Mi cuerpo fue tu nido y lo seguirá siendo aquí fuera hasta que tú quieras

Mi cuerpo fue tu nido, tu cobijo, tu hogar temporal a lo largo de nueve meses. Mi piel fue después tu calor, tu refugio y el modo de decirte que siempre me tendrías contigo, y así será hijo mío hasta que tú lo quieras, hasta que corras más rápido que yo, hasta que un día ya no necesites mi mano para caminar a tu lado.




  Seguramente toda mamá o papá añora esos días en que su bebé necesitaba tanto de su cercanía. Esos primeros meses en que nuestro pequeño «anidaba» en el regazo con su respiración susurrante, con sus tibios sollozos, con su mano diminuta cogida bien fuerte a uno de nuestros dedos.

  Pero lamentablemente esos primeros días pasan muy  pronto, lo sabemos, casi como un suspiro, como un viento que viene y se va dejándonos su recuerdo.

  Sin embargo, nuestro cuerpo, nuestra cercanía, sigue siendo necesaria y esencial hasta bien pasados los 3 años, época en la que según nos explican los expertos finaliza la exterogestación o ese desarrollo extrauterino donde estrategias tan básicas como el porteo son esenciales.


La exterogestación – la segunda parte del embarazo


  Mucho se ha dicho al respecto de no cargar al bebé en brazos en sus primeros meses de vida porque esto les genera acostumbramiento y, cuando no lo hacemos, lloran.

  En primer lugar, cuando un bebé llora, es porque algo no anda bien. No es necesaria la presencia de una enfermedad o de un dolor para que el llanto se produzca: la ausencia del calor maternal es motivo suficiente para sentirse mal.

 Por otra parte, el bebé necesita ser cargado en brazos para así vivir su etapa de exterogestación, de la cual te estaremos contando a continuación.

 Cuando un bebé nace su cerebro cuenta con el 25% del desarrollo que alcanzará en los próximos cuatro años. Para que esto ocurra de forma satisfactoria y sin traumas para él, el contacto con su mamá es esencial.

  Ponerlo en tu pecho y hacer el contacto piel con piel tiene un efecto sedante y libera químicos felices en tu bebé. Como podrás deducir, la ausencia de ello genera un fuerte malestar y una profunda angustia en él.

  La exterogestación es una etapa que dura desde el nacimiento hasta el cuarto año de vida del niño y que requiere que la madre siga siendo ese nido protector para su bebé.


Recomendaciones para una espléndida exterogestación


  Ata a tu bebé a tu cuerpo: cuando debes ausentarte unas horas todos los días, ese tiempo que tan angustioso fue para tu bebé, puede recuperarse. 

  Solo tienes que atarlo a tu cuerpo con un arnés y hacer las tareas de la casa que necesites hacer. Ese contacto le devolverá a tu pequeñín la alegría que perdió cuando desapareciste de su vista.

Acceso a tus pechos: el contacto directo con la piel de tus pechos le permite volver a la calma y deshacerse del estrés que tu ausencia la provocó.

El regazo para conversar: los niños pequeños nos cuentan sus historias y hablan acerca del mundo tal como lo perciben...aunque al principio no podamos entenderlos del todo. 

 Por tu parte, tú empezarás a contarle los más clásicos cuentos de hadas. Para que esta instancia sea realmente beneficiosa para él, ponlo en tu regazo y comparte estos momentos brindándole tu calor.

Mimos: a nivel biológico, los mismos actúan estimulando directamente el hipocampo. Esta parte del cerebro se encarga de las funciones de aprendizaje, de desarrollar la memoria y de ayudar al niño a combatir el estrés.

  Cuando más lo mimes, más preparado para enfrentar los desafíos de la vida y de la edad escolar estará.

  Esta etapa termina a los cuatro años y es allí que la madre deja de ser el centro de la vida de su hijo. Sin embargo, jamás pienses que te ha dejado de necesitar. Siempre serás su referente y ese hogar humano al que pueda volver pase lo que pase.


Mi cuerpo fue tu nido, y será siempre ese regazo donde volver cuando así lo necesites


  Una vez nuestros pequeños cumplen los 6 o 7 años su vida se va llenando de más protagonistas, aparecen sus iguales, esos compañeros del cole donde compartir juegos y nuevas experiencias. El mundo se vuelve más amplio ante sus ojos y de algún modo, parece que nosotros ya no seamos tan imprescindibles.

  Sin embargo, nunca derives en este tipo de pensamientos. Porque una madre o un padre siempre es esencial para su hijo. 

 Eres sus raíces, eres la persona que siempre les orientará de corazón, quien siempre hable con ellos un lenguaje sincero y cercano, quien siempre les desee lo mejor y quien busque en cada momento darles lo mejor, un pedazo de cielo o un trozo de estrella si hiciera falta.

  Por ello, no lo dudes, si desde el inicio has permitido que tu cercanía fuera siempre su hogar, que tu cuerpo fuera ese pedacito de nido donde hacer la siesta, apagar miedos o donde consolar lágrimas, seguro que cuando tengan 10, 12 o 20 años te agradezcan que durante un breve instante, los abraces muy fuerte. 


 Solo para recordarles «que todo va a ir bien», «que son especiales», «que no hay problema que no tenga solución» y que «siempre serán amados»…



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