¿Por qué no deberíamos tolerar a los intolerantes?

Se trata de algo tristemente común a todo el mundo, grupos de extrema derecha e izquierda han cobrado una visibilidad cada vez mayor. Porque no nos engañemos con apariencias políticamente correctas: tanto la derecha como la izquierda pueden y son intolerantes cuando se llevan a un extremo.



Representantes de un movimiento fascista de Argentina

 

   En Europa la situación se agravó tras la crisis de refugiados y en Estados Unidos el gran detonante fue el discurso de odio del actual presidente Donal Trump. Pero ¿debemos tolerar lo que pide la extrema derecha o la extrema izquierda?

  Muchas personas han defendido la legitimidad de las demostraciones extremistas tanto de izquierda o derecha porque dicen que están ejerciendo su libertad de expresión. 

  Por otro lado, también se dice que si una de las bases de una sociedad democrática es la tolerancia, entonces se debería tolerar cualquier expresión sin importar de qué tipo sea. Ambos argumentos tienen razón, pero solo parcialmente. 


  Tanto la libertad de expresión como la tolerancia son valores en los que se finca la democracia pero no es verdad que se deba tolerar cualquier tipo de expresión. Desde Voltaire, pasando por Popper y llegando a Žižek, numerosos pensadores han demostrado que, para que exista una sociedad democrática y libre, debe existir un límite para la tolerancia. 

  Y sólo así la sociedad democrática podrá seguir existiendo.

   Durante la Segunda Guerra Mundial, Karl Popper escribió  “La sociedad abierta y sus enemigos”, donde expuso la “paradoja de la tolerancia” de la siguiente manera:

 “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. 

  Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia.

   Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente.



   Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrario, comiencen por acusar a todo razonamiento.

  Así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas.


   Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. 


   Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos” (Cap. 7, nota 4).


   La sociedad abierta no acepta ningún tipo de poder ilimitado, por eso es un gran alegato en contra del autoritarismo, ni la libertad misma puede ser ilimitada porque trae consigo su degeneración, que es el libertinaje, que es una libertad ilimitada que viola la libertad de otras personas.



Voltaire: el gran defensor de la tolerancia en Occidente


   En el Tratado sobre la Tolerancia (1763), Voltaire hace un repaso de las ventajas de la tolerancia para los pueblos. 

  Voltaire hace una revisión de cómo, tanto en Grecia (cuna intelectual de Europa) como en Roma (cuna del derecho europeo) e incluso en la figura de Cristo (principal figura religiosa de Europa de ese entonces), la tolerancia es el valor principal y la intolerancia siempre ha traído calamidades a los europeos.


  Voltaire era un ilustrado y fue el mayor defensor de la tolerancia en su época. Pero parece que, independientemente de eso, conocía un límite para esta tolerancia: los discursos que son en sí mismos intolerantes no pueden ser tolerados. 

  El problema no es que haya diferentes ideas y religiones, el problema es cuando una de ellas quiere oprimir a todas las demás y ser la única.


Žižek: no solo hay que ser intolerantes… ¡el problema es la economía política, estúpidos!


   El polémico filósofo esloveno Slavoj Žižek también tiene un análisis sobre la tolerancia y sus límites. 

  En su libro En defensa de la Intolerancia (1998) Žižek se muestra aún más radical que Popper y que Voltaire y hace un análisis de lo peligroso e indeseable que es el multiculturalismo como lo entendemos ahora (la falta de conflictos políticos y la búsqueda de “la armonía” y la “tolerancia” de todas las opiniones sin importar lo fascistas o intolerantes que sean):

  “La prensa liberal nos bombardea a diario con la idea de que el mayor peligro de nuestra época es el fundamentalismo intolerante (étnico, religioso, sexista…), y que el único modo de resistir y poder derrotarlo consistiría en asumir una posición multicultural. 


  Pero, ¿es realmente así? ¿Y si la forma habitual en que se manifiesta la tolerancia multicultural no fuese, en última instancia, tan inocente como se nos quiere hacer creer, por cuanto, tácitamente, acepta la despolitización de la economía?”

   La tesis principal de Žižek es: creer que vivimos en un mundo post ideológico, es decir, en uno en el que no existen las ideologías (izquierda/derecha/extrema izquierda/extrema derecha) es peligroso porque promueve la idea de que no existe un conflicto estructural en la manera en que nos relacionamos. 


  Parecería que lo único que nos queda actualmente es aceptar las reglas del juego y ver la mejor manera para que todos convivamos en paz y armonía, lo cual es falso.

   Así que aquí está el asunto de todo, la paradoja es que, con el fin de proteger la tolerancia, no se puede tolerar lo intolerante. No obstante, no podemos caer en la violencia (de cualquier tipo) para protegerla, debemos hacerlo en base a la razón y argumentos.

   Lo que los humanistas debemos saber que al convertirnos en espectadores de las acciones de violencia organizada de estructuras de individuos sin ética social, ni política, nos  volvemos en cómplices en el silencio. 





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