Kintsugi: el hermoso arte japonés de hacer bello y fuerte lo frágil

La práctica japonesa de reparar fracturas de la cerámica con resina de oro nos habla directamente a todos: a veces los defectos son las más grandes virtudes.



 No hay una belleza realmente excelsa que no tenga una anomalía en sus proporciones.
–Francis Bacon


  Si se rompe un plato, una fuente o un jarro de cerámica, los japoneses, en lugar de botarlo a la basura; lo unen con esta técnica ancestral y además pintan de oro las grietas para destacar las imperfecciones. Lo que logran es tan lindo como la filosofía que está detrás.


 Hoy en occidente, más vale maquillar, operar o eliminar de alguna forma cualquier tipo de imperfección, ya sea psicológica, física, relacional o material. Así es, en occidente, porque en oriente, la cultura es diferente. 

 O al menos lo era hasta la llegada de la modernidad, aunque notables ejemplos de su sabiduría siguen presentes en la cultura actual. 


 Un ejemplo de esto es el Kintsugi: un arte milenario japonés que consiste en restaurar una pieza que se ha roto, agrandando incluso la fractura con oro, plata o platino para enaltecer las cicatrices. Y más allá de un arte, es una filosofía oriental.


Lo dañado tiene una historia digna que contar


   Kintsugi (金継ぎ) en español significa carpintería de oro. Y la técnica, como mencionamos antes, consiste en arreglar fracturas de cerámica con barniz de resina mezclado con polvo de oro, plata o platino. 

 Y como pueden ver, el resultado es maravilloso y el objeto adquiere inmediatamente una apariencia mucho más atractiva, además de volver a ser útil.


  Pero esta técnica cuenta con una intención más allá de la estética y utilidad. Los japoneses plantean que las roturas o los daños cuentan una historia particular, y esto lo hace único, especial, más fuerte y hermoso, porque lo convierte en un “guerrero del camino”, por lo que las cicatrices del objeto deben enaltecerse y mostrarse en lugar de ocultarse, para manifestar así su historia y transformación.


  Este arte no trata de arreglar los defectos, no intenta perfeccionarlos, simplemente vuelve a convertir la pieza rota en algo completo.

  Celebra la dialéctica de la totalidad y la fragmentación, la idea de que la auténtica belleza está compuesta por ambas, es decir aquello que se ha roto siempre puede ser más fuerte.


  Entre la afanosa muchedumbre de metáforas que relacionamos con la vida, la de la cicatriz es una que nos atañe a todos. 

 El mundo se encarga de agrietarnos, de llenarnos de fisuras, y es allí donde reside para nosotros un crisol de posibilidades; la cicatriz se convierte en una ocasión para enfrentarnos al mundo. 



 Mas nadie ha planteado esta metáfora con tanta belleza, con tanta claridad, como los japoneses en el arte kintsugi (o kintsukuroi).

Hay una grieta en todo, así es como entra la luz
― Leonard Cohen


  Llevemos esta imagen al terreno de lo humano, al mundo del contacto con los seres que amamos y que, a veces, lastimamos o nos lastiman.

  ¡Qué importante resulta el enmendar! Qué importante entender que los vínculos lastimados y el corazón maltrecho, pueden repararse con los hilos dorados del amor, y volverse más fuertes.


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