“No pasa nada”, una frase que deberías evitar decirle a tus hijos

“No pasa nada”… Sin querer, esta frase se la había dicho muchas veces a mi hijo: cuando se caía, cuando se enojaba, cuando lloraba o cuando me decía que le tenía miedo a algo. Y lo hacía para minimizar lo que SÍ pasaba, aunque por dentro yo estaba muy preocupada o sentía más o igual dolor que él.


 

  


  Si tu hijo sufre un pequeño accidente, como caerse o golpearse, en lugar de decirle “no pasa nada”, que lo hará sentir desprotegido, intenta calmarlo y pregúntale si está bien. Así, ni lo estarás sobreprotegiendo, ni estarás ignorando un problema, al contrario, sabrá que te preocupas por él.

  La educación de los hijos es una tarea difícil y de gran responsabilidad. A veces, se acierta, y otras, se cometen errores, pero siempre debe primar el bienestar de los niños.

  Así que a partir de esa caída le expliqué a mi pequeño que realmente pasaba algo y que necesitaba que se diera cuenta de lo que realmente pasaba y sentía en ese momento.


En realidad, el dolor de los hijos duele más a los padres. 


  En este sentido y sabiendo que su dolor es tu dolor, ¡aún es más importante que les enseñes a tener un buen control emocional! 

 Pero siempre, aceptando y respetando las emociones que sienten en cualquier momento. Para conseguirlo es importante aprender a no enterrar las propias emociones.


SÍ que pasa


  Cuando un niño llora por algún motivo y va a buscar el consuelo de sus padres decir la frase ‘no pasa nada’ es como evitar el consuelo, ignorar lo que ocurre y lo peor, abandonar emocionalmente a un niño o a un adolescente cuando realmente necesita de tu consuelo, de tu apoyo y de tu guía.

  Los niños pueden buscar consuelo por muchos motivos: cuando pierden en un juego, cuando se enfadan, cuando se frustran cuando se caen y se hacen daño, cuando se pelean con los amigos, cuando tienen miedo, cuando sufren por cualquier motivo… Y siempre pasa. Decirles que ‘no pasa nada’ es abandonarles emocionalmente.


  Otro aspecto al que le restamos importancia con esa frase son sus emociones, le estamos negando la posibilidad de expresarse al 100%. Por ejemplo, cuando lloran porque se enojó al no conseguir algo y les decimos “no pasa nada”, le quitamos validez a lo que siente en ese momento.

  Cuando en realidad, lo mejor es enseñarle a entender su emoción y cómo debe canalizarla, y no a guardarla, negarla ni a reprimirla, porque a los demás les puede parecer incómoda.

  
  Al hacerlo nos daremos cuenta que como papás tendremos su plena confianza para que nos cuente lo que sienten o piensan, que no tendrán miedo de decirlo porque no les contestaremos con el famoso “no pasa nada”, sino que sabrán que encontrarán un buen consejo de nuestra parte.

  Pero recuerda que sí pasa. Tu hijo se ha hecho daño al caerse, se siente mal porque ha perdido y no sabe controlar la baja tolerancia a la frustración, se siente triste, con miedo, enfadado o confundido… Y por tanto, sí que pasa. 

Cuando se minimiza el problema


  Los padres tienen la tendencia de minimizar ese problema en cualquier ámbito y por tanto, en la vida de los niños también. 

 En realidad es un problema social porque no nos gusta soportar el sufrimiento, no queremos pasarlo mal… creamos intolerancia al dolor de otros dentro de nosotros.

  De acuerdo con especialistas de la UC Berkeley, el entrenamiento emocional es la clave para criar niños felices, flexibles y con los “pies bien puestos sobre la tierra”. 


  El primer paso para lograrlo es ser empáticos con las emociones de nuestros hijos para descubrir lo que sienten y aceptarlos; después se debe poner nombre a lo que sienten y encontrar una solución juntos.


  Si dejamos a un lado la frase “no pasa nada” (aunque nos cueste mucho trabajo programarnos para dejarla), seguramente nuestros hijos estarán más conscientes de lo que puede pasar en realidad en ciertos escenarios, que tendrán la capacidad de actuar y pensar soluciones reales en ese momento.


  Los niños nunca nos van a pedir que seamos las mejores madres o los mejores padres del mundo. 

  Lo que todo hijo necesita es que sus padres estén con él, que lo ayuden a madurar con seguridad para tomar sus propias decisiones y elegir su propio camino.


Si cometemos errores, no debemos quedarnos en el pensamiento negativo, al contrario, debemos intentar aprender de la situación e intentar hacerlo mejor a la próxima. Nadie es perfecto ni nace aprendido.




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