Si te molesta el sonido de las personas masticando, puede que tengas misofonía

¿Te enfureces cuando oyes los sonidos de alguien comiendo? Hay personas que ni siquiera pueden escuchar la respiración de otros. Si te sucede eso, es posible que sufras de esta condición.



Misofonía: La molestia visceral que no se puede explicar


  Los sonidos que molestan a la persona con misofonía suelen tener una intensidad muy baja, del orden de 40 a 50 decibelios, lo cual significa que se encuentran muy por debajo de una conversación normal, por lo que en muchos casos son apenas audibles para el resto de las personas.

  Sin embargo, para quien padece misofonía estos sonidos pueden convertirse en una tortura. Escuchar a alguien masticar puede desencadenar estrés, irritación y en casos extremos hasta una rabia violenta. Por eso, en muchas ocasiones se generan discusiones en la mesa.

  La persona con misofonía puede pedirle al otro comensal que mastique más despacio y sin hacer ruido, pero esa persona puede sentirse atacada y no comprende cómo ese sonido tan bajo puede causar molestias.


  Como resultado, concluye que esa persona tiene algo en su contra, que se enfada sin razón o que está amargado por otra causa y la paga con ella.

  Para evitar este tipo de discusiones, la persona con misofonía a veces prefiere quedarse callada y simplemente se levanta y abandona la mesa. Sin embargo, ese gesto también genera irritación en el resto de los comensales ya que no entienden su actitud ni su irritabilidad. 

   Curiosamente, esa sensación de molestia se amplifica aún más cuando los sonidos provienen de personas cercanas. Por eso, esa hipersensibilidad a menudo crea problemas en sus relaciones interpersonales ya que las otras personas se sienten rechazadas.


  El término misofonía fue acuñado en el 2001 por los neurocientíficos estadounidenses Pawel Jastreboff y Margaret Jastreboff.

  Si te pones a rabiar cuando escuchas al de tu lado masticar, puede que tengas este trastorno, que saca de sus casillas a nada más y nada menos que el 10% de la población, según algunas estimaciones, aunque resulta extremadamente difícil tener datos precisos.

  Durante mucho tiempo se ha considerado este problema como una cuestión psicológica que realmente se encontraba en personas intolerantes con los demás, como si ellos decidieran odiar esos sonidos o buscaran menospreciar sonoramente. Gracias a la revista Current Biology, que publicó los estudios de la Universidad de Newcastle, se demostró lo contrario.


  En estos estudios se le hicieron resonancias magnéticas a personas con o sin misofonía y fueron sometidos a sonidos intolerantes, resultando que aquellos con misofonía tenían cambios a nivel cerebral ya que desarrollo del lóbulo frontal de sus cerebros es diferente lo que los obliga a sentir ansiedad e irritación a escuchar estos sonidos.

  También se expuso a las personas con misofonía a sonidos como el goteo incesante del agua, a alguien masticar y el crujir de una puerta y estas personas mostraron sudoración excesiva y el ritmo cardíaco aumentó.

  Gracias a estos estudios se pudo comprobar que estas personas no son intolerantes o exageradas sino que todo se trata de un cerebro diferente.


  Puede que incluso se trate de hipoacusia que es un síndrome auditivo debilitante que convierte los sonidos cotidianos en algo incluso doloroso, las personas al escuchar sonidos fuertes sufren e incluso con el tiempo les es imposible vivir en lugares como las ciudades que son muy concurridas.

  Para fortuna de muchos esto puede mitigarse  usando auriculares especiales que tapen el sonido externo, aunque esa es solo una manera rápida de evitar problemas. 


Lo mejor es que estas personas busquen expertos que puedan ayudarlos, tanto física, como psicológicamente, pues al tener la capacidad de escuchar, pero sufrir cada vez que lo hagan, implica un problema que va más allá de lo físico, se transforma en una cuestión social y espiritual.


El Club de los Libros Perdidos. Con la tecnología de Blogger.