EL OTRO OCTUBRE PERONISTA: EL GENOCIDIO DE PERÓN QUE QUISO BORRAR DE LA HISTORIA

Corresponde empezar por la conclusión: El gobierno más popular de la historia de los argentinos es responsable de genocidio, y “en estado agravado”, si cabe decirlo así, porque es también responsable de su criminal ocultamiento y, obviamente, portador de un inexistente e imposible arrepentimiento.


En el paraje La Bomba, en la provincia de Formosa, Perón perpetró en 1947, durante su primera presidencia, una de las masacres más sangrientas del siglo XX contra el pueblo pialagá. 



   La documentalista Valeria Mapelman recopiló las memorias de los sobrevivientes y las plasmó en el documental Octubre pilagá, relatos y los archivos de la masacre. Aquí les presentamos una reseña del libro y los crueles hechos de la masacre.

  Octubre pilagá, memorias y archivos de la masacre de La Bomba, recorre los antecedentes históricos, el desarrollo y las consecuencias de la masacre de La Bomba. Allí se recopila las memorias de los sobrevivientes y testigos de la masacre que el peronismo quiso ocultar de la historia.
 
  “Tengo 97 años y no olvido. Yo no olvido esta causa. ¿Por qué? Porque ahí está la sangre, ahí están los huesos, ahí en la tierra”. Con voz pausada pero tajante, comenzó a exponer su experiencia Ni´daciye (Solano Caballero según el documento), sobreviviente de la Masacre de Rincón Bomba. 

  Lo valioso de su trabajo reside en que la historia es contada por ellos mismos, un pueblo al que nadie escuchó, y que el poder político y económico por parte de Perón, se intentó silenciar.

  “No hay quien recuerde tanto y tan bien como un pueblo que no tiene lápices ni papeles”; el rico y complejo ejercicio de la memoria de este pueblo se expresa en las horas de testimonios en su lengua originaria, traducido para reconstruir el rompecabezas de la historia.
 

   El 10 de octubre de 1947, en pleno gobierno del militar Juan Domingo Perón, cientos de indígenas pilagá fueron asesinados en Ayo La Bomba, un paraje cercano a Las Lomitas, Formosa y luego fueron perseguidos por cielo y tierra durante casi un mes, torturados (las mujeres abusadas), fusilados y enterrados en fosas comunes. 
Un verdadero genocidio orquestado por órdenes de Perón.


“Este es mi dolor. No es chiquito. Es grande, está arriba este dolor para mí. Pero estoy contento de llegar acá, a ustedes. Pero la justicia tiene que ser grande, porque pasaron muchos años”, dijo Solano Caballero.

La masacre

   En octubre de 1947 cientos de personas llegaban de todas partes a ver a Tonkiet –un sanador que curaba todas las dolencias y enfermedades– y La Bomba se convirtió en un lugar de afirmación y resistencia política y religiosa.
 
  Para esa época el pueblo de Las Lomitas ostentaba una población nacida del Ejército implantado en la conquista, muy emparentado con la Gendarmería. Según la memoria de los ancianos, los gendarmes “no comprendían” qué hacía tanta gente reunida y querían “hacerlos trabajar”.

  Con la presencia de Abel Cáceres, administrador de una de las colonias aborígenes, intentaron en vano trasladarlos. La multitudinaria manifestación y la negativa a abandonar el territorio para someterse a las colonias indígenas no fue tolerada por el el gobierno de Perón, que puso en marcha un poderío militar enorme contra los pilagá: la tarde del 10 de octubre los primeros fusilamientos darían comienzo a una sangrienta represión que duró varias semanas.

  Se formaron grupos que huyeron en distintas direcciones. Ataques y capturas simultáneas ocurrían en distintos puntos del territorio y fueron perseguidos por el monte en un éxodo que duró semanas.

   La persecución se reforzó con un avión Junker enviado desde Buenos Aires al que le habían retirado una puerta lateral para fijar una ametralladora. Una amalgama de muertes por fusilamiento, heridos que agonizaron por falta de atención, niños y ancianos que murieron de hambre y sed, sumados a un monte enorme e inabarcable que archivó la identidad de los muertos, impide medir en número de muertos el alcance de la masacre.

  Los que sobrevivieron fueron capturados y llevados como prisioneros a colonias aborígenes, donde las mujeres fueron violadas y todos fueron sometidos a diferentes tipos de torturas. 

 El final en las colonias no fue solo a modo de castigo sino que se los anotó como peones que debían pagar con disciplina y trabajo el privilegio de estar vivos. La participación de Abel Cáceres antes, durante y luego de la masacre como administrador del cautiverio, demuestra la activa participación estatal del gobierno peronista en la represión.  

  Al día siguiente, mientras en Buenos Aires Natalio Faverio, director de Gendarmería Nacional, firmaba un documento confidencial y secreto para respaldar el despliegue de tropas ocurrido un día antes, comenzó la eliminación de pruebas y la destrucción de la evidencia para intentar borrar esta negra historia del peronismo.

 Mientras la persecución por el monte continuaba, la Gendarmería prendió fuego el lugar de la masacre y limpió con topadoras las montañas de cenizas.


Sí, la historia la escriben los que ganan


  Octubre pilagá… es un importante aporte sobre una de las masacres más grandes y desconocidas del siglo XX, donde Juan Domingo Perón tuvo una responsabilidad ineludible tanto en la represión, en el confinamiento de las víctimas, como en el silenciamiento del hecho.

  El trabajo con la memoria y la historia oral que realiza la autora demuestra el compromiso de la misma con las comunidades originarias, cumpliendo un rol activo en la disputa por la legitimación de ese pasado para sacar del olvido esta masacre que no puede verse aislada de un proceso genocida.


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