Cuando le pase algo a tu hijo, no le digas “no pasa nada”

Cuando se caen, cuando se frustran, cuando se enfadan… no pasa nada. Cuando se lastiman, cuando lloran, cuando tienen miedo… no pasa nada. Cuando pierden, cuando desconfían, cada vez que sufren… no pasa nada.



   Lo confieso: a mí también se me escapa de vez en cuando un “no pasa nada”. Y, rizando el juego de palabras, no pasaría nada por usar esa frase si no fuera porque sí pasa algo.
 
  No estamos capacitados, socialmente, para soportar el sufrimiento. Todos tenemos, en mayor o menor medida, intolerancia al dolor ajeno. Tenemos esa tendencia a minimizar el problema en todos los ámbitos de nuestra vida.


   Con el vecino al que acaban de despedir del trabajo: “Bueno, no pasa nada, tienes dos años de paro, ya encontrarás algo”. Con la compañera de trabajo que acaba de sufrir un aborto: “Bueno, mujer, no pasa nada, ya verás cómo pronto te quedas embarazada otra vez”.

   Y con nuestros hijos… ¿hay algún sufrimiento más difícil de tolerar que el de nuestros hijos? Si los vemos caerse, cerramos los ojos, y nos duele a nosotros antes de que ellos terminen de darse el golpe.

   Pues si metemos en la coctelera nuestra incapacidad para acompañar el dolor, el amor inmenso hacia nuestros hijos y, dicho sea de paso, que también estamos entrenados para esconder las propias emociones, tenemos el coctel completo del “no pasa nada”.



¿Qué les pasa a los niños cuando “no pasa nada”?


   Pero, ¿qué pasa por esas cabecitas pequeñas cuando les decimos que no pasa nada? ¿Dónde quedan sus emociones? Sus emociones están siendo negadas, y en cierto modo, menospreciadas. Les estamos diciendo que lo que sienten en ese momento no tiene importancia, es más, ni siquiera existe porque “no pasa nada”.

   Pero sí pasa, mamá: se ha caído y se ha magullado la rodilla; claro que ha pasado algo. Pero sí pasa, papá: la luz de la habitación está apagada y le da miedo entrar sin ver dónde pisa. Siempre pasa algo.

   Y, ¿qué aprenden los niños que escuchan una y otra vez esta frase u otras similares? Pues que lo que sienten no importa, porque están tristes, asustadas, enfadados o confusas… pero mamá o papá dicen que no pasa nada, que eso es mejor no exteriorizarlo.



   Aprenden que no deben expresar sus emociones porque resultan incómodas para los demás. Aprenden a desoír las emociones propias y ajenas. Y así es como acabamos convirtiéndonos en adultos que repiten de manera autómata que no pasa nada, cuando en el fondo sabemos que sí pasa.

  Y es que esa negación continua de sus emociones acaba levantando un muro comunicativo entre nuestros hijos y nosotros. ¿Qué nos pasa cuando le contamos un problema o una preocupación a un amigo y sentimos que no nos comprende o que piensa que no tiene importancia? 

  Que terminamos por dejar de confiar nuestros problemas a esa persona. Sentir que nuestras emociones son válidas e importantes para alguien es la base para construir una relación de confianza con esa persona.


Que sí pase algo


  ¿Y qué podemos hacer, como padres y madres, como adultos, para acompañar a los niños y niñas sin recurrir continuamente a esta frase?

  Dejar de negar las emociones y empezar a aceptarlas y ponerles nombre. Hablar con nuestros hijos habitualmente de cómo nos sentimos y cómo se sienten. 

 Verbalizar lo que ha ocurrido en lugar de negarlo: “Vaya, se ha roto tu juguete… parece que estás triste”; “¿Qué te pasa? ¿Te has hecho daño?”; “¿Te han pegado? Ya veo que eso te enfada mucho…”.

   Cuando no estamos acostumbrados a hacerlo y comenzamos a utilizar estas frases resulta casi mágico el poder que tienen sobre nuestros hijos. 

 El llanto cesa, a veces, casi de inmediato, porque ven que conectamos con ellos. “Ya no tengo que seguir mostrándote mi dolor, me has entendido”, parece que pensaran.



   Aprender a validar las emociones supone un trabajo difícil para la mayoría de nosotros, que fuimos criados en un sistema en el que llorar era cosa de bebés. Reprogramarnos para acompañar a nuestros hijos en sus vidas, en las que continuamente están pasando cosas. 

 Porque si nunca pasara nada, la vida sería muy aburrida. Y porque nuestros hijos crecerán, además, sintiendo que el mundo es un lugar más amable si pueden confiar en nosotros para expresar cómo se sienten.


  Crear esta relación de confianza con ellos no sólo hará que se sientan escuchados y comprendidos ahora, sino que sentará las bases de una comunicación fluida que crecerá con el tiempo y nos será muy útil cuando se acerquen a la adolescencia y sus asuntos sean cada vez más privados.

  Es inevitable (y hasta sano) que los adolescentes tengan sus secretos, pero si cuando eran pequeños sintieron que no nos importaban sus problemas y que nunca les dimos la posibilidad de sentirse comprendidos, después será tremendamente difícil que se abran con nosotros y compartan sus inquietudes en esa etapa tan difícil y maravillosa al mismo tiempo.



Fuente: Silvia Guijarro para Cría con sentido común

1 comentario:

  1. Súper interesante el articulo, soy una mamá que digo bastante la palabra con mi hijo de tan solo 2años con 8meses; tendré que aplicarlo

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