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lunes, 31 de octubre de 2016

Las respuestas más increíbles y creativas dentro de un examen

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 Fuente: Cuánta Razón
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Unas cartas antiguas demostrarían que Jesús no era divino

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Según unas cartas supuestamente escritas por sus propios hermanos, Jesucristo no era el hijo de dios, no tenía naturaleza divina y ni siquiera fue crucificado.

    Fuente: RT


   Unas cartas supuestamente escritas por miembros de la familia de Jesús aparecidas pocos años después de su muerte cuestionan los aspectos fundamentales del cristianismo, según ha señalado un profesor del Departamento de Estudios Religiosos de la Universidad de Carolina del Norte (EE.UU.), James Tabor, en el documental 'La familia secreta de Jesús'.

  Tanto el Evangelio de Marcos como el Evangelio de Mateo afirman que Jesús tenía cuatro hermanos (Jacobo, José, Simón y Judas -no el traidor, sino otro) y mencionan también a varias hermanas. Precisamente en las cartas escritas por Jacobo (o Santiago) y Judas no hay ninguna referencia sobre la divinidad de Jesús, cree el académico.


    La 'Epístola de Santiago', uno de los textos cristianos más antiguos, supuestamente fue escrita en el siglo I y describe a Jesús como el 'maestro' de sus seguidores pero no menciona su origen divino. Ni siquiera menciona que fuera crucificado, una de las piedras angulares de la fe cristiana.


   "La Epístola de Santiago trata de las enseñanzas de Jesús y no de enseñanzas sobre él. Santiago transmite lo que ha recibido de su hermano", asegura Tabor. "No menciona la crucifixión de Cristo, no menciona la sangre de Jesús, no menciona el perdón de los pecados por creer en dios, nada de eso", añade.

     Uno de los libros cristiano más antiguos, la 'Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles' (o 'Didaché'), escrita en los tiempos en que toda la familia de Jesús estaba viva, recomienda seguir las enseñanzas más que a la persona en sí. El 'Didaché' tampoco contiene ninguna mención al nacimiento virginal ni a la resurrección, y presenta a Jesús como un siervo de dios. Sin embargo, en sus primeros días la Iglesia desarrolló otra narración de Jesucristo, asegura el científico.  

    Una carta de Judas de la Biblia muestra que las personas que conocían a Jesús estaban cada vez más cansadas de que sus seguidores difundieran mensajes sobre su divinidad, según Tabor. 
   "Está muy preocupado y habla con un pequeño grupo que le escuchaba. Creo que en realidad Judas dice que no escuchen todas esas cosas nuevas y que luchen duramente por la fe original que se les entregó".




UN CUENTO CORTO DE KAFKA QUE TE ASOMBRARÁ

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Franz Kafka autor de "El Castillo", "La Metamorfosis" y "El proceso" es considerado como uno de los principales escritores de la literatura universal. Nacido en Praga, logró acuñar un estilo literario único que lograría influenciar a grandes autores como Camus, Sartre, Gabriel García Márquez o Jorge Luis Borges.



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  A continuación les presentamos un cuento breve de este magnifico escritor:


Ante la ley


   Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.

  -Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.

  La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:

  -Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.


  El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.

  Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:

  -Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
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  Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
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  -¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.

  -Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?


  El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:

  -Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.


FIN

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domingo, 30 de octubre de 2016

La devastadora experiencia de este niño de 10 años que sabe que NO podrá pisar la Universidad

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 El pasado viernes el escritor Fernando J López contó a través de su perfil de Facebook una historia que le tocó vivir de cerca y que pronto se hizo viral por la fuerte experiencia que retrataba.




   M. tiene 10 años y, cuando acaba la charla, me dice que está contento porque es la primera vez que ve a un escritor. 


  "A mí me gusta escribir, ¿sabes? Poemas y eso." Saca con algo de miedo un folio doblado por la mitad en el que ha copiado y coloreado, con auténtico mimo, la imagen de la cubierta de mi novela. "¿Puedes firmarme esto? No tengo el libro, pero lo he leído tres veces. En serio. En la biblio". Le dedico su cubierta, mucho más hermosa que cualquiera de las que yo pueda llegar a tener jamás, y M. me cuenta que quiere ser periodista. O compositor. Porque también le gusta la música. 

   "Pero da igual, porque sé que no voy a ir a la universidad. Mis padres no pueden pagarla". Intento responderle algo que le anime y le hablo de becas, de opciones, de hablar con sus profesores, de no rendirse. M. asiente, pero hay algo en él demasiado adulto que le impide ilusionarse con un futuro que sigue sin ver. En un acto reflejo, seguramente inútil, cojo mi propio libro y se lo dedico. "¿De verdad?" Lo coge como si fuera un tesoro y yo siento que el gesto es aún más insignificante, porque lo que realmente me gustaría entregarle es la promesa de un futuro. 


  Ese futuro que la apisonadora neoliberal que ha devastado nuestra educación le está robando. La apisonadora que se ha llevado ayudas, becas, apoyos, estímulos. La misma que ahora, tras las siglas de la LOMCE, se encargará de amputar los últimos brotes de esperanza que queden entre quienes más nos necesitan. 

  Cuando M. sale del aula veo cómo le enseña el libro a su maestra y ella -una de esas mujeres excepcionales que llenan nuestros colegios e institutos: luchadoras contra ese sistema que cercena horizontes- lo abraza. 


   "La vida...", me dice. Y cuando me despido sé que esta vez me he roto un poco más. Porque siento que no hacemos lo suficiente. Porque no es justo que nos crucemos de brazos. Porque me pregunto si no nos estamos resignando a la indignidad. Y porque cuando se tienen 10 años exijo que se tenga derecho a soñar con todo. A soñarlo todo. Y a serlo todo.

   Esto -por cierto- no es ficción. Pero ojalá lo fuera.

Pero afortunadamente la historia no terminó allí sin más, y al otro día el mismo escritor volvía a referirse a M. contando el resto de la historia:


   "Ayer compartí algo que he vivido estos meses. Obviamente, omito el cuándo y el dónde, porque quería preservar el anonimato de quienes allí aparecían. Hoy mi Twitter está desbordado de mensajes, tanto de quienes creen que M. no existe (lógico, no saben de las vidas que nos encontramos en las aulas...) como de quienes quieren ayudar (ilusiona ver que somos capaces de hacer más que un RT, aunque lo singular sea insuficiente). 

   Comparto hoy estas notas para quienes se han interesado y poner también punto final a esta historia. Un final que hay que conseguir que, para tantas y tantos niños y adolescentes, sea un principio... Feliz fin de semana."


Este profesor encontró una respuesta genial a la pregunta eterna de todos los alumnos

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   Al profesor de matemáticas Jeremy Kun le hicieron una pregunta con la que todos hemos vivido sin respuesta: "¿Pero en qué me serán útiles todos estos senos, cosenos, integrales y demás álgebra con geometría?"

    A diferencia del resto de sus compañeros docentes, Kun no se anduvo con rodeos y enumeró 5 razones a sus estudiantes por las cuales las matemáticas son importantes...sí, incluso para la vida real.


   En la lista que hizo para sus alumnos, encontramos razonamientos tan sólidos que es imposible objetarlos. Por eso sólo sólo podemos intentar nuestras clases de matemáticas e intentar sacar el mayor provecho a todos aquellos aprendizajes que nos dieron, sin que nos diéramos cuenta. Y si somos maestros de matemáticas, nada mejor que compartir esta nota para que por fin nuestros alumnos entiendan la importancia de loq ue están aprendiendo.


   Y no solamente reconocerlos, sino también seguir adelante a pesar de ellos para, tras perseverar lo suficiente, conseguir la victoria tan esperada sobre un problema complicado.

   Supongamos que Carlos y Clara están frente a una ecuación apuntada en la pizarra de la escuela. Clara está segura de que la ecuación está resuelta correctamente, pero Carlos está convencido de que no es así. Pasada una hora, durante la cual estos dos papeles se invierten, Clara empieza a creer que su solución a la ecuación es incorrecta y Carlos se enfada y no da crédito al cambio de opinión de su compañera. 
   ¿Una situación fantástica, no? Pero los matemáticos se enfrentan a esto casi todos los días.

    Pregúntale a cualquier profesor qué hay que hacer si no consigues resolver un problema. La respuesta será muy sencilla: "Empieza desde el principio e intenta seguir otro camino. Y lo más importante, no sufras por el error cometido, porque es justo lo que, al fin y al cabo, te guió por la senda correcta".

   La puntualidad es el don de todos los matemáticos. Es muy difícil debatir contra esto, dado que cada término, cada fenómeno, tiene su propia definición altamente elaborada.
¿Recuerdas cómo los profesores nos hacían memorizar las definiciones de las figuras geométricas o, por ejemplo, las condiciones del Teorema de Pitágoras? En la escuela, no teníamos ni idea de cómo estos conocimientos nos serían útiles. 


  Pero vamos a pensar: ¿Siempre pronunciamos palabras sin dudar, por un momento, de su significado? ¿Podrías contestar qué es el mundo, qué es la felicidad o qué es el amor sin detenerte a pensarlo? ¿Van a coincidir las respuestas a estas preguntas con las respuestas de tu familia y otros seres queridos? Y lo más importante, ¿serías capaz de nombrar algo que no tenga una definición exacta?

  Resolver un problema de matemáticas es como jugar ajedrez. Cualquier paso descuidado e incorrecto podría acarrear consecuencias catastróficas.

   ¿Con qué frecuencia, haciendo los deberes de álgebra, tú acababas en un callejón sin salida sólo por el hecho de que en lugar del signo de suma pusiste el de resta? Incluso un pequeño error puede interrumpir todos los planes y convertirse en un gran obstáculo para el sueño deseado. Y las matemáticas nos enseñan a ser atentos y responsables de nuestras propias acciones. No es poco, ¿verdad?


“Esta oración es falsa“. Así suena la tan famosa ”paradoja del mentiroso“, lo que describe con precisión aquello que sucede en la ciencia moderna.

  Muchos teoremas, reglas y axiomas que antes se consideraban ciertos ya no funcionan. Esto significa que no vale la pena confiar a ciegas en una opinión de una autoridad competente en la materia hasta que lo investigues y llegues a entenderlo por tu cuenta. Los científicos llaman a esto un “escepticismo razonable”, algo que nos enseña también las matemáticas.

  Porque si tú no resuelves el problema, seguramente lo hará alguien más. Entonces, ¿por qué no ser el primero?



Fuente: Genial guru

Esta maestra encontró un alumno muy especial para mantener a los demás atentos en clase

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Estas fotos se han viralizado por toda internet, mostrando la ocurrencia de esta maestra en traer un alumno muy especial al aula.



    Las siguientes imágenes se convirtieron en parte de la fotos virales que están recorriendo las redes sociales.  Según el sitio Trome.pe, se relata en una publicación de Facebook, las imágenes han sido tomadas en un colegio en Argentina. 


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  El ingenio de esta maestra se ha convertido en viral en la redes sociales y, en particular, en Facebook. La maestra notaba que sus alumnos se mostraban siempre distraídos. 





   Los alumnos siempre se mostraban atentos al perro de la escuela, Luck. La profesora decidió sentar al can dentro de una carpeta para ver cómo reaccionaban sus alumnos y, en efecto, el resultado fue el esperado, los alumnos estuvieron más atentos a las clases. 


   Desde es día, los alumnos han tomado mayor atención a las clases. "Los pequeños han mostrado una mayor disposición por aprender", afirma la profesora en Facebook.

sábado, 29 de octubre de 2016

Bob Dylan finalmente aceptó el Nobel de Literatura

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Bob Dylan por fin se comunicó con la Academia sueca después de 15 días de incertidumbre: “¿Que si acepto el Nobel? Por supuesto”



 
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Fuente: Infobae 
   
   El viernes pasado, Dylan rompió públicamente el silencio que mantenía desde que la Academia sueca anunció que había sido galardonado con el premio Nobel de Literatura, de modo que cree que lo recibiría en Estocolmo el 10 de diciembre próximo.



   "Esta semana Bob Dylan llamó la Academia Sueca", publicó este viernes la propia institución en su cuenta de Twitter.


  "La noticia sobre el Premio Nobel me dejó sin palabras", le dijo el músico estadounidense a Sara Danius, secretaria permanente de la Academia Sueca. "Agradezco mucho el honor", afirmó.

  Ahora que el cantante apareció y dijo que aceptará el premio, dicen que puede hacerlo con un video o una canción.

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   Todavía no se ha confirmado efectivamente si Bob Dylan estará presente en algún evento de la Semana Nobel en Estocolmo, en diciembre, según la Fundación Nobel, que asegura en un comunicado que facilitará la información tan pronto como esté disponible.

   Sin embargo, el diario The Telegraph agregó un dato al ofrecido por la Academia Sueca. En una entrevista anunciada como exclusiva mundial este viernes, el cantante asegura que irá a recoger el Nobel, si puede. "Es difícil de creer. ¿Quién podría soñar con algo así?", dijo el cantautor estadounidense al periódico británico.

   Preguntado sobre si asistiría al banquete que se ofrece a los laureados con el Nobel en Estocolmo, presidido por el rey de Suecia Carlos XVI Gustavo, Dylan respondió: "Por supuesto, si es posible".


   Pocos días después de que se anunciara el reconocimiento al artista de 75 años, importantes miembros de la Academia Sueca se quejaron porque no había dado una respuesta ni contestado a repetidas llamadas de teléfono.

   Per Wastberg, escritor y miembro de la Academia, acusó al cantante de ser "maleducado y arrogante" y dijo que el hecho de que la Academia no supiera si Dylan pensaba recoger o no su premio era algo "sin precedente".


   Al preguntarle por qué no contestaba las llamadas de la Academia, Dylan esquivó los cuestionamientos y simplemente dijo un evasivo: "Bueno, aquí estoy".
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viernes, 28 de octubre de 2016

Keanu Reeves impactó a todo el mundo con un imperdible mensaje

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Keanu Reeves compartió una potente reflexión: “No puedo ser parte de un mundo donde los hombres visten a su mujer de manera vulgar para lucirla con los demás”. 



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   El interesante, talentoso y atractivo Keanu Reeves como siempre generando polémica con sus declaraciones que sinceramente siempre nos terminan sorprendiendo pero en ellas hay gran verdad, más una cruda realidad y en esta ocasión no fue la excepción.



   Conocido por una carrera actoral importante, este actor poco ortodoxo para lo que estamos acostumbrados de las actrices y actores de la meca del cine norteamericano, se expresó hace unos días acerca de como percibe algunas estigmatizaciones. 
Keanu Reeves le cede el asiento a una mujer en el subte


   Todos conocemos al actor por su gran actuación en la cinta ¨Matrix¨, siempre arriesgado e interesante. Este actor genera polémica debido a aquellos textos que comparte en sus redes sociales en donde expresa su más profundo sentir con toda sinceridad, sin tapujos y mostrando la cruda realidad. Mensajes fuertes que sin duda nos ponen a pensar hasta hacernos reflexionar. 

    Hace días no pudo ignorar el tema de la desigualdad de género y la violencia a la mujer, abordando el tema y con su más sincero y profundo sentir, compartió lo siguiente: 
Realmente no puedo y no quiero ser parte de una sociedad en donde los hombres visten a su mujer de manera vulgar con el fin de lucirla con los demás. En donde el concepto de dignidad y honor poco a poco se van olvidando y nos aferramos a confiar en aquellos que vacíamente pronuncian un ¨te lo prometo¨, mismo que la mayoría de las veces ni siquiera se cumple.
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   Una sociedad en la que las mujeres están tomando la decisión de no tener hijos y todo porque ahora son más los hombres que no desean formar una familia. Un mundo en donde los perdedores se creen exitosos, sobre todo aquellos que manejan el auto de papá, mismo que se siente con mucho poder y autoridad y siempre intenta pisotear a los demás, claro, sólo por vender imagen.


   A diario me pregunto qué pasa con esta sociedad, una sociedad con doble moral en donde dicen amar a  los demás pero no tienen el mínimo interés por quienes tienen a su lado.

   Una sociedad en donde el concepto de celos es considerado vergonzoso y la modestia es una desventaja. Una sociedad en donde el amor se va dejando de lado, se va olvidando pero aun así todos buscan tener a alguien al lado. Un mundo en donde la gran mayoría invierten tiempo y dinero en su auto pero les cuesta ahorrar tiempo para ellos mismos y terminan viéndose tan pobres tras un auto impresionante. 


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   Una sociedad en donde los jóvenes se creen adultos y viven una vida desenfrenada, derrochando el dinero de los padres, llenándose de vicios y rodeándose de malas amistades, practicando sonidos primitivos que irónicamente terminan enamorando a la gran mayoría de mujeres, y entonces me pregunto: ¿qué ven en ese tipo de chicos?

  Un mundo donde hombres y mujeres pierden su personalidad y esencia. Donde todo esto es llamado “libertad para escoger”, pero para aquellos que escogen un camino distinto es llamado un ¨retardado¨. 

   Finalmente yo escogí mi camino, pero lamento no haber encontrado compresión en aquellas personas que yo quería.

– Keanu Reeves


   Sin duda Reeves nos ha brindado un gran mensaje a todas las generaciones, este mundo está rodeado de superficialidad, necesitamos practicar más valores y ser más humildes de corazón, necesitamos reflexionar sobre nuestro día a día y sobre todo si en lo que estamos haciendo hoy nos posiciona en el lugar en el que queremos estar mañana. 
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"El gato negro", de Edgar Allan Poe

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   Un hombre en descenso hacia la discordia, presa de sus vicios; que alucinante y aterrado por los demonios que se propagan dentro de él, realiza los más infames crímenes. Con esa premisa es como uno puede atreverse a conocer El gato negro, uno de los muchos cuentos de suspenso y horror escritos por Edgar Allan Poe.

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  Ni espero ni quiero que se dé crédito a la historia más extraordinaria, y, sin embargo, más familiar, que voy a referir. Tratándose de un caso en el que mis sentidos se niegan a aceptar su propio testimonio, yo habría de estar realmente loco si así lo creyera. No obstante, no estoy loco, y, con toda seguridad, no sueño. Pero mañana puedo morir y quisiera aliviar hoy mi espíritu. Mi inmediato deseo es mostrar al mundo, clara, concretamente y sin comentarios, una serie de simples acontecimientos domésticos que, por sus consecuencias, me han aterrorizado, torturado y anonadado. A pesar de todo, no trataré de esclarecerlos. 
   A mí casi no me han producido otro sentimiento que el de horror; pero a muchas personas les parecerán menos terribles que barroques. Tal vez más tarde haya una inteligencia que reduzca mi fantasma al estado de lugar común. Alguna inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, encontrará tan sólo en las circunstancias que relato con terror una serie normal de causas y de efectos naturalísimos.

   La docilidad y humanidad de mi carácter sorprendieron desde mi infancia. Tan notable era la ternura de mi corazón, que había hecho de mí el juguete de mis amigos. Sentía una auténtica pasión por los animales, y mis padres me permitieron poseer una gran variedad de favoritos. Casi todo el tiempo lo pasaba con ellos, y nunca me consideraba tan feliz como cuando los daba de comer o los acariciaba. Con los años aumentó esta particularidad de mi carácter, y cuando fui hombre hice de ella una de mis principales fuentes de goce.       Aquellos que han profesado afecto a un perro fiel y sagaz no requieren la explicación de la naturaleza o intensidad de los goces que eso puede producir. En el amor desinteresado de un animal, en el sacrificio de sí mismo, hay algo que llega directamente al corazón del que con frecuencia ha tenido ocasión de comprobar la amistad mezquina y la frágil fidelidad del Hombre natural.

   Me casé joven. Tuve la suerte de descubrir en mi mujer una disposición semejante a la mía. Habiéndose dado cuenta de mi gusto por estos favoritos domésticos, no perdió ocasión alguna de proporcionármelos de la especie más agradable. Tuvimos pájaros, un pez de color de oro, un magnífico perro, conejos, un mono pequeño y un gato.


   Era este último animal muy fuerte y bello, completamente negro y de una sagacidad maravillosa. Mi mujer, que era, en el fondo, algo supersticiosa, hablando de su inteligencia, aludía frecuentemente a la antigua creencia popular que consideraba a todos los gatos negros como brujas disimuladas. No quiere esto decir que hablara siempre en serio sobre este particular, y lo consigno sencillamente porque lo recuerdo.

   Plutón—llamábase así el gato—era mi predilecto amigo. Sólo yo le daba de comer, y adondequiera que fuese me seguía por la casa. Incluso me costaba trabajo impedirle que me siguiera por la calle.

   Nuestra amistad subsistió así algunos años, durante los cuales mi carácter y mi temperamento—me sonroja confesarlo—, por causa del demonio de la intemperancia, sufrió una alteración radicalmente funesta. De día en día me hice más taciturno, más irritable, más indiferente a los sentimientos ajenos. Empleé con mi mujer un lenguaje brutal, y con el tiempo la afligí incluso con violencias personales. Naturalmente, mi pobre favorito debió de notar el cambio de mi carácter. No solamente no les hacía caso alguno, sino que los maltrataba. Sin embargo, por lo que se refiere a Plutón, aún despertaba en mí la consideración suficiente para no pegarle. En cambio, no sentía ningún escrúpulo en maltratar a los conejos, al mono e incluso al perro, cuando, por casualidad o afecto, se cruzaban en mi camino. Pero iba secuestrándome mi mal, porque, ¿qué mal admite una comparación con el alcohol? Andando el tiempo, el mismo Plutón, que envejecía y, naturalmente se hacía un poco huraño, comenzó a conocer los efectos de mi perverso carácter.

   Una noche, en ocasión de regresar a casa completamente ebrio, de vuelta de uno de mis frecuentes escondrijos del barrio, me pareció que el gato evitaba mi presencia. Lo cogí, pero él, horrorizado por mi violenta actitud, me hizo en la mano, con los dientes, una leve herida. De mí se apoderó repentinamente un furor demoníaco. En aquel instante dejé de conocerme. Pareció como si, de pronto, mi alma original hubiese abandonado mi cuerpo, y una ruindad superdemoníaca, saturada de ginebra, se filtró en cada una de las fibras de mi ser. Del bolsillo de mi chaleco saqué un cortaplumas, lo abrí, cogí al pobre animal por la garganta y, deliberadamente, le vacié un ojo... Me cubre el rubor, me abrasa, me estremezco al escribir esta abominable atrocidad.
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   Cuando, al amanecer, hube recuperado la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté un sentimiento mitad horror, mitad remordimiento, por el crimen que había cometido. Pero, todo lo más, era un débil y equívoco sentimiento, y el alma no sufrió sus acometidas. Volví a sumirme en los excesos, y no tardé en ahogar en el vino todo recuerdo de mi acción.


   Curó entre tanto el gato lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, es cierto, un aspecto espantoso. Pero después, con el tiempo, no pareció que se daba cuenta de ello. Según su costumbre, iba y venía por la casa; pero, como debí suponerlo, en cuanto veía que me aproximaba a él, huía aterrorizado. Me quedaba aún lo bastante de mi antiguo corazón para que me afligiera aquella manifiesta antipatía en una criatura que tanto me había amado anteriormente. Pero este sentimiento no tardó en ser desalojado por la irritación. Como para mi caída final e irrevocable, brotó entonces el espíritu de perversidad, espíritu del que la filosofía no se cuida ni poco ni mucho.

   No obstante, tan seguro como que existe mi alma, creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos del corazón humano, una de esas indivisibles primeras facultades o sentimientos que dirigen el carácter del hombre... ¿Quién no se ha sorprendido numerosas veces cometiendo una acción necia o vil, por la única razón de que sabía que no debía cometerla? ¿No tenemos una constante inclinación, pese a lo excelente de nuestro juicio, a violar lo que es la ley, simplemente porque comprendemos que es la Ley?


   Digo que este espíritu de perversidad hubo de producir mi ruina completa. El vivo e insondable deseo del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar y últimamente a llevar a efecto el suplicio que había infligido al inofensivo animal. Una mañana, a sangre fría, ceñí un nudo corredizo en torno a su cuello y lo ahorqué de la rama de un árbol. Lo ahorqué con mis ojos llenos de lágrimas, con el corazón desbordante del más amargo remordimiento. Lo ahorqué porque sabía que él me había amado, y porque reconocía que no me había dado motivo alguno para encolerizarme con él. Lo ahorqué porque sabía que al hacerlo cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía a mi alma inmortal, hasta el punto de colocarla, si esto fuera posible, lejos incluso de la misericordia infinita del muy terrible y misericordioso Dios.

   En la noche siguiente al día en que fue cometida una acción tan cruel, me despertó del sueño el grito de: "¡Fuego!" Ardían las cortinas de mi lecho. La casa era una gran hoguera. No sin grandes dificultades, mi mujer, un criado y yo logramos escapar del incendio. La destrucción fue total. Quedé arruinado, y me entregué desde entonces a la desesperación.
   
   No intento establecer relación alguna entre causa y efecto con respecto a la atrocidad y el desastre. Estoy por encima de tal debilidad. Pero me limito a dar cuenta de una cadena de hechos y no quiero omitir el menor eslabón. Visité las ruinas el día siguiente al del incendio. Excepto una, todas las paredes se habían derrumbado. Esta sola excepción la constituía un delgado tabique interior, situado casi en la mitad de la casa, contra el que se apoyaba la cabecera de mi lecho. Allí la fábrica había resistido en gran parte a la acción del fuego, hecho que atribuí a haber sido renovada recientemente. En torno a aquella pared se congregaba la multitud, y numerosas personas examinaban una parte del muro con atención viva y minuciosa. Excitaron mi curiosidad las palabras: "extraño", "singular", y otras expresiones parecidas. Me acerqué y vi, a modo de un bajorrelieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba copiada con una exactitud realmente maravillosa. Rodeaba el cuello del animal una cuerda.
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   Apenas hube visto esta aparición—porque yo no podía considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín fue invadido inmediatamente por la muchedumbre, y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes había comprimido a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amoníaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veía.

   Aunque prontamente satisfice así a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato, y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecía, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle.

   Hallábame sentado una noche, medio aturdido, en un bodegón infame, cuando atrajo repentinamente mi atención un objeto negro que yacía en lo alto de uno de los inmensos barriles de ginebra o ron que componían el mobiliario más importante de la sala. Hacía ya algunos momentos que miraba a lo alto del tonel, y me sorprendió no haber advertido el objeto colocado encima. Me acerqué a él y lo toqué. Era un gato negro, enorme, tan corpulento como Plutón, al que se parecía en todo menos en un pormenor: Plutón no tenía un solo pelo blanco en todo el cuerpo, pero éste tenía una señal ancha y blanca aunque de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.


   Apenas puse en él mi mano, se levantó repentinamente, ronroneando con fuerza, se restregó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era pues, el animal que yo buscaba. Me apresuré a proponer al dueño su adquisición, pero éste no tuvo interés alguno por el animal. Ni le conocía ni le había visto hasta entonces.
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   Continué acariciándole, y cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a seguirme. Se lo permití, e inclinándome de cuando en cuando, caminamos hacia mi casa acariciándole. Cuando llego a ella se encontró como si fuera la suya, y se convirtió rápidamente en el mejor amigo de mi mujer.


   Por mi parte, no tardó en formarse en mí una antipatía hacia él. Era, pues, precisamente, lo contrario de lo que yo había esperado. No sé cómo ni por qué sucedió esto, pero su evidente ternura me enojaba y casi me fatigaba. Paulatinamente, estos sentimientos de disgusto y fastidio acrecentaron hasta convertirse en la amargura del odio. Yo evitaba su presencia. Una especie de vergüenza, y el recuerdo de mi primera crueldad, me impidieron que lo maltratara. Durante algunas semanas me abstuve de pegarle o de tratarle con violencia; pero gradual, insensiblemente, llegué a sentir por él un horror indecible, y a eludir en silencio, como si huyera de la peste, su odiosa presencia.

   Sin duda, lo que aumentó mi odio por el animal fue el descubrimiento que hice a la mañana del siguiente día de haberlo llevado a casa. Como Plutón, también él había sido privado de uno de sus ojos. Sin embargo, esta circunstancia contribuyó a hacerle más grato a mi mujer, que, como he dicho ya, poseía grandemente la ternura de sentimientos que fue en otro tiempo mi rasgo característico y el frecuente manantial de mis placeres más sencillos y puros.

   Sin embargo, el cariño que el gato me demostraba parecía crecer en razón directa de mi odio hacia él. Con una tenacidad imposible de hacer comprender al lector, seguía constantemente mis pasos. En cuanto me sentaba, acurrucábase bajo mi silla, o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus caricias espantosas. Si me levantaba para andar, metíase entre mis piernas y casi me derribaba, o bien, clavando sus largas y agudas garras en mi ropa, trepaba por ellas hasta mi pecho. En esos instantes, aun cuando hubiera querido matarle de un golpe, me lo impedía en parte el recuerdo de mi primer crimen; pero, sobre todo, me apresuro a confesarlo, el verdadero terror del animal.

   Este terror no era positivamente el de un mal físico, y, no obstante, me sería muy difícil definirlo de otro modo. Casi me avergüenza confesarlo. Aun en esta celda de malhechor, casi me avergüenza confesar que el horror y el pánico que me inspiraba el animal habíanse acrecentado a causa de una de las fantasías más perfectas que es posible imaginar. Mi mujer, no pocas veces, había llamado mi atención con respecto al carácter de la mancha blanca de que he hablado y que constituía la única diferencia perceptible entre el animal extraño y aquel que había matado yo. Recordará, sin duda, el lector que esta señal, aunque grande, tuvo primitivamente una forma indefinida. Pero lenta, gradualmente, por fases imperceptibles y que mi razón se esforzó durante largo tiempo en considerar como imaginaria, había concluido adquiriendo una nitidez rigurosa de contornos.
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   En ese momento era la imagen de un objeto que me hace temblar nombrarlo. Era, sobre todo, lo que me hacía mirarle como a un monstruo de horror y repugnancia, y lo que, si me hubiera atrevido, me hubiese impulsado a librarme de él. Era ahora, digo, ta imagen de una cosa abominable y siniestra: la imagen ¡de la horca! ¡Oh lúgubre y terrible máquina, máquina de espanto y crimen, de muerte y agonía!

   Yo era entonces, en verdad, un miserable, más allá de la miseria posible de la Humanidad. Una bestia bruta, cuyo hermano fue aniquilado por mí con desprecio, una bestia bruta engendraba en mí en mí, hombre formado a imagen del Altísimo, tan grande e intolerable infortunio. ¡Ay! Ni de día ni de noche conocía yo la paz del descanso. Ni un solo instante, durante el día, dejábame el animal. Y de noche, a cada momento, cuando salía de mis sueños lleno de indefinible angustia, era tan sólo para sentir el aliento tibio de la cosa sobre mi rostro y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que yo no podía separar de mí y que parecía eternamente posada en mi corazón.


   Bajo tales tormentos sucumbió lo poco que había de bueno en mí. Infames pensamientos convirtiéronse en mis íntimos; los más sombríos, los más infames de todos los pensamientos. La tristeza de mi humor de costumbre se acrecentó hasta hacerme aborrecer a todas las cosas y a la Humanidad entera. Mi mujer, sin embargo, no se quejaba nunca ¡Ay! Era mi paño de lágrimas de siempre. La mas paciente víctima de las repentinas, frecuentes e indomables expansiones de una furia a la que ciertamente me abandoné desde entonces.

   Para un quehacer doméstico, me acompañó un día al sótano de un viejo edificio en el que nos obligara a vivir nuestra pobreza. Por los agudos peldaños de la escalera me seguía el gato, y, habiéndome hecho tropezar la cabeza, me exasperó hasta la locura. Apoderándome de un hacha y olvidando en mi furor el espanto pueril que había detenido hasta entonces mi mano, dirigí un golpe al animal, que hubiera sido mortal si le hubiera alcanzado como quería. Pero la mano de mi mujer detuvo el golpe. Una rabia más que diabólica me produjo esta intervención. Liberé mi brazo del obstáculo que lo detenía y le hundí a ella el hacha en el cráneo. Mi mujer cayó muerta instantáneamente, sin exhalar siquiera un gemido.

   Realizado el horrible asesinato, inmediata y resueltamente procuré esconder el cuerpo. Me di cuenta de que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día ni de noche, sin correr el riesgo de que se enteraran los vecinos. Asaltaron mi mente varios proyectos. Pensé por un instante en fragmentar el cadáver y arrojar al suelo los pedazos. Resolví después cavar una fosa en el piso de la cueva. Luego pensé arrojarlo al pozo del jardín. Cambien la idea y decidí embalarlo en un cajón, como una mercancía, en la forma de costumbre, y encargar a un mandadero que se lo llevase de casa. Pero, por último, me detuve ante un proyecto que consideré el mas factible. Me decidí a emparedarlo en el sótano, como se dice que hacían en la Edad Media los monjes con sus víctimas.

   La cueva parecía estar construida a propósito para semejante proyecto. Los muros no estaban levantados con el cuidado de costumbre y no hacía mucho tiempo había sido cubierto en toda su extensión por una capa de yeso que no dejó endurecer la humedad.

   Por otra parte, había un saliente en uno de los muros, producido por una chimenea artificial o especie de hogar que quedó luego tapado y dispuesto de la misma forma que el resto del sótano. No dudé que me sería fácil quitar los ladrillos de aquel sitio, colocar el cadáver y emparedarlo del mismo modo, de forma que ninguna mirada pudiese descubrir nada sospechoso.

   No me engañó mi cálculo. Ayudado por una palanca, separé sin dificultad los ladrillos, y, habiendo luego aplicado cuidadosamente el cuerpo contra la pared interior, lo sostuve en esta postura hasta poder establecer sin gran esfuerzo toda la fábrica a su estado primitivo. Con todas las precauciones imaginables, me preocupé una argamasa de cal y arena, preparé una capa que no podía distinguirse de la primitiva y cubrí escrupulosamente con ella el nuevo tabique.
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   Cuando terminé, vi que todo había resultado perfecto. La pared no presentaba la más leve señal de arreglo. Con el mayor cuidado barrí el suelo y recogí los escombros, miré triunfalmente en torno mío y me dije: "Por lo menos, aquí, mi trabajo no ha sido infructuoso".

   Mi primera idea, entonces, fue buscar al animal que fue causante de tan tremenda desgracia, porque, al fin, había resuelto matarlo. Si en aquel momento hubiera podido encontrarle, nada hubiese evitado su destino. Pero parecía que el artificioso animal, ante la violencia de mi cólera, habíase alarmado y procuraba no presentarse ante mí, desafiando mi mal humor. Imposible describir o imaginar la intensa, la apacible sensación de alivio que trajo a mi corazón la ausencia de la detestable criatura. En toda la noche se presentó, y ésta fue la primera que gocé desde su entrada en la casa, durmiendo tranquila y profundamente. Sí; dormí con el peso de aquel asesinato en mi alma.

   Transcurrieron el segundo y el tercer día. Mi verdugo no vino, sin embargo. Como un hombre libre, respiré una vez más. En su terror, el monstruo había abandonado para siempre aquellos lugares. Ya no volvería a verle nunca: Mi dicha era infinita. Me inquietaba muy poco la criminalidad de mi tenebrosa acción. Incoóse una especie de sumario que apuró poco las averiguaciones. También se dispuso un reconocimiento, pero, naturalmente, nada podía descubrirse. Yo daba por asegurada mi felicidad futura.

   Al cuarto día después de haberse cometido el asesinato, se presentó inopinadamente en mi casa un grupo de agentes de Policía y procedió de nuevo a una rigurosa investigación del local. Sin embargo, confiado en lo impenetrable del escondite, no experimenté ninguna turbación.

   Los agentes quisieron que les acompañase en sus pesquisas. Fue explorado hasta el último rincón. Por tercera o cuarta vez bajaron por último a la cueva. No me altere lo más mínimo. Como el de un hombre que reposa en la inocencia, mi corazón latía pacíficamente. Recorrí l sótano de punta a punta, cruce los brazos sobre mi pecho y me paseé indiferente de un lado a otro. Plenamente satisfecha, la Policía se disponía a abandonar la casa. Era demasiado intenso el júbilo de mi corazón para que pudiera reprimirlo. Sentía la viva necesidad de decir una palabra, una palabra tan sólo a modo de triunfo, y hacer doblemente evidente su convicción con respecto a mi inocencia.

   —Señores—dije, por último, cuando los agentes subían la escalera—, es para mí una gran satisfacción habrá desvanecido sus sospechas. Deseo a todos ustedes una buena salud y un poco más de cortesía. Dicho sea de paso, señores, tienen ustedes aquí una casa construida—apenas sabía lo que hablaba, en mi furioso deseo de decir algo con aire deliberado—. Puedo asegurar que ésta es una casa excelentemente construida. Estos muros...¿Se van ustedes, señores? Estos muros están construidos con una gran solidez.


   Entonces, por una fanfarronada frenética, golpeé con fuerza, con un bastón que tenía en la mano en ese momento, precisamente sobre la pared del tabique tras el cual yacía la esposa de mi corazón.

   ¡Ah! Que por lo menos Dios me proteja y me libre de las garras del archidemonios. Apenas húbose hundido en el silencio el eco de mis golpes, me respondió una voz desde el fondo de la tumba. Era primero una queja, velada y encontrada como el sollozo de un niño. Después, en seguida, se hinchó en un prolongado, sonoro y continuo, completamente anormal e inhumano. Un alarido, un aullido, mitad horror, mitad triunfo, como solamente puede brotar del infierno, horrible armonía que surgiera al unísono de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios que gozaban en la condenación.

   Sería una locura expresaros mis sentimientos. Me sentí desfallecer y, tambaleándome, caí contra la pared opuesta. Durante un instante detuviéronse en los escalones los gentes. El terror los había dejado atónitos. Un momento después, doce brazos robustos atacaron la pared, que cayó a tierra de un golpe. El cadáver, muy desfigurado ya y cubierto de sangre coagulada, apareció, rígido, a los ojos de los circundantes.

   Sobre su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y llameando el único ojo, se posaba el odioso animal cuya astucia me llevó al asesinato y cuya reveladora voz me entregaba al verdugo. Yo había emparedado al monstruo en la tumba. 
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