El cerebro de un mentiroso funciona de manera diferente

Según una investigación de la University College de Londres decir mentiras es una conducta repetitiva porque el cerebro se hace insensible a las emociones negativas que genera esa falta de sinceridad.



  Un estudio de científicos de Reino Unido revela que la repetición del engaño hace que el cerebro pierda sensibilidad ante la mentira y se produzca una escalada de falsedades. La investigación, publicada en la revista Nature Neuroscience, proporciona evidencia empírica de cómo ocurre este proceso en el cerebro.

  El equipo de la University College de Londres (UCL) escaneó el cerebro de 80 voluntarios mientras participaban en tareas en las que podían mentir para obtener beneficios personales.

  Los autores encontraron que la amígdala –una parte del cerebro asociada con la emoción– se activaba cuando las personas mentían para lograr un beneficio. La respuesta de la amígdala a la mentira disminuía con cada engaño, mientras que la magnitud de las mentiras se intensificaba.


El cerebro de un mentiroso y la amígdala


 Cuando alguien miente de forma repetida deja de tener una respuesta emocional ante sus propias falsedades.

  Así, y ante una ausencia total de sentimientos esta práctica se hace más fácil y se convierte en un recurso habitual. Por eso, los neurólogos han llegado a la conclusión de que el cerebro de un mentiroso funciona de manera diferente: son mentes hábilmente entrenadas para ese fin.

 
  A la mayoría de nosotros nos llama la atención ciertos comportamientos de esos agentes sociales que habitan en nuestro día a día. Vemos, por ejemplo, a algunos políticos aferrados a sus mentiras, defendiendo su honestidad y normalizando actos que por sí mismos son altamente reprobables y hasta delictivos. ¿Van estas dinámicas en su papel como cargos públicos o hay quizá algo biológico?



 Tali Sharot, una profesora de neurociencia cognitiva del University College de Londres nos indica que, efectivamente, hay un componente biológico, pero también un proceso de entrenamiento. 

 Así, la estructura cerebral que se relaciona de forma directa con estas conductas deshonestas es sin duda la amígdala. El cerebro del mentiroso pasaría en realidad por un sofisticado proceso de auto-entrenamiento donde acabar prescindiendo de toda emoción o sentimiento de culpa.

  En la revista Nature Neuroscience tenemos un artículo muy completo publicado en el 2017, donde se detalla esto mismo. No obstante, y para entenderlo mejor pondremos un ejemplo. Imaginemos a un joven que llega a un cargo de poder en su empresa. 

  Para transmitir liderazgo y confianza en sus empleados, recurre a las pequeñas mentiras. Estas disonancias, estos pequeños actos reprobables hacen reaccionar a nuestra amígdala.

  Esta pequeña estructura del sistema límbico relacionada con nuestra memoria y reacciones emocionales, es quien limita el grado en el que estamos dispuestos a mentir.


Amídala cerebral, parte esencial del cerebro de un mentiroso


  Ahora bien, este joven, acaba convirtiendo el uso de las mentiras en un recurso constante. Su trabajo en dicha organización se basa ya en la utilización permanente y deliberada del engaño. 

 Cuando este enfoque es habitual, la amígdala deja de reaccionar, crea tolerancia y ya no emite ningún tipo de reacción emocional. La sensación de culpabilidad desaparece, no hay remordimientos ni preocupación alguna.

El cerebro de un mentiroso, por así decirlo, se adapta a la deshonestidad.


La mentira hace trabajar al cerebro de un modo diferente


  Quien miente necesita dos cosas: memoria y frialdad emocional. Esto mismo es lo que nos indican en uno de los libros más completos sobre el cerebro de un mentiroso: 
  
 “Por qué mentimos… en especial a nosotros mismos: La ciencia del engaño” del catedrático de psicología Dan Ariely. Asimismo, también se nos invita a descubrir otros procesos neurológicos no menos interesantes sobre el tema.

  En un experimento realizado por el propio doctor Ariely reveló que la estructura cerebral de los mentirosos patológicos dispone de un 14% menos de sustancia gris. Sin embargo, presentaban entre un  22 y 26% más de materia blanca en la corteza prefrontal.


  ¿Qué significa esto? Básicamente que el cerebro de un mentiroso establece muchas más conexiones entre sus recuerdos y sus ideas. Esa mayor conectividad les permite dar consistencia a sus mentiras y un acceso más rápido a esas asociaciones.

  El cerebro de un mentiroso se conforma a raíz de un conjunto de motivaciones oscuras. Podríamos decir que tras esa persona que opta por hacer de la mentira su forma de vida, hay una serie de fines muy concretos: deseo de poder, de estatus, de dominación, interés personal…

  Es la ideología de quien decide en un momento dado, priorizarse a sí mismo por encima de los demás. Y nada puede ser más inquietante.


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