Nuestro peor error ortográfico: no saber poner punto final

No escribimos nuestro peor error ortográfico cuando escribimos, sino en nuestra vida, cuando no sabemos cómo poner un punto final.




  La lección que debemos aprender de esta oración es nuestro coraje, porque marca el punto de partida para crecer.

  El peor error ortográfico no lo cometemos escribiendo, sino cuando en la vida no sabemos poner punto y final. La enseñanza que abraza esta frase es muy valiosa para nosotros, pues guarda en ella el punto base de crecer.

 Deberíamos saber que cerrar las etapas, ciclos y relaciones, aunque puede resultar difícil sobre todo porque es complicado que lleguemos a estar seguros a la hora de dejar atrás aquellas personas, momentos o lugares que tan bien nos hicieron sentir, llegan momentos en que es necesario y hasta inevitable hacerlo.

  Esto de “luchar por lo que queremos hasta el final” es muchas veces una manera de insinuar nuestra inquietud y dar rodeos con afán de poner en marcha la máquina de la determinación emocional que nos ayude a tomar la decisión que tanto nos cuesta.


Nuestro error: poner puntos suspensivos donde debe ir un punto y final


  La vieja costumbre de poner puntos suspensivos una y otra vez nos impide crecer y tomar las decisiones que deben ser tomadas tarde o temprano.

  Si no abrimos las ventanas, no vemos el brillo de la vida; si no dejamos las puertas abiertas nos ahogaremos en la imposibilidad de “dejar ir” el polvo que nos impide respirar.

  La tenacidad y la resistencia ante lo que está acabado se convierten en un revolver metafórico que nos apunta a la sien de manera constante, haciéndonos incapaces de disfrutar de nuestra vida afectiva.

  En estos casos la negación juega un papel esencial, pues es el reflejo del fallo de nuestro coraje y de la escasez de recursos para atribuir a esto una realidad emocional negativa. 


 Persistimos en afirmar que es “algo temporal” y nos rehusamos tomar en serio a nuestros sentimientos  y pensamientos, pero esto sólo empeora la situación.

  Lo cierto es que siendo la ruptura un asunto tan serio es normal que nos dé respeto tomar partido en ella. 

 Sin embargo, cuando no lo hacemos acabamos convirtiéndonos en personas ásperas, infelices, irritables, prejuiciosas y condenatorias, lo cual nos envuelve en un agujero negro repleto de contradicciones. 

 Pero, si algo no nos hace felices o una relación no nos hace bien, ¿qué tipo de unión y sostén creemos que vamos a tener.


Hay que ser realistas: si queremos que lo bueno entre, tenemos que dejar ir



  “Dejar ir”, “soltar”, “decir adiós”. Pocas palabras que simbolizan grandes acciones. Más que aforismos hogareños son mensajes claros que nos recuerdan que no merece la pena mantenerse en un lugar en el que nos convertimos en meros observadores, en personas sufridas o en figuras compadecidas.

  No vayas donde no te quieran y no te quedes donde no te quieren, esa es una premisa fundamental que debe ser trabajada desde la infancia para que, llegado el punto de necesitarlo, hagamos siempre valer nuestras necesidades emocionales y escuchemos a nuestro corazón cuando debemos hacerlo.



  Daríamos lo que fuese por tener motivos para mantener las puertas y las ventanas abiertas pero, sin embargo, no nos queda otro remedio que poner punto y final donde antes poníamos puntos suspensivos. 

 Esa es la máxima que debemos mantener para cuidar nuestra salud emocional, para darnos valor, proteger nuestro corazón y adelantarnos a la vida poniendo la primera persona a la hora de pensar en sentimientos.

No permitamos perder la ilusión y la alegría, tampoco que la desidia y el sufrimiento nos dirijan. Es cierto que es complicado (y triste) poner punto y final a nuestras historias pero cuando no lo hacemos no dejamos entrar nuevas y bonitas historias. No lo olvidemos.




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