La forma de jugar moderna genera ansiedad y depresión en los niños

  La psicóloga Jennifer Delgado nos vuelve a llevar al rincón de pensar para reflexionar acerca de la infancia y la educación en tiempos modernos.



  La depresión y la ansiedad son diagnósticos muy habituales en el mundo adulto, se entiende que entre la conciliación de la vida personal y laboral los adultos puedan tener depresión o ansiedad. 

 Pero ¿un niño no debería ser feliz?, ¿cómo puede tener problemas emocionales cuando parece que lo tiene todo?

  Solemos pensar en la historia como sinónimo de progreso, pero si el progreso se mide en términos de salud mental y felicidad, entonces hemos estado yendo hacia atrás, al menos desde 1950.

  De hecho, los índices de depresión y ansiedad en los niños, adolescentes y jóvenes de Estados Unidos han aumentado de manera constante durante los últimos 50 años. En la actualidad, hay entre 5 u 8 veces más estudiantes de bachillerato que cumplen con los criterios para el diagnóstico de una depresión mayor o un trastorno de ansiedad. 

  Y vale aclarar que este aumento de casos no se debe a que los criterios diagnósticos hayan cambiado. Tampoco es un fenómeno exclusivo de Estados Unidos sino que se aprecia en muchos otros países.


¿Por qué?


  Un vistazo a los estudios demuestra que el aumento de estas patologías no parece tener nada que ver con los peligros o el grado de incertidumbre que acarrean las diferentes épocas históricas.

   Estos problemas no están relacionados con los ciclos económicos, las guerras, o cualquier otro tipo de evento que pueda tener un impacto en el estado mental de los niños. 

  De hecho, ¿sabías que los índices de ansiedad y depresión en los niños y adolescentes eran mucho más bajos durante la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y la década de los años '60 que en la actualidad? 

  Por tanto, este problema parece estar más relacionado con la forma en que los niños y jóvenes ven el mundo, más que con las cosas que suceden en la realidad.


La sensación de control sobre el destino


  Si algo sabemos sobre la ansiedad y la depresión es que ambas están relacionadas con la sensación de control, o más bien la falta de control sobre la vida.

  Las personas que sienten que tienen su destino en sus manos tienen menos probabilidades de sufrir ansiedad o depresión que aquellas que creen que son víctimas de las circunstancias.

  Por supuesto, se podría pensar que en las últimas décadas ha aumentado el sentido de control personal ya que se ha producido un avance real en el tratamiento de enfermedades, ha aumentado el bienestar social y hay más información al alcance de todos.

  Sin embargo, los datos indican que la sensación de control que tienen los niños, adolescentes y jóvenes ha disminuido drásticamente.



 Un metaanálisis realizado en la Universidad Estatal de San Diego evaluó el locus de control de los niños de 9 a 14 años desde 1960 hasta 2002. 

 Estos investigadores descubrieron que, al igual que sucede con la depresión y la ansiedad, se produjo una variación significativa, hasta el punto que en la actualidad un 80% de los niños tiene un locus de control externo, una cifra exageradamente alta. 

  Por tanto, no sería descabellado pensar que un aumento de la externalidad, a expensas de la internalidad, puede ser una de las causas del aumento de la ansiedad y la depresión. Cuando las personas creen que no tienen control sobre su destino se vuelven ansiosas, piensan: 

 “En cualquier momento me pasará algo terrible y no puedo hacer anda al respecto”. La sensación de impotencia también puede llegar a ser tan grande que da paso a la depresión, pensando: “No sirve de nada intentarlo, estoy condenado al fracaso”.


¿Cuáles son las causas de estos cambios? 


  Este viraje generacional está determinado, ante todo, por la cultura del materialismo que se ha impuesto en los últimos años, transmitida fundamentalmente a través de la televisión y otros medios de comunicación. 

 Los niños están expuestos desde edades muy tempranas a los anuncios y otros mensajes que implican que la felicidad depende de su buena apariencia, su popularidad y los bienes materiales que tengan.

  Esa cultura no los anima a bucear en su interior sino que exacerba nuestra tendencia natural a buscar la aprobación de los demás, un mecanismo particularmente fuerte durante la infancia ya que como los niños dependen de los adultos, aprenden rápidamente que necesitan cierto grado de aceptación para sobrevivir.

  Por supuesto, la formación de un locus externo y los motivos extrínsecos no solo dependen de los mensajes que envían los medios de comunicación, también inciden los valores que transmiten la familia y la escuela ya que, en última instancia, estos actúan como filtros de las enseñanzas sociales. 


La muerte del juego libre le abre al camino a los trastornos mentales


  Por último, pero no menos importante, el psicólogo Peter Gray, especialista del Boston College en educación y aprendizaje infantil, señala que también incide el cambio que se ha evidenciado en la forma de jugar de los niños. 

 Diferentes estudios han desvelado que la libertad de los niños para jugar y explorar por su cuenta, de manera independiente, ha mermado considerablemente en las últimas décadas. 

 Sin embargo, el juego libre y la exploración han sido, históricamente, los medios a través de los cuales los niños aprenden a resolver sus propios problemas, controlar sus vidas, desarrollar sus intereses y poner a prueba sus habilidades y competencias. 

  De hecho, el juego, por definición, es una actividad controlada y dirigida por los jugadores. El juego se dirige fundamentalmente hacia dentro, no hacia fuera. 

 Al privar a los niños de oportunidades para jugar por su cuenta, lejos de la supervisión directa de un adulto o el control de los juegos electrónicos, les estamos privando de la oportunidad de aprender a tomar el control de sus propias vidas. 

 Podemos pensar que los estamos protegiendo, pero en realidad estamos restringiendo sus potencialidades, reducimos su alegría y, al evitar que puedan descubrir y explorar nuevas cosas, disminuimos su sentido de autocontrol. 


Los cuatro pilares del exceso


  Como padres, normalmente queremos darle lo mejor a nuestros hijos. Y pensamos que si un poco está bien, más será mejor. 

 Por eso, ponemos en práctica un modelo de hiperpaternidad, nos hemos convertido en padres helicóptero que obligan a sus hijos a participar en una infinidad de actividades que, supuestamente, les preparan para la vida.

 Por si no fuera suficiente, llenamos sus habitaciones de libros, dispositivos y juguetes. De hecho, se estima que los niños occidentales tienen, como media, 150 juguetes. 

 Es demasiado, y cuando es demasiado, los niños se sienten abrumados. Como resultado, juegan de manera superficial, pierden el interés fácilmente por los juguetes y por su entorno y no desarrollan su imaginación.

  Por eso, Payne afirma que los cuatro pilares del exceso sobre los cuales se erige la educación actual de los niños son:

1. Demasiadas cosas
2. Demasiadas opciones
3. Demasiada información
4. Demasiada velocidad


  Por eso, el juego cada vez más dirigido, incluyendo los juegos electrónicos que siguen pautas perfectamente establecidas e invariables, terminan limitando la sensación de control que tienen los niños por lo que, al final, no es extraño que desarrollen motivos extrínsecos y que se expongan a un mayor riesgo de sufrir depresión y ansiedad.


Twenge, J. et Al. (2010) Birth cohort increases in psychopathology among young Americans, 1938-2007: A cross-temporal meta-analysis of the MMPI. Clinical Psychology Review; 30: 145-154.
Twenge, J. et Al. (2004) Its beyond my control: A cross-temporal meta-analysis of increasing externality in locus of control, 1960-2002. Personality and Social Psychology Review; 8: 308-319.
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