Cada vez que le gritas a tu hijo, bloqueas su cerebro, según la ciencia

Si alguna vez le has gritado a tus hijos porque agotaron tu paciencia y sientes que ya no puedes más, y tu nivel de frustración está al máximo, seguramente habrás notado: o no te hacen caso o simplemente te miran con los ojos muy abiertos, quietos sin saber qué pasa.



  Los niños son seres muy sensibles, que están en pleno desarrollo físico e intelectual. Por eso, la forma en la que sus padres o tutores se relacionan con ellos deja una verdadera huella en su vida, que puede ser buena o no tanto.

  Los gritos son como lanzas, como dardos envenenados. Tan vez pensemos que el niño reacciona ante ellos porque 'aprende la lección', y no es así.   


  Reacciona porque le duele y porque tiene miedo. Reacciona porque le acaban de herir y no quiere que vuelvan a hacerlo. Pero no aprende. Su cerebro se bloquea. 

  Podríamos explicar la versión 'educativa' de por qué el niño sólo obedecerá ante los gritos por miedo y no por respeto o empatía. 

  Pero existe una razón más poderosa aún para que decidas eliminar los gritos de tu vida: una razón química. Esta es la explicación y las numerosas razones que la ciencia nos da para que intentemos evitar gritar a nuestros hijos: 


1. El cerebro aprende mejor en un entorno de seguridad y protección.


  Y no sólo los niños. Numerosos estudios han demostrado que los adultos también trabajan y rinden mejor en un entorno 'amigable', en donde prima el respeto frente a los gritos.

2. Ante los gritos, se activa la emoción del miedo, y esta bloquea una zona en la amígdala que impide el paso de nueva información. 


  La amígdala, recuerda, está encargada entre otras cosas de regular las emociones. Las almacena y las regula (sí, ese almacén lleno de carpetas que mostraba la película 'Inside Out'ç). Según Justin Feinsten, científico de la Universidad de Iowa (EEUU), cuando la amígdala detecta un peligro (como pueden ser los gritos), activa una respuesta que nos empuja a alejarnos de la amenaza


3. Ante los gritos, el cerebro activa una especie de 'modo supervivencia'.


  Cuando se le grita a un niño, su cerebro activa todas las defensas del miedo. Libera dopamina y adrenalina, las hormonas que preparan al cuerpo para huir. Son las mismas que causan el estrés crónico, por lo que gritarle a un niño es generarle permanente estrés de forma innecesaria.


4. Los gritos afectan directamente a la amígdala.


  La amígdala es como un 'centinela de las emociones', y la responsable de activar la vigilancia o sentido común en nosotros, o dar la orden de 'huida' en caso de peligro. Lo hace mediante unos neurotransmisores que activan sustancias como la dopamina, la adrenalina, los glucorticoides ... 


5.  Los gritos generarán recuerdos negativos en la memoria.  


  Seguramente estás de acuerdo con que los recuerdos negativos a veces pesan más que los positivos. Cuando le gritas a un niño, lo único que hace es registrar en su cerebro malos recuerdos que, a largo plazo, le generarán problemas emocionales, angustia y ansiedad.


No somos las únicas mamás gritonas...



  Todas las mamás, alguna vez en la vida, hemos sentido que ya no podemos más y nuestra primera reacción son los gritos. De hecho, se estima que ocho de cada 10 mamás le gritamos a nuestros hijos una vez a la semana.

  Esto nos muestra que esa falta de autocontrol es normal y esperable, sin embargo, no es lo deseable, ya que sólo podemos fomentar la mala conducta a mediano y largo plazo; enseñar una forma incorrecta de comunicarse con los demás; la relación se vuelve inestable y complicada.



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