Las cosas más bonitas ni se ven ni se tocan: se sienten

Una caricia, un abrazo, la magia de una mirada o un “cómo estás hoy”, configuran la auténtica fórmula de la felicidad, la cual, no no es más que la suma de todas esas cosas invisibles a los ojos, que al juntarse, siembran de flores nuestra alma.



  Muchas veces podemos subestimar nuestra capacidad de percibir nuestro entornos, limitándonos solo a aquello tangible, a aquello que podemos ver, que se nos muestra, que está al alcance de nuestras manos. 

 Sin embargo, aunque podamos apreciar cosas espectaculares a través de nuestros sentidos, la mayoría de nosotros podría coincidir en que las cosas más bellas, solo se pueden sentir con el corazón.

  Ahora bien, los expertos en emociones y en psicología del comportamiento nos dicen que las personas perdemos muy a menudo esa capacidad natural para experimentar la felicidad más simple, la más elemental.


  De hecho, el ser humano es el único ser vivo capaz de sobredimensionar su sufrimiento, a través, por ejemplo, de pensamientos distorsivos o tóxicos.

  La auténtica felicidad, por tanto, es invisible, no se puede tocar, no se puede ver, pero sí sentir, porque es energía que emana de nuestros propios vínculos positivos con aquello que nos es significativo.

  Las cosas más bonitas están ahí, a nuestro alrededor, pero no esperan ser poseídas ni manipuladas, sino respetadas como merecen: como algo sagrado.

Porque el amor, ni se somete ni se domina, el amor debe crearse y renovarse cada día, al igual que la amistad más sincera y enriquecedora, o el cariño por un hijo o la complicidad por nuestras mascotas. Lo que ofrecemos y lo que recibimos no se puede tocar, es el aliento de nuestras emociones. 


Las cosas más bonitas que no siempre vemos


  Las cosas más bonitas, en ocasiones, siempre han están ahí, a nuestro alrededor. Sin embargo, no podemos verlas, porque durante gran parte del día llevamos un aparatoso filtro en el cerebro activado por las rutinas, los automatismos, los pensamientos rumiantes, mecánicos y esa escasa intuición que parece haberse desconectado por completo de nuestras emociones.


 Tenemos mucha facilidad de enfrascarnos en situaciones que no nos generan bienestar, podemos darle vueltas en nuestra cabeza una y otra vez a pensamientos que nos hacen daño, sin sentirnos en la capacidad de silenciarlos y solo darle paso a esa parte de nosotros que no necesita pensar, que tiene la sabiduría que necesitamos para resolver y percibir todo lo importante.


  Solo basta con darnos la oportunidad de apreciar los detalles, de distanciar nuestros pensamientos cargados de miedos, de juicios, de críticas, y proponernos percibir qué nos trae cada momento, qué nos dice el otro más allá de sus palabras.

  Desde que nacemos, y a lo largo de nuestra infancia, somos unos maravillosos cazadores de recompensas, pero son aspectos tan esenciales, tan puros y atómicos que a día de hoy, llegada la madurez, ya hemos olvidado ese placer innato por ellas.


Buscando recompensas


 Solo los niños saben disfrutar tanto de este presente, del aquí y ahora. Les basta con soñar para sentirse gratificados.

  Un paseo, un juego, un descubrimiento, un abrazo o un «estoy orgulloso de ti» le sirven a una mente infantil como el mejor de los regalos. Ofrendas invisibles que nutren sus corazones y que aprecian.

  Somos expertos en el arte de la preocupación, en adelantar fatalidades, en desconfiar incluso de nuestras propias capacidades.


  De algún modo, nos centramos tanto en ese abismo de negatividades de nuestro interior que nos pasamos el día con los ojos cerrados. Somos ciegos por dentro y por fuera, y vamos buscando a tientas la felicidad.

  No esperes que el tiempo transcurra para darte cuenta de dónde estaba lo importante, lo esencial, lo trascendente… dónde realmente estaban las cosas bonitas, las que llenan el alma, las que nutren y siembran, siente, cierra tus ojos y siente… 

 Tienes millones de bendiciones a tu alrededor y seguramente notas solo unas cuantas o en el peor de los casos, ninguna. La vida en su totalidad es hermosa, solo hay que saber mirarla.



El Club de los Libros Perdidos. Con la tecnología de Blogger.