¡No insista, no somos todos iguales!

¿Se imaginan qué aburrido sería todo si todos fuéramos iguales? El problema es que para muchos es más fácil creer una mentira, que aprender a respetar las diferencias.

 Fuente: Por: Daniel Pilo G. (@plinioelviejo) para Isnpirulina


   ¿Acaso es lo mismo el policía honesto que arriesga su vida por los demás que el político corrupto? ¿O el maestro que ama enseñar que el delincuente que mata a sus víctimas? Pero sin ir a tales extremos, ¿son lo mismo los hombres que las mujeres? ¿os ancianos que los niños? No, no todos somos iguales, y eso es lo que hace al mundo interesante, saber apreciarlo es lo que nos hace mejores. Y para tratar este tema, compartimos con ustedes este interesante artículo de Daniel Pilo.


 

Desde que somos niños tratan de inculcarnos que todos somos iguales… 


  ...a pesar de las obvias diferencias. Vemos a nuestro alrededor y vemos las niñas, peinaditas y arregladas; vemos a los compañeros deportistas, más altos y fornidos que nosotros; vemos a los peores de la clase, que no le están prestando atención a lo que dice la maestra porque están tirando papeles. 

 Pero la maestra insiste en que todos somos iguales...


   Más tarde, ya jóvenes adultos, las diferencias son más patentes. Las compañeritas han desarrollado curvas muy sugerentes; otros son galanes, bailan bien, tocan la guitarra y se llevan a las ya mencionadas compañeritas; unos abandonan los estudios y se convierten en comerciantes y siempre tienen un negocio que los hace ganar mucho dinero y también están los que fracasan en todo, en los estudios, en los negocios y en la vida ¿Cómo es que vamos a ser todos iguales?

  Probablemente los tan lamentablemente frecuentes episodios de discriminación racial, han hecho que se nos trate de imponer esta historia de la igualdad (aunque debo decir que no es así en todas partes). 

 El problema es que realmente no somos iguales, lo que sí tenemos son los mismos derechos, pero definitivamente, iguales no somos.



  ¡Y menos mal que existe la diferencia! 

 Ayer disfrutaba de un concierto televisado y miraba como, con exquisita destreza, una violoncelista deslizaba los dedos por las cuerdas para pisarlas en la posición exacta para que la nota que deseaba el compositor sonase en el momento preciso. No cualquiera puede hacer eso, es más, pocas personas en el mundo pueden hacerlo bien.

  En el mundo moderno se han acentuado las diferencias que seguramente existían desde la evolución del hombre. 


  Diez mil años atrás había pocas alternativas: si eras hombre seguramente tendrías que ser cazador, si eras mujer, recolectora de granos o a lo mejor solamente cuidadora de niños. 

 Y sin embargo, habría alguno que era más hábil dirigiendo el grupo de caza, otro que era más rápido corriendo, otro que era capaz de cargar más peso y uno más hábil haciendo puntas de flecha.

   Al aparecer las primeras ciudades hubo nuevas especializaciones: constructores, carpinteros, curtidores, magos, curanderos y sacerdotes. Cualquiera podía ser carpintero, pero había uno cuyas mesas quedaban perfectas y planas y otros a los que les quedaban torcidas y feas. Los primeros tenían éxito y los segundos fracasaban y tenían que cambiar de profesión.


  El pueblo que mejor aprovechaba sus habilidades, generalmente era más exitoso que aquel en que todo se hacía desordenadamente. Por supuesto que, como en todo, hay excepciones, pero también hay ejemplos notables. 

  En la España del Renacimiento, los empleos honorables eran la Guerra y la Iglesia. La Guerra le trajo la conquista de América y sus riquezas, pero casi todo el oro que llegaba de América terminaba en mano de los comerciantes y talleres de Francia, Inglaterra, Italia, Alemania y Holanda, porque los españoles importaban todo lo que necesitaban, pues no era “honorable” ser comerciante, herrero, talabartero, joyero, etc. Al final, esos países prevalecieron y España cayó a potencia de tercer orden.

  En la búsqueda de la perfección, cada vez nos especializamos más. Ya no se es simplemente médico, se es cirujano plásticos de las manos; no se es simplemente ingeniero, sino ingeniero eléctrico de potencia o físico teórico, especialistas en teoría de cuerdas. 

   Y sin embargo, hoy hay lugares donde predominan los “toderos”. Lo importante no es que seas especialista en tu trabajo, sino que seas amigo o compañero de partido o que hayas estudiado con el que está conectado. 

  Lugares donde la orquesta está constituida por un violinista que no sabe tocar el violín, pero está ahí porque es fiel a “la causa”; el que toca el clarinete nunca había visto ese instrumento antes en su vida, pero es muy amigo, del amigo del que conoce al que dirige la orquesta; el del trombón estuvo en una escuela de música, pero lo echaron porque nunca iba a clases, pero él le dijo a todo el mundo que la culpa era de que le tenían rabia.


  Para agravar la cosa, cuando se cansan de que el violinista se equivoque en todas los conciertos, lo cambian ¡y lo ponen a tocar la flauta! Del director de la orquesta, no tengo que decir mucho, ya todos ustedes. conocen lo que sabe de música. 

  Por supuesto, al final, la música no suena bien, es más, ni siquiera es música, pero la culpa es ¡del Imperio!




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