Los 10 mejores poemas de Octavio Paz

Octavio Paz Lozano fue un destacado escritor y diplomático nacido durante la Revolución mexicana en Ciudad de México el 31 de marzo de 1914, y fallecido en la misma ciudad el 19 de abril de 1998. 



  Su obra, influenciada desde temprano por poetas europeos de la talla de Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, comprende tanto denuncias de carácter social como análisis de naturaleza existencial.  
 Nació el 31 de marzo de 1914 en Mixcoac (Distrito Federal de México). Era nieto del escritor Irineo Paz, y la biblioteca de su abuelo, fue la primera en mostrarle las obras culturales más representativas.  

 Su estilo se ha transformado a lo largo de los años, producto de la apertura mental e ideológica del escritor, que nunca dudó en experimentar y adaptarse a las nuevas tendencias.

1. Antes del comienzo


  Ruidos confusos, claridad incierta
Otro día comienza.

  Es un cuarto en penumbra
y dos cuerpos tendidos.

  En mi frente me pierdo
por un llano sin nadie.

  Ya las horas afilan sus navajas.
  Pero a mi lado tú respiras;
entrañable y remota
fluyes y no te mueves.

 
  Inaccesible si te pienso,
con los ojos te palpo,
te miro con las manos.

  Los sueños nos separan
y la sangre nos junta:
somos un río de latidos.

  Bajo tus párpados madura
la semilla del sol.
  El mundo
no es real todavía,
el tiempo duda:
sólo es cierto
el calor de tu piel.

  En tu respiración escucho
la marea del ser,
la sílaba olvidada del Comienzo.


2. Óyeme como quien oye llover


  Óyeme como quien oye llover,
ni atenta ni distraída,
pasos leves, llovizna,
agua que es aire,
aire que es tiempo,
el día no acaba de irse,
la noche no llega todavía,
figuraciones de la niebla
al doblar la esquina,
figuraciones del tiempo
en el recodo de esta pausa,
óyeme como quien oye llover.

  Sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia adentro,
dormida con los cinco sentidos despiertos,
llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
aire y agua, palabras que no pesan:
lo que fuimos y somos,
los días y los años, este instante,
tiempo sin peso, pesadumbre enorme,
óyeme como quien oye llover,
relumbra el asfalto húmedo,
el vaho se levanta y camina,
la noche se abre y me mira,
eres tú y tu talle de vaho,
tú y tu cara de noche,
tú y tu pelo, lento relámpago,
cruzas la calle y entras en mi frente,
pasos de agua sobre mis párpados,
óyeme como quien oye llover,
el asfalto relumbra, tú cruzas la calle,
es la niebla errante en la noche,
como quien oye llover.

  Es la noche dormida en tu cama,
es el oleaje de tu respiración,
tus dedos de agua mojan mi frente,
tus dedos de llama queman mis ojos,
tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,
manar de apariciones y resurrecciones,
óyeme como quien oye llover,
pasan los años, regresan los instantes,
¿oyes tus pasos en el cuarto vecino?
no aquí ni allá: los oyes
en otro tiempo que es ahora mismo,
oye los pasos del tiempo
inventor de lugares sin peso ni sitio,
oye la lluvia correr por la terraza,
la noche ya es más noche en la arboleda,
en los follajes ha anidado el rayo,
vago jardín a la deriva
entra, tu sombra cubre esta página.


3. Repeticiones

  El corazón y su redoble iracundo 
el obscuro caballo de la sangre 
caballo ciego caballo desbocado 
el carrousel nocturno la noria del terror 
el grito contra el muro y la centella rota. 

 Camino andado 
camino desandado.

  El cuerpo a cuerpo con un pensamiento afilado 
la pena que interrogo cada día y no responde 
la pena que no se aparta y cada noche me despierta 
la pena sin tamaño y sin nombre 
el alfiler y el párpado traspasado 
el párpado del día mal vivido 
la hora manchada la ternura escupida 
la risa loca y la puta mentira 
la soledad y el mundo.

 Camino andado. 


 El coso de la sangre y la pica y la rechifla 
el sol sobre la herida 
sobre las aguas muertas el astro hirsuto 
la rabia y su acidez recomida 
el pensamiento que se oxida 
y la escritura gangrenada 
el alba desvivida y el día amordazado 
la noche cavilada y su hueso roído 
el horror siempre nuevo y siempre repetido.

  Camino andado 
camino desandado.

  El vaso de agua la pastilla la lengua de estaño 
el hormiguero en pleno sueño 
cascada negra de la sangre 
cascada pétrea de la noche 
el peso bruto de la nada 
zumbido de motores en la ciudad inmensa 
lejos cerca lejos en el suburbio de mi oreja 
aparición del ojo y el muro que gesticula 
aparición del metro cojo 
el puente roto y el ahogado.

  Camino andado 
camino desandado.

  El pensamiento circular y el circulo de familia 
¿qué hice qué hiciste qué hemos hecho? 
el laberinto de la culpa sin culpa 
el espejo que acusa y el silencio que se gangrena 
el día estéril la noche estéril el dolor estéril 
la soledad promiscua el mundo despoblado 
la sala de espera en donde ya no hay nadie.

  Camino andado y desandado 
la vida se ha ido sin volver el rostro.


  4. Entre Irse y Quedarse


  Entre irse y quedarse duda el día,
enamorado de su transparencia.

  La tarde circular es ya bahía:
en su quieto vaivén se mece el mundo.

  Todo es visible y todo es elusivo,
todo está cerca y todo es intocable.

  Los papeles, el libro, el vaso, el lápiz
reposan a la sombra de sus nombres.

  Latir del tiempo que en mi sien repite
la misma terca sílaba de sangre.

  La luz hace del muro indiferente
un espectral teatro de reflejos.

  En el centro de un ojo me descubro;
no me mira, me miro en su mirada.

  Se disipa el instante. Sin moverme,
yo me quedo y me voy: soy una pausa.

5. El Sediento


  Por buscarme, Poesía, en ti me busqué:
deshecha estrella de agua,
se anegó en mi ser.
Por buscarte, Poesía,
en mí naufragué.

  Después sólo te buscaba
por huir de mí:
¡espesura de reflejos
en que me perdí!

  Mas luego de tanta vuelta
otra vez me vi:
el mismo rostro anegado
en la misma desnudez;
las mismas aguas de espejo
en las que no he de beber;
y en el borde del espejo,
el mismo muerto de sed.


6. Sonetos


1

  Inmóvil en la luz, pero danzante,
tu movimiento a la quietud que cría
en la cima del vértigo se alía
deteniendo, no al vuelo, sí al instante.

  Luz que no se derrama, ya diamante,
fija en la rotación del mediodía,
sol que no se consume ni se enfría
de cenizas y llama equidistante.

  Tu salto es un segundo congelado
que ni apresura el tiempo ni lo mata:
preso en su movimiento ensimismado

 tu cuerpo de sí mismo se desata
y cae y se dispersa tu blancura
y vuelves a ser agua y tierra obscura.


2

  El mar, el mar y tú, plural espejo,
el mar de torso perezoso y lento
nadando por el mar, del mar sediento:
el mar que muere y nace en un reflejo.

  El mar y tú, su mar, el mar espejo:
roca que escala el mar con paso lento,
pilar de sal que abate el mar sediento,
sed y vaivén y apenas un reflejo.

  De la suma de instantes en que creces,
del círculo de imágenes del año,
retengo un mes de espumas y de peces,

 y bajo cielos líquidos de estaño
tu cuerpo que en la luz abre bahías
al oscuro oleaje de los días.


3

  Del verdecido júbilo del cielo
luces recobras que la luna pierde
porque la luz de sí misma recuerde
relámpagos y otoños en tu pelo.

  El viento bebe viento en su revuelo,
mueve las hojas y su lluvia verde
moja tus hombros, tus espaldas muerde
y te desnuda y quema y vuelve hielo.

  Dos barcos de velamen desplegado
tus dos pechos. Tu espalda es un torrente.
Tu vientre es un jardín petrificado.

  Es otoño en tu nuca: sol y bruma.
Bajo del verde cielo adolescente.
tu cuerpo da su enamorada suma.

7. Bajo tu Clara Sombra 


  Un cuerpo, un cuerpo solo, un sólo cuerpo 
un cuerpo como día derramado 
y noche devorada; 
la luz de unos cabellos 
que no apaciguan nunca 
la sombra de mi tacto; 
una garganta, un vientre que amanece 
como el mar que se enciende 
cuando toca la frente de la aurora; 
unos tobillos, puentes del verano; 
unos muslos nocturnos que se hunden 
en la música verde de la tarde; 
un pecho que se alza 
y arrasa las espumas; 
un cuello, sólo un cuello, 
unas manos tan sólo, 
unas palabras lentas que descienden 
como arena caída en otra arena...

  Esto que se me escapa, 
agua y delicia obscura, 
mar naciendo o muriendo; 
estos labios y dientes, 
estos ojos hambrientos, 
me desnudan de mí 
y su furiosa gracia me levanta 
hasta los quietos cielos 
donde vibra el instante; 
la cima de los besos, 
la plenitud del mundo y de sus formas. 


8. Noche de verano


  Pulsas, palpas el cuerpo de la noche,
verano que te bañas en los ríos,
soplo en el que se ahogan las estrellas,
aliento de una boca,
de unos labios de tierra.

  Tierra de labios, boca
donde un infierno agónico jadea,
labios en donde el cielo llueve
y el agua canta y nacen paraísos.

  Se incendia el árbol de la noche
y sus astillas son estrellas,
son pupilas, son pájaros.
  Fluyen ríos sonámbulos.
Lenguas de sal incandescente
contra una playa oscura.

  Todo respira, vive, fluye:
la luz en su temblor,
el ojo en el espacio,
el corazón en su latido,
la noche en su infinito.

  Un nacimiento oscuro, sin orillas,
nace en la noche de verano,
en tu pupila nace todo el cielo.

9. Olvido


  Cierra los ojos y a oscuras piérdete
bajo el follaje rojo de tus párpados.
  Húndete en esas espirales
del sonido que zumba y cae
y suena allí, remoto,
hacia el sitio del tímpano,
como una catarata ensordecida.

  Hunde tu ser a oscuras,
anégate la piel,
y más, en tus entrañas;
que te deslumbre y ciegue
el hueso, lívida centella,
y entre simas y golfos de tiniebla
abra su azul penacho al fuego fatuo.

  En esa sombra líquida del sueño
moja tu desnudez;
abandona tu forma, espuma
que no sabe quien dejó en la orilla;
piérdete en ti, infinita,
en tu infinito ser,
ser que se pierde en otro mar:
olvídate y olvídame.

  En ese olvido sin edad ni fondo,
labios, besos, amor, todo renace:
las estrellas son hijas de la noche.


10. Cuerpo a la vista


  Y las sombras se abrieron otra vez 
y mostraron su cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina 
de tus dientes caníbales, 
prisioneros en llamas,
tu piel de pan apenas dorado 
y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la una que asciende 
a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
playa sin fin de tu costado.

  Tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minutos después 
son los ojos húmedos del perro.
Siempre hay abejas en tu pelo.
Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como las espalda del río a la luz del incendio.

  Aguas dormidas golpean día y noche 
tu cintura de arcilla
y en tus costas, 
inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca 
y un largo quejido cubre con sus dos alas grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.

  Las uñas de los dedos de tus pies 
están hechas del cristal del verano.
  
 Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, 
negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca de horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, 
de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección 
y el día de la vida perdurable)

  Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.  


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