La sencillez también es una virtud intelectual

 No hay mejor adorno para nuestra alma que la humildad. De hecho, la sencillez es el lenguaje del corazón, es una forma de expresión directa.




   Las personas sencillas enriquecen la vida y nos sirven de ejemplo para recordar que "menos es más". Debemos aprender a priorizar. La sencillez de pensamiento no implica simpleza, sino humildad y objetividad.

  Las personas sencillas no demuestran su humildad solo con sus actos. Esta virtud parte del pensamiento, de esa flexibilidad de quien asume que no lo sabe todo, que hay que dejar espacio a la escucha, a la comprensión en la que no caben los egoísmos.

  La sencillez es el lenguaje que nace del corazón y que no entiende ni busca artificios. Es la voluntad de respetar a los demás como a uno mismo.


  La sencillez también es una virtud intelectual. Al fin y al cabo, todos actuamos como pensamos y la mayoría nos hemos encontrado alguna vez con personas soberbias de mente y corazón. 

  Cada vez cuesta más escuchar disculpas, admitir que tal vez nos hemos equivocado en algo y que las cosas, posiblemente, podrían haberse hecho mejor. Los egos intelectuales inundan las redes sociales y, a veces, hasta las mesas en las que comemos.



  La falta de humildad intelectual es un factor cultural y está tan asentado en nuestros esquemas y comportamientos que alguien debe empezar a dar ejemplo.

  Si adoptamos una actitud humilde, nos convertiremos en aprendices eternos. Esto significa que siempre estaremos dispuestos a escuchar nuevas ideas y cambiar las nuestras. 

  De esta forma logramos crecer, porque no nos apegamos a nuestras ideas o formas de hacer las cosas sino que nos mantenemos abiertos al cambio.



La sencillez, esa dimensión que cuesta asumir


  La sencillez de pensamiento no es simpleza de razonamiento. Al contrario: es la aptitud para ver las cosas tal y como son, con plena objetividad.

  Hay personas que ven la realidad y los comportamientos ajenos según sus creencias. Se atreven a juzgar y a etiquetar; en cambio, las personas de pensamiento sencillo tienen la capacidad de ver las cosas «tal y como son», aceptándolas aunque no le gusten.

  Algo tan simple como ver con franqueza y objetividad las cosas nos permite actuar con mayor aplomo y acierto. Esa es una virtud muy saludable que también deberíamos tener en cuenta.


Nos ayuda a valorar los pequeños detalles


  El orgullo siempre quiere más, nunca se da por satisfecho. Al contrario, la humildad se conforma y encuentra la felicidad en lo que tiene. 

  La sencillez nos permite fijarnos en los pequeños detalles y encontrar la belleza en ellos, nos permite sentirnos agradecidos por esas cosas que adornan nuestra vida y que antes no valorábamos adecuadamente pues las dábamos por sentadas.





Asumir nuestras ignorancias, una gran valía


  «La verdadera sabiduría está en reconocer la propia ignorancia» decía Sócrates. «Jactarse del propio conocimiento es la peor plaga del ser humano» afirmaba Michel de Montaigne en el siglo XVI. Pocos filósofos han sido ajenos a la falta de esa dimensión que en psicología llamamos humildad intelectual.

  La sencillez también es una virtud intelectual porque con ella siempre tenemos presente que somos falibles, que es bueno tener en cuenta otras opiniones y que es necesario ser conscientes de nuestros puntos ciegos. No obstante, ¿qué son en realidad esos puntos ciegos?

  Son los ángulos muertos que nuestro cerebro no percibe. Dicho de otro modo, son esos sesgos de los que no somos conscientes, es nuestra rigidez mental y ese cierre cognitivo con el que alzar muros a las contradicciones, a las incertidumbres y a las opiniones opuestas.


Los riesgos que entrañan el orgullo y la soberbia


  Una rana se preguntaba cómo podía alejarse del clima frío del invierno. Unos gansos le sugirieron que emigrara con ellos, pero el problema era que la rana no sabía volar.

  – Déjenmelo a mí dijo la rana. Tengo un cerebro asombroso. 

 Luego pidió a dos gansos que la ayudaran a recoger una caña fuerte, cada uno sosteniéndola por un extremo. La rana pensaba agarrarse a la caña por la boca. 

  Cuando el invierno estaba a punto de llegar, los gansos y la rana comenzaron su travesía. Sin embargo, no habían volado mucho cuando pasaron por una pequeña ciudad, y los habitantes salieron para ver el inusitado espectáculo. 


  Alguien preguntó: «¿A quién se le ocurrió una idea tan brillante?”

  La rana se sintió tan orgullosa que exclamó:

– ¡A mí!


  En el preciso momento en que abrió la boca, se soltó de la caña y cayó al vacío.
Al igual que la rana de la historia, el orgullo nos puede llevar a tomar malas decisiones, sin reflexionar sobre las consecuencias. 

 De hecho, su principal arma es que nos convence de que nuestra forma de pensar es correcta y de que todos los demás están equivocados.



  Pensamos que solo nuestras ideas son brillantes y sensatas, por lo que no le damos cabida a nuevas formas de ver las cosas y terminamos anquilosándonos. 

 El orgullo y la soberbia hacen que nos encerremos en lo que hemos aprendido, convirtiéndonos en nuestros propios carceleros. 

  Seguramente, a tu alrededor, tienes a más de una persona de alma sencilla y excepcional que enriquece tu vida. 


  No la pierdas, son luces en la espesura de esta modernidad, en ocasiones, demasiado compleja. Son faros de riqueza emocional y humildad que alumbran nuestros senderos. Vale la pena imitarlas.



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