La diferencia entre querer y amar según el Principito

Querer y amar son ambos sentimientos maravillosos pero, sin duda, distintos. ¿Cuál es la diferencia? Nos la enseña El Principito, partiendo de la idea de que todos (o casi todos) tenemos un propósito firme e intangible en nuestra vida: amar a alguien con todas nuestras fuerzas.





  Gracias a la tremenda confusión que ha nacido a partir de la aparición de las redes sociales y los avances tecnológicos que parecen facilitarnos la vida cada vez más, nuestros sentimientos se han convertido en una especie de masa homogénea difícil de asimilar por completo.  
 
  Sin embargo, por diversas razones, acabamos confundiendo el querer con el amar y viceversa. Como consecuencia de esta confusión llenamos nuestra mochila emocional de falsos “te quiero” y de “te amo” vacíos.


  La razón por la que éste sería un escenario posible es simple: la confusión sentimental a la que estamos sometidos nos ha llevado a creer que estos dos conceptos no sólo van de la mano, sino que son sinónimos. 

 De esta manera, conforme vamos conociendo más personas, nuestro historial de palabras de afecto se va llenando de quereres y amores sin sentido cuya carga lingüística va disminuyendo hasta convertirse en algo tan común como decir "hola".


La sabiduría emocional que encierran los diálogos en El Principito


  Una maravillosa recreación literaria basada en El Principito de Saint-Exupéry nos brinda una poderosa enseñanza sobre esta cuestión. 

  Leamos con atención este pasaje con el objetivo de aportar luz sobre esta poderosa realidad emocional que nos afecta a casi todos en un momento u otro de nuestra vida.


“—Te amo —le dijo el Principito.
—Yo también te quiero —respondió la rosa.
—Pero no es lo mismo —respondió él, y luego continuó— Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes.“

   Querer es esperar, es apegarse a las cosas y a las personas desde nuestras necesidades. Entonces, cuando no tenemos reciprocidad hay sufrimiento. Cuando el “bien” querido no nos corresponde, nos sentimos frustrados y decepcionados.


   Si quiero a alguien, tengo expectativas, espero algo. Si la otra persona no me da lo que espero, sufro. El problema es que hay una mayor probabilidad de que la otra persona tenga otras motivaciones, pues todos somos muy diferentes. Cada ser humano es un universo.

   Esta misma reflexión la encontramos en el budismo, que nos dice que cuando queremos una flor la arrancamos para llevarla con nosotros; en cambio, cuando en realidad sentimos amor por aquella planta, lo que haremos será regarla constantemente con el fin de hacer que su vida sea duradera y llena de comodidades. 

  Asimismo, se asocia a la idea, también oriental, de que cuando uno quiere o desea algo lo único que está haciendo es entregarse al sufrimiento que provoca el no poder obtener lo que está buscado. 


   Querer a alguien inevitablemente implica esperar que esa persona nos devuelva el gesto con la misma intensidad que nosotros, cosa que en muchas ocasiones es imposible; a veces lo que queremos está muy lejos de nuestro alcance.

 Pues simplemente lo que ella quiere no se encuentra dentro de nosotros y como consecuencia de ello, el sufrimiento invadirá cada rincón de nuestro cuerpo que, entregado aún a la confusión de conceptos, dirá que todo el dolor que siente por dentro se debe a un amor no correspondido y no a un deseo que nunca podrá concretarse.

   El amor, según lo percibe el Principito, se trata de entregarlo todo sin esperar nada a cambio. Cuando actuamos con amor, lo único que esperamos es que el sujeto de nuestro amor viva con plenitud, no importa si nos corresponde o no; nuestra única recompensa será su felicidad. 


  Por consiguiente, cuando nos damos cuenta de que su sonrisa es sincera y llena de vida, la felicidad que transmite ese gesto en combinación con nuestro amor, nos lleva a sentirnos contentos lejos de todo deseo difícil de alcanzar. 

  Además es darse cuenta de que entre todas las personas que existen en el mundo, no hay nadie cuyo bienestar te preocupe tanto como el de aquella a quien amas en particular.


   Lo ideal sería llegar a comprender estos dos conceptos y aprender a diferenciarlos para no cometer errores en el futuro, mismos que podrían conducirnos a sufrir en lugar de disfrutar de cada momento ─bueno o malo─ en nuestras vidas; después de todo, como dice el personaje de Saint-Exupéry: no basta con entenderlo «es mejor vivirlo».



Fuente: Raquel Aldana para La mente es maravillosa
El Club de los Libros Perdidos. Con la tecnología de Blogger.