5 POEMAS CORTOS DE GABRIELA MISTRAL

La poetisa chilena nació en 1889 y su nombre real fue Lucila Godoy Alcayaga, adoptó su seudónimo inspirada en la obra de Gabriel D'Annunzio y Fréderic Mistral. 
En 1922 fue publicada su primera obra y alcanzó el Premio Nobel de Literatura en 1945 como un justo reconocimiento no sólo a su producción poética, sino también a sus producciones literarias y su constante esfuerzo por la difusión de la cultura y la lucha de los derechos humanos.

 


Apegado a mí


  Velloncito de mi carne
que en mis entrañas tejí,
velloncito tembloroso,
¡duérmete apegado a mí!

  La perdiz duerme en el trigo
escuchándola latir.
  No te turbes por aliento,
¡duérmete apegado a mí!

  Yo que todo lo he perdido
ahora tiemblo hasta al dormir.
  No resbales de mi pecho,
¡duérmete apegado a mí!

 

Balada


  El pasó con otra;
yo le vi pasar.
  Siempre dulce el viento
y el camino en paz.
  ¡Y estos ojos míseros
le vieron pasar!

  Él va amando a otra
por la tierra en flor.
  Ha abierto el espino;
pasa una canción.
  ¡Y él va amando a otra
por la tierra en flor!

  El besó a la otra
a orillas del mar;
resbaló en las olas
la luna de azahar.
  ¡Y no untó mi sangre
la extensión del mar!
  El irá con otra
por la eternidad.
  Habrá cielos dulces.
  (Dios quiere callar.)
  Y el irá con otra
por la eternidad!


Dame la mano y danzaremos


  Dame la mano y danzaremos,
dame la mano y me amarás.
  Como una sola flor seremos,
como una flor, y nada más. . .

  El mismo verso cantaremos,
al mismo paso bailarás.
  Como una espiga ondularemos,
como una espiga, y nada más.

  Te llamas Rosa y yo Esperanza,
pero tu nombre olvidarás,
porque seremos una danza
en la colina y nada más...


Desvelada

  
  Como soy reina y fui mendiga, ahora
vivo en puro temblor de que me dejes,
y te pregunto, pálida, a cada hora:
  «¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!»

  Quisiera hacer las marchas sonriendo
y confiando ahora que has venido;
pero hasta en el dormir estoy temiendo
y pregunto entre sueños: «¿No te has ido?»


El amor que calla

  Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres tan oscuro!

  Tú lo quisieras vuelto un alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.

  Estoy lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que entrar en la muerte!


No hay comentarios

El Club de los Libros Perdidos. Con la tecnología de Blogger.