Este texto es para los que ya no están, pero que viven en nuestros corazones

Si hay algo para lo que no nos prepara la vida, es para la muerte. Nuestro corazón está habituado a aspirar soplos de energía, de vitalidad, de recuerdos felices y alguna que otra decepción.




  Estamos seguros de que a día de hoy, cuentas con más de una ausencia en tu mente, vacíos en tu alma que añoras cada día. ¿Hay una manera correcta de asumir la pérdida de un ser querido?

  La respuesta es no. Cada uno de nosotros, dentro de nuestras particularidades, disponemos de unas estrategias que no serán más útiles que otras. 

  Aunque te digan lo contrario, no reprimas tus sentimientos. Llora si tienes que hacerlo, ya que nos ayuda a desahogarnos, a relajarnos y a canalizar nuestro dolor.


  Sin embargo, bien nos toca acostumbrarnos a esas ausencias, a no escuchar más la voz de esa persona especial, tenemos que resignarnos a nunca más volver a abrazar, ni vernos en esos ojos… 


  La verdad es que una parte de nosotros se va con esa persona, una parte nuestra que solo era así con ella o para ella, esa parte que hablaba de algún tema en particular o esa parte que esperaba una rica comida, esa parte que se reía de algún invento que quien no estará más entre nosotros, también se va para no volver.



  Hay varios tipos de pérdidas. Una larga enfermedad nos permite, de alguna manera, prepararnos para el adiós. Lamentablemente, están a su vez esas pérdidas imprevistas, crueles e incomprensibles tan difíciles de aceptar.

 Pocas vivencias como perder a un ser querido despiertan en nosotros tanto sufrimiento emocional. 

  Nos sentimos tan desbordados que lo más común es quedar paralizados. El mundo se obstina en seguir avanzando, cuando para nosotros, todo se ha detenido de forma abrupta.

  Tampoco te extrañará saber que las pérdidas se conciben como instantes vitales donde se incluyen muchas más dimensiones a parte de la emocional. Hay sufrimiento físico, una desorientación cognitiva e incluso, una crisis de valores, en especial si seguimos algún tipo de filosofía o religión.


  Asumir la pérdida de una persona, su muerte, es algo que no es fácil para nadie y que, además, va a obligarnos a tener que desplegar una serie de estrategias para las cuales nadie nos ha preparado.

  Pero nos ha tocado a nosotros, y hemos de asumirlo, y de algún modo «reconstruirnos». 

  Este proceso, como ya sabes conlleva un duelo, que por lo general suele durar unos meses. Vivirlo es algo necesario, nunca olvidaremos al ser querido, pero aprenderemos a vivir con esa ausencia.


Quien es recordado nunca muere


  En todo caso, asegurémonos de amar y de recordar a esas personas que se nos adelantaron y que pusieron fin a esta experiencia, porque es la única manera que tenemos de aliviar los vacíos, de no sentirnos solos y de entender que lo más importante permanece.

  Aun cuando quisiéramos cambiar la realidad y tener al menos una última oportunidad para compartir con esa persona en este plano, verla cara a cara y decirle todo lo que nos gustaría que escuchara, en especial cuando no hubo despedida.


  A veces la muerte de alguien a quien amamos, nos hace valorar de manera diferente a quienes quedan y esto es solo un ejemplo de las bendiciones ocultas que cada experiencia puede dejarnos.

  El amor consuela y sana las heridas, el tiempo ayuda a que nos acostumbremos a las ausencias y a saber que sí podemos continuar, amando, honrando y agradeciendo a esas personas que formarán siempre parte de nuestras vidas.


Aprender a decir adiós a los que ya no están


  La muerte debería permitirnos una despedida. Tendría que ser como una estación de un tren, ahí donde ofrecer un adiós a nuestros seres queridos, dar un abrazo largo e intenso, decir esas palabras que siempre se quedan en el aire y que, en ocasiones, se convierten en auténticos pesares.

  Ahora bien, puesto que es así como la vida construye su camino, hemos de adaptarnos a ella y entender en primer lugar, que no somos eternos, que todo esto que nos rodea no es más que un breve paseo. De ahí la necesidad de vivir cada día en la máxima plenitud.


  Y sin embargo, estamos obligados a vivir, porque este mundo es implacable, fluye deprisa y casi sin aliento y nos obliga a seguir respirando y latiendo.

  Porque nuestros seres queridos siguen estando en nuestra memoria, y, sin lugar a dudas, se alegrarán al saber que abrimos de nuevo los ojos al mundo y nos permitimos la oportunidad de ser felices.

  Poco a poco te dolerá un poco menos, y no debes sentirte culpable por ello, en absoluto. Porque el recuerdo de esa persona va vivir siempre contigo. 

  Y no lo dudes, debes hacerlo. Por los que ya no están y por ti mismo/a, porque vivir es honrar a quien amaste, llevándolos cada día contigo, sonriendo por ellos, caminando por ellos. Abre tu corazón y date permiso para seguir adelante, para brillar por ellos.


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