Las heridas emocionales de la infancia y sus consecuencias

Las heridas emocionales de la infancia nos pueden acompañar hasta nuestra vida adulta y son capaces de controlar nuestro comportamiento y dirigir nuestro destino.



  Antes de convertirnos en adultos, todos hemos sido niños, todos hemos estado condicionados, de una manera u otra, por el entorno familiar en el que crecimos. 

 El adulto en el que nos hemos convertido es el resultado de experiencias vividas desde una edad temprana. Sobre todo, los traumas y heridas del pasado tienen una enorme influencia en nuestra vida actual.

Heridas emocionales en la infancia


  La personalidad de un adulto a menudo está determinada por una lesión emocional o una experiencia dolorosa de la infancia. A continuación, conoce los tipos de heridas infantiles que condicionan nuestra vida como adultos:


1. Heridas emocionales de la infancia: el miedo al abandono


  La soledad es el peor enemigo de quien vivió el abandono en su infancia. Por tanto, es común que en la edad adulta se experimente un constante temor a vivir de nuevo esta carencia. 

 De ahí que aparezca por ejemplo una elevada ansiedad a ser abandonado por la pareja, pensamientos obsesivos y hasta conductas poco ajustadas por el elevado temor a experimentar una vez más ese sufrimiento.

2. Aislamiento constante


  Los niños y niñas que sufren falta de cuidado pueden llegar a desarrollar grave alteraciones al llegar a la edad adulta, especialmente si son sus padres quienes no les dispensan los cuidados necesarios. 

 Tal y como se empezó a ver a través de los estudios de los psicólogos John Bowlby y Harry Harlow, el aislamiento durante la niñez está relacionado con serios problemas afectivos y relacionales en la adultez.


3. Ansiedad y miedo a los demás


  Si el aislamiento se produce de un modo más moderado, sus consecuencias en la edad adulta pueden llegar en forma de dificultades en las competencias sociales y una intensa ansiedad a la hora de entablar trato con desconocidos o de hablar para una audiencia de muchas personas.

4. La traición o el miedo a confiar


  El miedo a confiar en los demás surge cuando el niño se ha sentido traicionado por alguno de sus progenitores. Dimensiones como incumplir promesas, no proteger, mentir o no estar cuando más se necesita a un padre o a una madre origina heridas profundas. 

 En muchos casos, esa sensación de vacío y desesperanza se transforma en otras dimensiones: desconfianza, frustración, rabia, envidia hacia lo que otros tienen, baja autoestima…

 Si has padecido estos problemas en la infancia, es probable que sientas la necesidad de ejercer cierto control sobre los demás, lo que frecuentemente se justifica con un carácter fuerte.

  Haber padecido una traición en la infancia construye personas controladoras y que quieren tenerlo todo atado y reatado. 



5. Sufrir una injusticia


  Desde que el niño es muy pequeño desarrolla el sentido de justicia y comprende cuándo los demás son justos con él y cuándo no. Obviamente, si se convierte en una víctima de injusticias constantes, crecerá siendo una persona insegura y desconfiada. 

  Es probable que no se sienta merecedor de la atención de los demás, que perciba que nada de lo que hace vale la pena y empiece a tener una visión negativa de la vida. 

 De adulto es probable que tenga problemas para establecer relaciones interpersonales saludables porque pensará que todos le tratarán mal, por lo que le costará confiar en ellos y darles un voto de confianza.


6. Ser invalidado emocionalmente


  A medida que el niño crece, su abanico de emociones se va ampliando. Más allá de la tristeza y la alegría aparece el enfado, la angustia, la decepción, los celos… 

 Ninguna de estas emociones es negativa, solo es necesario comprenderlas y canalizarlas. 

 Sin embargo, cuando los padres niegan o hacen caso omiso de las emociones infantiles están transmitiéndole un mensaje muy claro: esas emociones no son aceptadas y, por tanto, se deben reprimir. 

 Como resultado, es probable que ese niño, al convertirse en adulto, no sepa lidiar adecuadamente con sus emociones, que se comporte de manera indiferente o, al contrario, que sea extremadamente impulsivo.


7. Desprecio por los demás


   Las heridas emocionales recibidas durante la infancia pueden hacer que incorporemos conductas clásicas de la sociopatía a nuestra manera de comportarnos. 

  Como se tiene la sensación de que los demás se han comportado como depredadores cuando éramos vulnerables, pasamos a incorporar a nuestro esquema de pensamiento la idea de que la vida es una guerra abierta contra los otros.

  De esta manera, los demás pasan a ser o posibles amenazas o potenciales formas de alcanzar los objetivos que se ansían.

8. La dependencia


  Haber sido sobreprotegidos por los padres o tutores hace que nos acostumbremos a tener todo lo que queremos y que, al llegar a la vida adulta, vivamos en un eterno estado de frustración. 

 Lo más negativo de esto es que, para huir de esta frustración, se busca una nueva figura protectora, en vez de luchar por aprender las conductas necesarias para ganar autonomía sobre la propia vida.

  Es una clase de comportamiento típico de las personas que han sido acostumbradas a mostrarse caprichosas y a exigir cosas de los demás.


9. El síndrome del esclavo satisfecho


  Haber sido sometidos a situaciones de explotación durante la infancia, aunque ésta consista en estar obligados a pasar la mayor parte del día estudiando por exigencia de los padres o tutores, hace que se muestre una predisposición a ser explotado en la vida adulta. 

  Se entiende de esta manera que el valor de uno mismo como persona que vende su fuerza de trabajo es muy bajo, y que esto debe ser compensado a través de largos periodos de trabajo diario.

  En un contexto con mucho paro, esto puede llevar al estancamiento profesional, ya que se tiende a aceptar todos los trabajos precarios que se ofertan.


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