8 claves para reconocer a una persona envidiosa

La envidia forma parte de Los 7 pecados capitales para las creencias cristianas, es decir que es uno de los vicios en los que pueden caer las personas envidiosas. Así pues, la envidia es la madre de muchos vicios más: los celos, la traición, la deshonestidad, la injusticia, etc.



  Rastreando etimológicamente la palabra, podemos darnos cuenta que proviene del vocablo invidere que está compuesta por “in” que significa “poner sobre” así como de “videre” que quiere decir “mirar”. Por tanto, la envidia en esencia no es otra cosa más que “poner la mirada sobre algo”. 

  Sin embargo no solamente se trata de posar la mirada en algo o en alguien, para que la envidia adquiera su significado coloquial es necesario que cumpla con su requisito más necesario: esa mirada sobre algo o alguien es, por lo regular, malintencionada, celosa y hostil.


  Entonces, como puedes irte dando cuenta, la envidia forma parte de nuestro repertorio como personas, lo cual no es necesariamente algo “malo”; incluso algunos antropólogos sostienen que este sentimiento puede llegar a estar bien encaminado y ser positivo para la sociedad porque provoca una lucha contra el conformismo y hace que busquemos metas más altas a través de la imitación de los demás. 

 Tomando como cierta esta idea significaría que todas las personas logramos superarnos en la vida a través de envidiar, particularmente como parte de una sociedad.

   Sin embargo y a nivel individual, es más recurrente que cuando se siente envidia, ésta se quede en un estadio de pura amargura y mala sangre. Pero, ¿por qué una persona envidia? ¿Cuál es el mecanismo que provoca que alguien sienta malestar ante el bienestar y los triunfos –de cualquier tipo-, de otra gente?


Aspiraciones inalcanzadas de una persona envidiosa


   Tal vez la característica más evidente de este sentimiento es la incesante aspiración de tener algo que no se posee.

   Y aquí puede entrar para la persona envidiosa la la justificación de la automotivación, ya que todos anhelamos un crecimiento y evolución en nuestras vidas, lo cual se logra aspirando a tener; sin embargo el asunto da un brusco cambio hacia la envidia cuando ese algo que no se posee es disfrutado por alguien más o le pertenece a otra persona.
 
  Entonces, quien quiere poseer eso de lo que carece se frustra y obsesiona con la idea de adueñarse de ello.

  Pese a lo anterior es aquí en donde entra una paradoja, la cual es que para la persona envidiosa no es soportable el aceptar que se desea algo que otra persona tiene y él no, por tanto usa un mecanismo de defensa demeritando aquello que íntimamente desea.


  Al hacer la denostación del objeto de deseo (persona, logro o cosa), no se da cuenta que en su afán de no parecer mezquino –en particular ante sus ojos-, logra exactamente eso. Y como esta actitud no le basta, entonces pasa al segundo punto.

  Y tiene que ver con este deseo que te he mencionado anteriormente, aunque ya no como aspiración sino como hostilidad. 

 Inmediatamente después de que la persona envidiosa desprecia aquello que íntimamente desea pero le asusta reconocer que así es, aparece la cancerosa idea de que quien sí dispone de ello lo pierda o, al menos, deje de disfrutarlo. 

 Aquí es donde radica el considerado pecado de la envidia. Y ¿por qué? Porque cuando aparece este pensamiento, la persona envidiosa pasa a la acción.


  Al igual que el Yago shakesperiano cuyo potencial para generar intrigas se destapa cuando es despreciado en favor de Casio para el ascenso a teniente que deseaba, la persona envidiosa comienza a tejer una red de actitudes clara y abiertamente en contra del objeto de envidia. Empieza a murmurar, a correr rumores, a levantar falsos y a tratar de convencer a los demás que tiene la razón en lo que tanto defiende.

  En la mayoría de las ocasiones estas actitudes toman la virulenta forma de ataques directos cuyo fin es perturbar la tranquilidad, felicidad o disfrute del objeto de su deseo inalcanzado. Si la persona atacada cae en el juego, el envidioso obtiene la sensación de triunfo que le hace sentirse mejor. 

  Lo triste sin embargo, es que ésta es una victoria pírrica, porque como la envidia es similar a un saco sin fondo, mientras más placer momentáneo se obtenga entonces más querrá el envidioso, por lo que nunca se sacia y eso le hace permanecer en estado de sufrimiento permanente.

Complejo de inferioridad disfrazado de la persona envidiosa


  Y es con respecto a lo anterior que toco el tercer punto. La frase atribuida a Napoleón Bonaparte acerca de que la envidia es una declaración implícita de inferioridad, es lo suficientemente acertada en este caso.

  Y este complejo de inferioridad que florece en la persona envidiosa se siembra en la infancia.

   Cuando el niño empieza a tener las primeras relaciones sociales con su entorno –familia, amigos, escuela-, ocurre que a veces se siente amenazado con respecto a perder lo que tiene a manos de los demás, y si no logra enfocar adecuadamente este sentimiento de desprotección acerca de posesión, crece carente de la confianza necesaria para entender que todas las personas son poseedoras de aspectos positivos que otras no tienen lo cual es absolutamente normal y no encierra peligro alguno para él.


   Si nadie le transmite o enseña la confianza que da el entendimiento de saber que ninguna persona es mejor que él por el hecho de poseer algo distinto, el niño comienza a sentir que no es lo suficientemente bueno para tener lo que el otro tiene o ser como el otro es, lo que le dispara la sensación de inferioridad y desamparo.

  La manera en que reacciona entonces es disfrazando esa idea de inferioridad devastadora a través de diversos mecanismos como la competitividad descarnada, el enjuiciamiento de sí mismo, la inflexibilidad personal e interpersonal y, desde luego, la envidia. 

  No es nada raro que las personas envidiosas tengan una idea grandiosa de sí mismas, llegando incluso a rebasar los límites de la empatía, la ética y la moralidad con el fin de mantener su frágil autoestima en puerto seguro o, al menos, conocido.


¿Qué hacer para lidiar cuando eres blanco de una persona envidiosa?


   O –peor aún-, ¿qué hacer si eres tú el envidioso? Son preguntas de mucho interés. Antes que nada debes estar plenamente consciente de algo y es que no hay manera alguna de evitar ser envidiado. Hagas lo que hagas jamás podrás detener que ese sentimiento invada a algunas personas a tu alrededor.

   En ocasiones seremos partícipes de envidias “blancas” que surgieron en un momento y no se volverán a repetir, por lo que podemos seguir adelante con nuestra vida sin apenas mella. Pero la mayoría de las veces la envidia se mostrará en su parte más oscura.

  Cuando esto ocurre –seas víctima o artífice-, es conveniente detectar el sentimiento apenas al aparecer y una de las mejores formas de hacerlo es observando si dicho comportamiento se repite. Esto nos permite darnos cuenta si hay que tomar una medida precautoria al respecto.


  Tal vez la más sana de esas medidas es mostrar indiferencia ante la persona envidiosa y su actitud, sin embargo en ocasiones nos veremos obligados a mandar un mensaje claro y fuerte en respuesta del tipo “más vale que detengas tu envidia o tendrás que pagar consecuencias”.

  Cualquier cosa que escojas debes de permanecer claro en algo: la envidia no se refiere a las carencias de la persona que es el blanco, sino que habla exclusivamente de las carencias del que envidia. 

  Lo cierto es que una persona envidiosa no es capaz de ver en el otro más que lo que hay en sí mismo. Así que la próxima vez que alguien te muestre envidia o tú sientas envidia, recuerda que eso solamente dice cosas de su personalidad, no de tu personalidad.


 Las 8 cualidades de las personas envidiosas

 Pues bien, aquí van las 8 cualidades más significativas que son comunes a las personas envidiosas:

1. Te estropea la ilusión. 


  Te acaba de ocurrir un acontecimiento estupendo, y la persona en cuestión en cuanto se lo trasmites ilusionado se dedica a quitarle importancia e incluso menospreciarlo, con frases como “¡ah! está bien” o “pufff, no es para tanto…”. 

 Esto sucede porque el acto de quitar importancia a eventos o cosas de nuestro alrededor hace que veamos nuestra realidad más gloriosa que la del amigo al que le acaba de tocar la lotería.


2. Te critica en público. 


 Uno de los rasgos más significativos de una persona que te tiene envidia es menospreciarte o realizar comentarios negativos de ti ante otras personas. No sabes a cuento de qué vienen, pero al recibirlos te sientes herido interiormente.

3. La celebración forzada. 


 Le cuentas la gran noticia a tu amigo y se pone extremadamente alegre, llegando a copiar todos tus gestos de alegría, expresiones... pero notas que su sonrisa es poco natural y forzada. 

 Te das cuenta en seguida que está fingiendo. ¿Por qué? para que su envidia pase inadvertida.


4. La ayuda fantasma.


  Tu amigo te dice que siempre va a estar a tu lado, tanto para lo bueno como para lo malo. Resulta que cuando más le necesitas para lograr “eso” que te va a hacer sentir feliz, él desaparece con excusas. 

 Te preguntas “entonces, ¿por qué me dijo que iba a ayudar en lo que yo necesitase?”.  Aunque te lo haya prometido, puede que no te ayude. La envidia es muy mala.


5. Te roba el mérito. 


  Todo un clásico en estos puntos. Suponiendo que sí te ayuda, ante el resto de tus amigos suelta un “sin mí no lo habrías conseguido”.

6. Te desanima constantemente. 


 Una amistad sana goza de empatía, apoyo y cuidado mutuo. Pues bien, en este punto la persona envidiosa tiene cada día algún “pero” o alguna frase que te quita las ganas de “todo”.



7. De repente desaparece de tu vida.


  Todo te está yendo genial en todos los sentidos, y de repente tu amigo desaparece de la faz de la tierra sin avisar. Comienzas a verlo mucho menos, aportando excusas con tal de no veros.

  Resulta que tu felicidad actual es un recordatorio de que su vida está inmersa en muchas frustraciones que prefiere no atreverse a trabajar y sacar adelante, decidiendo alejarse.


 8. Critica a otros. 


 Cuando tu amigo critica delante de ti a otras personas con las que tiene relación, seguramente también hable mal de ti. Pregúntate entonces: “¿Por qué tendría que ser yo una excepción?” y actúa al respecto.


Fuente: Vicente Herrera-Gayosso para Psicode y La vida es maravillosa
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