente la lámpara de casco verde sobre el escritorio. Luego volvió a apagarla, al comprobar que había aprendido de memoria todas las partes importantes del informe y que la luz que llegaba del exterior no era del todo insatisfactoria. Eran una página más que diez en total, y exactamente una menos las que formaban ese maldito cuento. W. intentó imaginar todos los problemas académicos que muy pronto le llegarían instando a urgentes explicaciones por correo cuando menos, en persona cuando más, y que o bien inundarían el despacho hasta el techo con sus reclamos o bien sus oídos de las sañas oportunistas. Pero eso sólo después de las averiguaciones policiales y las lamentables exposiciones a los medios. Pasó las hojas rápidamente y sin leerlas, desde fin hacia el principio. Allí estaba impunemente impreso el título y el nombre de su autor, a quien había creído conocer alguna vez, a quien había dado su confianza para que ahora le hubiese traicionado, comprometiendo su reputación y posiblemente hacer tambalear toda su carrera. Tal vez incluso terminaría en la cárcel con él, compartiendo su celda como un burdo cómplice de la peor calaña, pues que ni siquiera podría explicar cuál había sido su grado de responsabilidad en el crimen.
W. sacudió la cabeza ante semejante idea. No tenía que ser así, de hecho, nada hacía pensar que hubiese ocurrido un crimen. Mal dicho. El crimen sí había ocurrido, pero en principio nada ligaba al individuo en cuestión, el profesor X., con el magnicidio, de no ser claro está, por una casualidad a todas vistas de lo más infame. Conocía muy bien a X. desde hacía años, pero eso no decía nada. W. había sido su profesor cuando aún dictaba frente a las cátedras de deontología y él siempre le había parecido de lo más correcto y comedido. Pero eso tampoco significaba nada en absoluto. Educado, discreto, puntual a las clases y sin haber provocado jamás un problema o un debate, así era X.. Un hombre imperceptible. 
Esos son precisamente los peores, se dijo. Aunque sabía que no lo estaba comparando con nadie en particular, era sólo una de esas frases accesorias que vuelan en el aire, atravesando los pasillos como un rumor ubicuo a discreción, y que a veces parecen sonar muy apropiados. Como justamente ahora lo hacía.
El caso, sin embargo, no le dejaba muchas otras alternativas de acción. Lo entrevistaría, sacaría a la luz lo suficiente para desligarse del asunto él y a la institución que encabezaba; completaría el informe – tenía previsto llevarlo finalmente a unas cuantas y elocuentes docenas de páginas –, adjuntaría su impresionante currículo y el no menos ilustrativo historial de la bicentenaria universidad para llevar todo bien armado, envuelto en seda y con un moño de bonito color a la agencia gubernamental, pues el asunto con mucho había superado a la policía local. Entonces, y sólo entonces evaluaría qué mecanismos poner en marcha tangencialmente para intentar sacar ileso al sospechoso y evitar asociaciones suspicaces que más allá de lo legal mancharan a su fundación. Porque ante todo estaba la integridad de su institución, y no escatimaría en jabón de manos atendiendo a ese fin. Era todo lo que de W. podría esperarse y a lo más que expondría sus responsabilidades.
Revolvió el tabaco de la pipa sobre el platito y colocó más nuevo. La vitrina que había mandado traer recientemente de su casa – de hecho pasaba más tiempo en su oficina que en cualquier otro sitio –, se abrió con un leve chirrido. El ajetreo del traslado había desajustado algo que necesitaría aceite. Tomó dos copas y sirvió a ambos por la mitad con brandy.
X. bebería pues su situación así lo ameritaba, seguro era que lo necesitaba más que nadie. Pero, ¿bebería con la despreocupación del inocente o intentando ahogar el pecado de  culpa? Era difícil, también podía ser a la inversa estribando de ello en la balanza el grado de su cinismo o paranoia.
La puerta se abrió dejando entrar un vaho caluroso antes de que asomara uno de los hombres de traje oscuro.
– El profesor X. está aquí, señor W. – dijo lentamente. 
W. hizo un gesto alzando la copa para decir que sería recibido sin esperar. X. entró y la puerta se cerró a sus espaldas, dejándolos solos...


PARA SABER CÓMO CONTINÚA, SIGUE LOS ENLACES!

Bécquer y yo - I

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Prefacio:
Era clara la noche bajo la luna anhelante, y cerca del bosque, al límite del viejo pueblo escuché un rumor que rimaba versos dulces, al son de antiguas leyendas que alguna vez, se decía, habían brotado de corazones enamorados.

Curioso, me acerqué con sigilo, guiado por los haces que las estrellas arropaban sobre el camino. Allí estaba, como un fantasma sutil, sereno como una sombra de luz que sonreía con descuido.
Lo reconocí como se reconoce a los amigos en los sueños, y con un gesto me invitó a sentarme en la hierba, para escucharlo, y si la noche arrancaba palabras de mi torpe lengua, escucharme a su vez, antes de volver a ese país de entrelíneas.

  



Sabe, si alguna vez tus labios rojos, quema invisible atmósfera abrasada, que el alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada…me dijo Gustavo.


 Siente, si alguna vez la noche ciega tus ojos, hundidos en lo profundo de un mundo secreto, que los brazos que iluminar pueden con un rodeo, también pueden abrazar con el fuego de un beso.

 Ve, si alguna vez tus ojos de suspiros, me miran a mí salvando las penumbras de este mundo errado, que las pupilas que latir como el pecho pueden, también pueden guiar como los faros…le dije yo.



¡Nuevo libro de poesía del Club!
Bécquer y yo
by Jacques Pierre

Link: relinks.me/B00X7M8W2G
O: rxe.me/X7M8W2G

Sigue el enlace y disfruta de los primeros poemas ¡gratis!

martes, 6 de octubre de 2015

Publican cartas en las que Orwell explica la tesis de "1984"

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Fascinantes cartas del escritor George Orwell en las que explica la tesis principal de su aclamada novela 1984 dos años antes de escribirla, fueron publicadas en el libro George Orwell: Una vida en cartas, que compendia la correspondencia del autor con decenas de personas.

En 1944, tres años antes de escribir y cinco antes de publicar 1984, George Orwell seudónimo de Eric Arthur Blair (Motihari, Raj Británico, 1903 – Londres, 1950) escribió una carta  advirtiendo sobre el aumento de los estados policiales totalitarios, que salió publicada por Liveright hace pocos días en Estados Unidos.


La edición estuvo a cargo de Peter Davison, quien ya se había hecho cargo de la edición de los diarios del escritor.

De acuerdo a portales internacionales como RT y The Daily Beast, al momento de escribir esta carta, Orwell se encontraba en su casa del barrio londinense de Mortimer Crescent el 18 de mayo de 1944.

Dos semanas después, un misil V-1 alemán impactó esa zona, afectando varias edificaciones. "Mientras escribo esto, seres humanos muy civilizados vuelan sobre mi cabeza tratando de matarme", decía el escritor.

A un admirador, por ejemplo, le escribió: "creo, y he pensado en esto desde que empezó la guerra, que nuestra causa es la mejor, pero tenemos que seguir haciéndola la mejor, lo cual exige una constante autocrítica".

Un párrafo antes, explicaba por qué la  intelligentsia británica de 1944 estaba "perfectamente preparada para los métodos dictatoriales, policía secreta, falsificación sistemática de la historia".




Entre sus cartas, el autor de Rebelión en la granja, escribió "Me temo que, desgraciadamente, el totalitarismo está creciendo en el mundo", y más adelante señala: "Hitler pronto desaparecerá, pero solo a costa de fortalecer a: 1) Stalin 2) los millonarios americanos e ingleses y 3) todo tipo de pequeños «fuhrers» al estilo de De Gaulle".

"En el mundo que veo venir, en el que dos o tres superpoderes controlarán el mundo, dos más dos será igual a cinco si el «fuhrer» de turno así lo desea", sigue en otra misiva.

A lo largo de su vida, Orwell -quien nunca escribió una autobiografía- mantuvo correspondencia con cientos de personas, incluso personalidades de la cultura como T.S. Eliot, Stephen Spender, Arthur Koestler, Cyril Connolly y Henry Miller, a quienes les explicaba sus ideas literarias y filosóficas.

De acuerdo a la crítica inglesa, este libro comentado por el editor Peter Davison es un completo estudio del mundo de Orwell y sus relaciones con las personas más cercanas a él, especialmente a su primera esposa, Eileen.

El volumen -que se puede adquirir en Amazon- combina con raras fotografías e ilustraciones dibujadas a mano.



lunes, 5 de octubre de 2015

La verdadera historia de los cuentos de hadas

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Cuando lo cuentos de hadas se contaban originalmente en muchos casos, la mayoría, no eran contados por adultos para un montón de niños mal criados. 


















domingo, 4 de octubre de 2015

NUBES NEGRAS: Guerra de Traiciones

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   Les dejo el primer capítulo de esta primera entrega de la saga, ¡espero que lo disfruten!   Recuerden compartir su opinión!   Y PODRÁS LEER LOS PRIMEROS CAPÍTULOS AQUÍ: relinks.me/B014J94YMMO aquí: rxe.me/J94YMM

                 No dejen de ver el book trailer


Brion

  “Antes, antes incluso del principio de los cielos,los hombres andaban como las bestias, reptaban como las bestias,y eran de la tierra como las bestias.” Del “Libro de los principios, versión para el Emperador Nakbar”.


   La montaña de nubes resultó más alta de lo que parecía a la distancia. Lo que pensaron sería una colina más de las que llevaban atravesando durante las últimas jornadas, pronto se transformó en un muro demasiado exigente para las exhaustas y sobrecargadas monturas, y tuvieron que dejar a los cisnes en el valle, junto a la mayor parte de las provisiones.  Tindell, que a los ojos de Rall y Brion era un experimentado rastreador y miserable mandamás de primera línea, ni siquiera consideró su cansancio cuando saltó de su animal y ató las riendas a las alforjas que apiló a un costado. 
  —Están fatigados— por supuesto, hablaba de los animales—, no podremos escalar hasta la cima con ellos. Lleven sólo lo necesario para pasar la noche, creo que estamos cerca.
  ¿Cerca de qué? El viejo había olido algo, había visto algo. Quizás unos pájaros migrando en la dirección equivocada, quizás escuchó un rumor en el castillo, o fue un sabor extraño en su copa de vino. También podía ser una nube negra de mal augurio. Podía ser cualquier cosa, pero se lo había guardado. Y ellos lo habían seguido, porque su oficio era rastrear, sea lo que sea, y el de ellos acompañarlo en su cacería e intentar aprender de lo que hacía y sus razones por poco que las explicara.  Esa era una región remota, abandonada al olvido. Hacía tiempo que parecía no tener provecho ni cuidado, y eso la hacía peligrosa. Si las amarras de los antiguos hechizos fallaban y los contenedores dejaban de retener las nubes bajo sus pies, lo que era el suelo que pisaban en un instante podría convertirse en un abismo, y caerían. Caerían para siempre.
  — ¿Hace cuánto estás a su servicio? — preguntó el joven Brion con aprensión, cuando creyó que Tindell no podría oírlos.
  —Sabe lo que hace, aunque no nos lo piense hacer fácil — dijo Rall que trepaba unos pasos por arriba —. Estás nubes soportarán — dijo además, viendo lo sencillo que era leer el vértigo que asomaba en el joven.
  — No es eso lo que me molesta. Bien podría decirnos qué es lo que buscamos.

  — Guarda respeto, muchacho. — Le apremió con dureza—. De todos modos dudo que él mismo lo sepa con certeza, pero de Tindell se dice que nunca ha perdido un rastro — reflexionó más sombrío—…fuera el rastro que fuera.
  — ¿Sabes? Yo ni siquiera pienso que pueda ser un buen rastreador, pero mi madre creyó buena idea que fuera su pupilo, y acercarme al castillo.  Uno más, quién sabe de cuántos. 

   Fuera de la ciudad era común creer que en el castillo del clan Molero la vida era un cuento de hadas, que había oportunidades esperando a todo el que quisiera ir por ellas. Muchos de los ducados de Nuberia habían sido creados por el favor imperial en otros tiempos por sus méritos y fidelidad, pero desde que la paz había vuelto a romperse todas las dádivas y promesas aguardaban en vilo. La reciente tregua era frágil aún y muchas cosas estaban por verse. Eran tiempos más propicios para alejarse del castillo y sus intrincadas telarañas de intrigas que de pugnar por traspasar sus puertas.      Rall había visto cómo los nobles trepaban rangos nobiliarios y mercadeaban por la merced de un día, y al siguiente su esfuerzo había sido arrebatado por alguien más. Entretanto eran otros, sus plebeyos, ajenos a lo que se negociaba con su sangre derramada en los campos de batalla, los que se batían por miles en escaramuzas que sólo servían para ensanchar o trozar los mapas en las mesas de sus amos.      Cuervos despellejándose las plumas con delicadeza y buenas formas, sólo eso eran, siempre que fueran otros los que padecieran sus hipocresías y mezquindades. Pero alguien como Rall sólo podía verlo por fuera y entenderlo superficialmente, para saber lo que en verdad pasaba, era necesario ser parte del juego. Él sólo había sido un peón con la fortuna de salir ileso en la última guerra allá en el norte.
  — Has escuchado muchas cosas del castillo Molero en la Ciudad Capital, ¿verdad niño? — Brion asintió tontamente, y volvió la vista para asegurarse de no perder el paso a Tindell —. Pues bien, todas son ciertas —Brion lo buscó con la mirada, expectante —. Pero lo que hayas oído del Salón Real nunca hará justicia a ese sitio.
  — ¿Has estado allí? — Rall asintió —. Cuéntame más.  Tindell los miró sobre su hombro, podía escuchar vagamente su conversación, sabía cómo seguiría, pero decidió prestar atención. Siempre era bueno ver con los ojos de los jóvenes a lo que la rutina hace perder su magia.
   — Fue una vez que el maestro y yo volvíamos de una campaña a traer un mensaje de uno de los consejeros reales. No lo olvidaré. Cuando abrieron las puertas sentí como el cielo se abría con truenos a nuestro paso. Tan altas son esas hojas que se necesita de no menos de cinco hombres fuertes para mover cada una, y son tan altas como si los pusieras a todos ellos, a unos sobre los hombros de los otros. Y aún necesitarías de cinco hombres más, con sus brazos extendidos, para medir el ancho de esas maderas talladas con exquisito detalle de batallas y cacerías. Sus doce columnas interiores se cierran en un arco que custodian seis gigantescos dragones tallados en plata, todos ellos mirando al majestuoso trono del centro, que es alto como dos hombres y diseñado en plata pulida que simula ser el abrazo de un cisne erguido y majestuoso. — Brion estaba extasiado, había escuchado mucho de aquello, incluso algunas cosas las había conocido como varias veces más grandes o imponentes, pero Rall realmente había estado allí, sus ojos habían visto todo lo que narraba, y sabía que aún faltaba lo más increíble—. Sin embargo, todo eso queda en segundo plano si lo comparas con el piso del salón. No hay alfombras ni mármol, sino una capa de cristal que deja ver lo que somos, que deja ver qué lugar ocupamos en el mundo. Así es muchacho, todo el salón real parece suspendido en el aire y hacia abajo puedes ver montañas, desiertos, tristes arroyos casi secos y los pueblos de Tierraplana. Y te aseguro que nada te prepara para ese vértigo de caminar sobre el vacío, no a menos que fueras un pájaro. Yo apenas pude contener el terror aquella vez, y si recuerdo tan bien a esos dragones, es porque prefería el miedo a esas cuencas vacías en su mirada de odio, que mirar por dónde iban mis pies andando sobre la nada. Sé de muchos que han venido a rendir pleitesía a nuestro emperador, y lo han hecho con los ojos vendados por no poder resistir la visión.

— Suficiente de cuentos — cortó Tindell desde arriba—, estamos llegando a la cima.
   Y así era, unos pocos pasos más y el cielo anaranjado del atardecer lo cubrió todo en el horizonte. Excepto hacia abajo. Tras la colina que acababan de escalar se cortaba en picado un precipicio hasta donde terminaban las nubes y mucho más allá, donde la mirada en vertical distinguía un valle, unos bosques y quizás un pequeño pueblo a la orilla de un desierto. Pero no había nada más allí donde estaban ellos, y parecía que su mundo terminaba en esa cornisa abismal. Brion miró a Rall como preguntando qué esperaba que apareciera de la nada el maestro. Rall devolvió una mirada que reprendía sus dudas y le daba señal de que se había ganado levantar el campamento él solo.
      Al llegar la noche tomaron una cena frugal tras lo cual buscaron cobijo entre las mantas. Tindell todavía observó largo rato el horizonte, aguzando la vista con el compás de su corazonada. Pero no había nada. Las noches siempre son claras sobre las nubes, donde las estrellas o el sol alumbran eternamente sin obstáculos y puede verse hasta allá donde el mundo empieza a ser curvo. Más aún en ese extremo de su país de vapores, habían vagado durante semanas hasta que no pudieron seguir más y desde allí ni siquiera los nimbos impedían la visión. 
      Brion poco a poco se durmió, observando a su maestro que escudriñaba y escudriñaba como un águila sin descanso, y tratando de no pensar en lo cerca que estaban apostados del borde de la nube. Pero eran hombres del aire después de todo, y los hombres del aire no le temen a caer, así que se forzó a sí mismo a recordar las maravillas que Rall había contado del castillo, y otras no menos increíbles que se escuchaban aquí y allá, por donde uno quiera que fuera en los pueblos y caminos. Lo último que dibujó en su mente, estando aún despierto, fueron los fabulosos puentes colgantes que comunicaban al castillo y sus jardines con el resto de la capital. Eran el único acceso a esa cima de nubes y cristales donde habían levantado esa mole de vapor amordazado de diminutas cadenas de plata. A su alrededor, en los fosos que salvaban esos puentes, el precipicio absoluto, sólo cortado con esos paseos ondulantes que parecían siempre más extensos por delante.
    Cuando despertó, Rall ya estaba muerto. 
    Tenía la mirada perdida en un pensamiento de espanto y sorpresa que era difícil interpretar. Su rostro había quedado junto al de Brion, con una flecha atravesándole el cuello que a borbotones se desangraba en una mancha roja que se extendía apaciblemente.
Brion contuvo el aliento e intentó levantarse, sintiendo que dos manos poderosas hacían todo el trabajo por él.
— ¿Quiénes son, chico? — pero Brion no reaccionaba —. Habla, con un demonio, ¿de dónde vienen? ¡Rápido!
Brion no podía responder despacio, ni pensar de hacerlo rápido. No entendía nada de lo que estaba pasando, y por encima de los hombros del gigante que lo sostenía en vilo vio algo todavía más difícil de entender. Cientos, quizás miles de barcos de nube se extendían desordenadamente hasta donde alcanzaba la vista, tenían sus velas desplegadas y en los más cercanos pudo distinguir que incluso de sus costados salían remos para hacerlos más veloces. Y no eran pocos los que habían alcanzado la orilla, porque el gigante no era de modo alguno el único que lo rodeaba. Los que no habían atracado ya, lo estaban haciendo en aquel momento.
  — Será mejor para ti que respondas — dijo, y sosteniéndolo con un solo brazo por las ropas de su pescuezo, y reforzó la elocuencia de sus palabras al asomarlo hacia el precipicio.
  — Karnil, alcanzaron al otro — dijo otro hombre, más pequeño y rubio.Tindell, ahora notaba que el anciano no estaba allí con ellos. Y que había huido. Su aguda vista le habría revelado a los invasores quizás con las primeras luces del alba, y sin duda su sentido común le había dicho que era mejor dejar unos señuelos rezagados para asegurarse el escape. No le sirvió de mucho.
Montados en sus respectivos cisnes lo cazaron y en un fugaz combate lo ejecutaron allá abajo en el valle, revisaron sus ropas, robaron su bolsa de monedas y el último en regresar separó la cabeza del cisne de Tindell con un limpio hachazo.
Durante todo ese tiempo, Karnil tuvo suspendido a Brion en el aire, cada tanto le dirigía una mirada divertida al ver cómo el rostro del muchacho se contorsionaba ante lo que veía. Y al final le dirigió un:
  — ¿No piensas hablar? Bien, ya veremos.
  Brion sabía que no escaparía con vida de esa zarpa, y aún en su desesperación encontró valor suficiente para morder su lengua, y no entregarle más que el sudor frío que corría por su frente. Intentó forcejear y desasirse, pero el gigante lo sacudió y casi lo dejó caer, de modo que se contuvo. 
  La avanzadilla llegó de regreso al fin, obligaron a sus monturas a elevarse por la colina para reunirse con un grupo cada vez más numeroso de soldados que seguían arribando a la orilla. Porque Brion ahora podía entenderlo, aquello era una invasión y esos desconocidos iban todos vestidos con los mismos uniformes oscuros, portaban espadas, escudos, cascos o hachas con un emblema que desconocía. De pronto se sintió muy solo.
  — Hombres del Emperador Rowell, Mariscal — dijo el primero de los llegados, y mostró al rubio un anillo de Tindell con el escudo real —. El viejo traía esto.
  El rubio asintió y se volvió hacia el gigante. Le hizo una seña con indiferencia.
  — Mala suerte, chico — dijo el gigante, y abrió su puño y el abismo bajo los pies de Brion, luego, con voz sorprendida agregó —. Pensé que los hombres del aire sabrían volar.  Todos los que lo oyeron festejaron su ocurrencia con una carcajada.
  —No tendría alas, pero vaya que tenía pulmones— respondió otro soldado, mientras los gritos de Brion se consumían en la caída.


Continúa...




El increíble Método del “Bolígrafo Verde” cambiará la forma en la que ves las cosas

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   Hoy les traemos un interesantísimo artículo sobre el método del “bolígrafo verde” en el que te vamos a contar la experiencia de una madre que se decidió por cambiar la forma de educación de su hija cambiando la típica manera de resaltar sólo los errores que se cometen en rojo, y estuvo analizando en la práctica cuáles eran las posibles consecuencias que iban a tener en su hija con el paso del tiempo. Sin duda alguna se trata de un experimento muy interesante que va a abrir los ojos a más de una persona.


   Empezando por el principio, su hija apenas fue a preescolar, ya que era su madre la que se encargaba de educarla. Cuando estuvieron practicando antes de entrar a la escuela, su cuaderno de actividades se veía algo así:


¿Notan la diferencia con un cuaderno normal? 

   Esta madre nunca resaltaba con bolígrafo rojo los errores que cometía su hija, sino que destacaba con el color verde las letras y círculos que le habían salido mejor. A su pequeña le encantaba este método, y siempre, después de terminar cada renglón del cuaderno le preguntaba… “Mami, ¿Cuál de todas me ha salido mejor?” Y se ponía aún más contenta cuando le rodeaba la letra más bonita escribiéndole la palabra “Muy bien”.








¿Cuál es la principal diferencia entre el método tradicional y este nuevo que les estamos mostrando? ¿Has notado la diferencia?


    Con el método tradicional nos centramos constantemente en los errores. ¿Qué se queda grabado en la mente? Exactamente, lo que haces es acordarte de las letras que estaban mal escritas, es decir, lo incorrecto. ¿A que nunca has visto las respuestas correctas rodeadas con el color rojo?. ¡No! Nuestro cerebro siempre va a recordar más lo que ha sido remarcado.


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    En el nuevo método del bolígrafo verde nos centramos siempre en lo que está correcto. 




    De esta manera vamos a experimentar siempre emociones positivas, con una actitud muy diferente. Sin darnos cuenta, nuestro subconsciente tratará de repetir lo que hemos hecho correctamente (y que estaba marcado en verde). Se trata de una nueva motivación completamente distinta. Ya no vamos a estar centrándonos en los errores, sino que nos esforzaremos en hacer lo que está bien.
     Esto supone un fuerte empujón hacia el aprendizaje, ya que estamos empleando una técnica que premia positivamente cada acierto, y esto supone un extra de motivación para los niños pequeños que no se podría conseguir con el método tradicional.

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    Desde pequeños nos han acostumbrado a centrarnos constantemente en los defectos, lo que está mal. Nos enseñaban a pensar en ello desde la escuela usando el bolígrafo rojo. De treinta palabras que podía haber en un renglón, sólo tachábamos uno. 29 estaban bien, pero nos centrábamos en el que estaba incorrecto.


"Esa costumbre se queda marcada en nuestro interior hasta la vida adulta, y es algo bastante difícil de eliminar, y que además puede ser una de las razones por las que podemos sentir insatisfacción en la vida."





   Si ponemos en práctica este nuevo método del bolígrafo verde, veremos que incluso sin mostrarle a los niños los errores, estos irán desapareciendo poco a poco, ya que tratarán de hacerlo siempre bien porque así se sienten mucho mejor.

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