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miércoles, 15 de marzo de 2017

LOS DERECHOS DEL LECTOR

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Los derechos del lector fueron escritos por Daniel Pennac, quien -en su libro Como una novela– recriminó a los adultos que buscan iniciar a los jóvenes en la lectura que les negaran los derechos que precisamente les harían amar la literatura.


Fuentes: Educalengua y El rincón de la lengua


  "El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal. Vive en grupo porque es gregario, pero lee porque se sabe solo."— Daniel Pennac
“Es más importante entusiasmar al alumno para que comience a leer por puro placer, que pasarse todo un curso machacándolo con lecturas obligatorias o tildándoles de buen o mal estudiante”



     Los derechos imprescindibles del lector son:

1. El derecho a no leer

     El derecho a no leer nos permite períodos de descanso, durante los cuales no tenemos ningún libro en nuestras manos, ya sea porque existen otras obligaciones, otros entretenimientos u otros intereses que ocupan nuestro tiempo, sin dejar por ello de seguir siendo lectores.


  2.- El derecho a saltarse páginas.


     El derecho a saltarse páginas nos brinda la libertad de leer, con una cierta rapidez, textos extensos cuyo contenido no es de nuestro interés en su totalidad y, aunque se tratara de una novela, nos permite seguir el hilo de la acción y obviar largas descripciones o reflexiones del autor, que irrumpen en medio de la trama.

3.-El derecho a no terminar un libro.

    El derecho a no terminar un libro se constituye en un alivio cuando nos resulta difícil aceptar que ese libro no nos atrapa lo suficiente como para terminarlo, y hasta sentimos algo de “culpa” por no llegar al final. Según Pennac, existiría una especie de química que no funciona entre la obra y nosotros lectores; en algunos casos, volvemos a ella después de transcurrido un tiempo o, tal vez, quede para siempre en el olvido en un estante de nuestra biblioteca.

4.- El derecho a releer.

    El derecho a releer desarrolla un buen hábito ya que no siempre podemos comprender un escrito a partir de una primera lectura. Con respecto a las obras literarias, más de una vez descubrimos nuevos mensajes después de la relectura de una novela o de un cuento, hecho que se acentúa con la poesía, cuya relectura no solo nos permite descifrar un significado sino que, muchas veces, nos deleita al volver a recorrer sus versos con la vista.


5.- El derecho a leer cualquier cosa.      

   El derecho a leer cualquier cosa hace que, más de una vez, empecemos por la lectura de “malas novelas” -especialmente durante la adolescencia- para acceder después, a las “buenas lecturas”. Según Pennac, “una de las grandes alegrías del pedagogo es -cuando está autorizada cualquier lectura- ver a un alumno cerrar solo la puerta de la fábrica best-seller para subir a respirar donde el amigo Balzac.”


6.- El derecho a leer lo que me gusta.

  Nuestras primeras emociones como lectores, nuestros recuerdos de lecturas adolescentes y esa siempre válida postura de lector ingenuo, nos harán disfrutar siempre de la lectura.


7.- El derecho a leer en cualquier parte.

  El derecho a leer en cualquier parte es aprobado y compartido tanto por ávidos lectores como por quienes se acercan muy de vez en cuando a la lectura. No importa dónde, lo importante es “leer”, hasta tal punto que, más de una vez, la concentración y abstracción del mundo real al que nos lleva la lectura, hace que olvidemos bajar de un autobús o de cumplir con la hora de alguna actividad planeada previamente.

8.- El derecho a “picotear”.

    El derecho a picotear está estrechamente relacionado con la falta de tiempo para leer en forma completa un libro, pero nos permite abrirlo en cualquier página y descubrir allí el comienzo de una posterior lectura o simplemente la posibilidad de trasladarnos por unos minutos, a otro mundo o lugar. Muchas veces volvemos a una lectura ya hecha en busca de un dato determinado o de una frase recordada a medias.


9.- El derecho a leer en voz alta.            

     El derecho a leer en voz alta permite dar vida al texto y compartirlo con el grupo. Pennac sostiene con certeza que “quien lee de viva voz […], si lee de verdad […], si su lectura es un acto de simpatía con el auditorio tanto como con el texto y su autor, si logra que se oiga la necesidad de escribir y despierta nuestra más oscura necesidad de comprender, entonces los libros se abren de par en par, y la muchedumbre de aquellos que se creían excluidos de la lectura se precipitan en ella tras él.”

10.- El derecho a guardar silencio.

    Finalmente, en el derecho a callarnos, aparece una vez más, el acto de leer como un momento de intimidad del que nadie debe dar explicaciones a nadie. “Nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y a nadie se le ha otorgado poder para reclamarnos cuentas sobre esta intimidad.”


     Estos 10 derechos se resumen en un solo deber : NO BURLARSE JAMÁS DE AQUELLOS QUE NO LEEN SI QUIERES QUE ELLOS UN DÍA LEAN.

     Los invitamos ahora a que reflexionen sobre estos derechos. ¿Qué opinión les merecen?, ¿les parecen interesantes?, ¿creen que su autor ha acertado o cambiarías alguno?

  Aquí también les compartimos el texto íntegro de los Derechos del lector de Daniel Pennac por si tienes curiosidad y deseas leerlos en su totalidad.


El derecho a no leer

  Como cualquier enumeración de derechos que se respete, la de los derechos a la lectura debería empezar por el derecho a no hacer uso de ellos —y en este caso con el derecho a no leer—, sin lo cual no se trataría de una lista de derechos sino de una trampa viciosa. Para comenzar, la mayoría de los lectores se conceden a diario el derecho a no leer. 

  Mal que le pese a nuestra reputación, entre un buen libro y una mala película de televisión, la segunda sale ganando con más frecuencia de lo que nos gustaría confesar. Y además nosotros no leemos de continuo. Nuestros períodos de lectura alternan a menudo con largas dietas durante las cuales basta la visión de un libro para despertar las miasmas de la indigestión.

  Pero lo más importante está en otra parte.

  Estamos rodeados de cantidad de personas del todo respetables, a veces graduadas en la universidad, incluso “eminentes” —de las cuales algunas hasta poseen excelentes bibliotecas—, pero que no leen, o leen tan poco que nunca se nos ocurriría la idea de ofrecerles un libro. No leen. Sea porque no sienten la necesidad, sea porque tienen muchas otras cosas que hacer (pero viene a ser lo mismo; es que esas otras cosas los colman o los obnubilan), sea porque alimentan otro amor y lo viven con una exclusividad absoluta. 

  En resumen, a esas personas no les gusta leer. Y no por eso dejan de ser muy frecuentables, incluso deliciosas de frecuentar. (Al menos no nos piden de continuo nuestra opinión sobre el último libro que leímos, nos ahorran sus reservas irónicas sobre nuestro novelista preferido y no nos consideran retardados por no habernos precipitado sobre la última de Fulano, que acaba de salir, editada por Mengano, y de la cual el crítico Zutano ha dicho lo  mejor.) Son tan “humanos” como nosotros, sensibles también a las desdichas del mundo, preocupados por los “derechos humanos” y comprometidos a respetarlos dentro de su  esfera de influencia personal, lo que ya es mucho —pero ahí está, no leen. 

   Allá ellos. La idea de que la lectura “humaniza al hombre” es justa en su conjunto, a pesar de que  existen algunas excepciones deprimentes. Se es sin duda un poco más “humano”, si entendemos por eso un poco más solidario con la especie (un poco menos “fiera”),  después de haber leído a Chejov que antes.  Pero cuidémonos de flanquear este teorema corolario según el cual todo individuo que no  lee debería ser considerado a priori como un bruto potencial o un cretino rehibitorio (sic).

  Si lo hacemos convertiremos la lectura en una obligación moral, y éste es el comienzo de
una escalada que nos llevará rápidamente a juzgar, por ejemplo la “moralidad” de los  libros mismos, en función de criterios que no tendrán ningún respeto por esa otra libertad  inalienable: la libertad de crear. A partir de ese momento la bestia seremos nosotros, por
más lectores que seamos. Y Dios sabe que bestias de esta especie no faltan en el mundo.

  En otras palabras, la libertad de escribir no podría acomodarse a la obligación de leer.

  El deber de educar, por su parte, consiste en el fondo en enseñar a leer a los niños, en
iniciarlos en la literatura, en darles los medios para juzgar si sienten o no la “necesidad de
los libros”. Puesto que si bien se puede admitir sin problema que un particular rechace la
lectura, es intolerable que sea —o que se crea— rechazado por ella.

El derecho a saltarse las páginas

   Leí La guerra y la paz por primera vez a los doce o trece años (más bien a los trece, estaba en quinto y bastante adelante). Desde el comienzo de las vacaciones, las largas, veía a mi  hermano (el mismo de Vinieron las lluvias) internarse en esta novela enorme, y su mirada se  volvía tan lejana como la del explorador que desde hace siglos ha perdido la preocupación por su tierra natal.

—¿Es tan estupenda?
— ¡Formidable!
—¿Qué es lo que cuenta?
—Es la historia de una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero.

  Mi hermano siempre ha tenido el don de resumir. Si los editores lo contrataran para
redactar sus textos de contraportada (esas patéticas exhortaciones a leer que se pegan al
dorso de los libros), nos ahorrarían bastante palabrería inútil.

—¿Me la prestas?
—Te la doy.

   Yo estaba interno, ése era un regalo inestimable. Dos gruesos volúmenes que me mantendrían entusiasmado durante todo el trimestre. Cinco años mayor que yo, mi hermano no era del todo idiota (y por lo demás tampoco se ha vuelto) y sabía a ciencia
cierta que La guerra y la paz no podía reducirse a una historia de amor, por bien elaborada
que fuera. 

 Sólo que conocía mi gusto por los incendios del sentimiento y sabía despertar mi curiosidad mediante la formulación enigmática de sus resúmenes. (Un “pedagogo, en  mi opinión.) Estoy convencido que fue el misterio aritmético de su frase el que me hizo cambiar temporalmente mis Bibliotheque verte, rouge et or y demás Signes de piste para  meterme en esta novela. “Una chica que ama a un tipo y se casa con un tercero”... no veo quién se hubiera podido resistir. De hecho no quedé decepcionado aunque se equivocó en  sus cuentas. En realidad éramos cuatro los que amábamos a Natacha: el príncipe Andrés,  ese granuja de Anatol (pero ¿se puede llamar a eso amor?), Pedro Bezujov y yo. Como yo  no tenía la menor posibilidad, me resultó forzoso identificarme con los otros. (Pero no con  Anatol, ¡un verdadero cabrón el tipo ése!)

  Lectura tanto más deliciosa en la medida en que se efectuaba durante la noche, a la luz de  una linterna de bolsillo y bajo la colcha colocada como una tienda de campaña en medio de un dormitorio de cincuenta soñadores, roncadores y otros pataleadores. La habitación  del vigilante en la que crepitaba la lamparilla estaba al lado, pero qué, en el amor siempre  es el todo por el todo. Todavía hoy siento el volumen y el peso de aquellos libros en mis manos. Era la versión de bolsillo, con esa linda cara de Audrey Hepburn a la que miraba  embelesado un Mel Ferrer principesco con pesados párpados de muchacho enamorado.

  Me salté las tres cuartas partes del libro por no interesarme más que el corazón de  Natacha. Compadecí a Anatol, incluso, cuando le amputaron la pierna, maldije a ese bestia
del príncipe Andrés por haberse quedado parado frente a ese cañón, en la batalla de  Borodino... (“Pero tírate al suelo, por Dios, que va a explotar, no puedes hacerle eso, ¡ella te  ama!”) Me interesé en el amor y en las batallas y me salté los asuntos políticos y las  estrategias... Seguí muy de cerca los sinsabores conyugales de Pedro Bezujov y de su esposa Helena (nada simpática, Helena, de verdad no la encontré simpática...) y dejé a
Tolstoi disertando solo sobre los problemas agrarios de la Rusia eterna...

  Me salté muchas páginas, de veras.
  Y todos los muchachos deberían hacer otro tanto.
  De esta manera podrían ofrecerse muy temprano casi todas las maravillas que se
consideran inaccesibles para su edad.

  Si tienen ganas de leer Moby Dick, pero se desaniman ante los desarrollos de Melville sobre  el material y las técnicas de la pesca de ballenas, no es menester que renuncien a su lectura  sino que salten, salten sobre esas páginas y, sin preocuparse del resto, persigan a Ahab  como él persigue su blanca razón para vivir o para morir. Si quieren conocer a Iván,
Dimitri y Aliocha Karamazov y a su increíble padre, que abran y lean Los hermanos Karamazov, es para ellos, incluso si tienen que saltarse el testamento del starets Zósimo o la leyenda del Gran Inquisidor.

  Un gran peligro les acecha si no deciden por ellos mismos lo que está a su alcance y se
saltan las páginas que ellos escojan: otros lo harán en su lugar. Se armarán con las grandes  tijeras de la imbecilidad y recortarán todo lo que consideren demasiado “difícil”. Eso produce resultados espantosos. Moby Dick o Los miserables reducidos a resúmenes de 150 páginas, mutilados, chapuceados, encogidos, momificados, reescritos en un lenguaje famélico que se supone que sea el suyo. Un poco como si yo me pusiese a redibujar  Guernica con el pretexto de que Picasso habría metido allí demasiados trazos para un ojo de doce o trece años.

  Y además incluso cuando hemos crecido, y hasta si nos repugna confesarlo, nos ocurre todavía que nos “saltemos páginas”, por razones que no nos conciernen más que a
nosotros y al libro que leemos. Es posible también que nos lo prohibamos del todo, que leamos hasta la última palabra, juzgando que aquí el autor da largas, que aquí toca un aire de flauta medio gratuito, que en tal lugar cae en la repetición y en tal otro en la tontería.
Digámonos lo que nos digamos, este disgusto testarudo que entonces nos imponemos no pertenece al orden del deber, es una categoría de nuestro placer de lector.

El derecho a terminar un libro

  Hay treinta y seis mil razones para abandonar una novela antes del final: la sensación de
que ya le hemos leído, una historia que no nos agarra, nuestra desaprobación total de la
tesis del autor, un estilo que nos eriza el cabello, o por el contrario una ausencia de
escritura a la que ninguna otra razón compensa para que justifique ir más lejos... Inútil
enumerar las otras 35995, entre las cuales sin embargo hay que colocar una caries dental,
las persecuciones de nuestro jefe de departamento o un cataclismo del corazón que
petrifica nuestra cabeza.

 ¿El libro se nos cae de las manos?
 Que se caiga.
  Después de todo, no cualquiera es Montesquieu para poder ofrecerse por encargo el
consuelo de una hora de lectura.

  Sin embargo, entre nuestras razones para abandonar una lectura, hay una que merece que  nos detengamos un poco: el vago sentimiento de una derrota. Abrí, leí, y muy rápido me  sentí hundido por algo más fuerte que yo. Reúno mis neuronas, me peleo con el texto,
pero nada que hacer, por más que tenga el sentimiento de lo que está escrito allí merece ser leído, no pesco nada —o casi nada—, siento una “extrañeza” que no me ofrece asidero. Lo dejo. O más bien lo pongo a un lado. Lo coloco en mi biblioteca con el proyecto vago de volverlo a tomar algún día. Petersburgo de Andrei Bielyi, Joyce y su Ulises, Bajo el volcán de Malcolm Lowry me esperaron varios años. Hay otros que todavía me esperan y es probable que a algunos de ellos no los vuelva a tomar nunca. Eso no es un drama, así es. 
   
  La noción de “madurez” es un asunto curioso en materia de lectura. Hasta cierta edad no tenemos la  edad para ciertas lecturas, está bien. Pero, al contrario de las nuevas botellas, los buenos  libros no envejecen. Nos esperan en las estanterías y somos nosotros quienes envejecemos. 

  Cuando nos creemos con suficiente “madurez” para leerlos, empezamos de nuevo.  
  Y entonces de dos cosas una: o el encuentro ocurre o es un nuevo fiasco. Quizás lo intentemos de nuevo, quizás no. Pero claro que no es culpa de Thomas Mann el  que hasta ahora yo no haya podido alcanzar la cima de su Montaña mágica.

  La gran novela que se nos resiste no es necesariamente más difícil que la otra... hay allí, entre ella —por grande que sea— y nosotros —por aptos para “comprenderla” que nos consideremos— una reacción química que no funciona. Un buen día simpatizamos con la obra de Borges que hasta entonces nos tenía a distancia, pero seguiremos toda la vida
ajenos a la de Musil...  

  Aquí la elección está en nuestras manos: o pensamos que es culpa nuestra, que nos falta  una casilla, que abrigamos una parte de tontería irreductible, o nos ponemos del lado de la  noción muy controvertida del gusto y buscamos dibujar el mapa de los nuestros. 
  Es prudente recomendar a nuestros muchachos esta segunda solución.

  Tanto más cuanto ella puede ofrecerles ese escaso placer de leer comprendiendo por fin  
por qué no nos gusta. Y este otro escaso placer: escuchar sin emoción al pedante en turno 
chillarnos en el oído:

—¿Pero cómo es posible que no le guste Stendhaaaaal?

  Es posible.

El derecho a releer

  Releer lo que había rechazado antes, releer sin saltarse una línea, releer desde otro ángulo, releer para verificar, sí... nos concedemos todos estos derechos. 
   Pero releemos sobre todo gratuitamente, por el placer de la repetición, la alegría de los reencuentros, la puesta a prueba de la intimidad.

 “Otra vez, otra vez” decía el niño que fuimos... Nuestras relecturas de adultos tienen que
ver con ese deseo: encantarnos con la permanencia y descubrirla todas las veces rica en
nuevas maravillas.

El derecho a leer cualquier cosa

   A propósito del “gusto”, ciertos de mis alumnos sufren mucho cuando se encuentran frente a la archiclásica disertación ¿Se puede hablar de novelas buenas y malas? Como detrás de su “yo no hago concesiones” son más bien gentiles, en lugar de abordar el aspecto literario del problema, lo miran desde un punto de vista ético y no tratan el problema sino desde el ángulo de las libertades. De golpe el conjunto de sus tareas podría resumirse en esta fórmula: “Claro que no, de ninguna manera, tenemos el derecho de escribir lo que queramos y todos los gustos de los lectores están en la naturaleza, ¿en serio!” Sí... sí, sí... postura del todo honorable...

  Lo que no impide que haya buenas y malas novelas. Se puede citar nombres, se pueden
dar pruebas.

  Para ser breve, cortemos por lo sano: digamos que existe lo que yo llamaría una “literatura
industrial” que se contenta con reproducir hasta el infinito los mismos tipos de relatos, despacha estereotipos en serie, comercia con los buenos sentimientos y las sensaciones fuertes, salta sobre todos los pretextos ofrecidos por la actualidad para producir una ficción de circunstancias, se entrega a “estudios de mercado” para liquidar, según la  “coyuntura”, del tipo de “producto” que se supone inflamará a tal categoría de lectores.

  Éstas serán, con seguridad, malas novelas.

  ¿Por qué? Porque no tienen nada que ver con la creación sino con la reproducción de  “formas” preestablecidas, porque son un intento de simplificación (es decir de mentiras), cuando la novela es arte de verdad (es decir de complejidad), porque al halagar nuestros automatismos, adormecen nuestra curiosidad, en fin, y sobre todo, porque el autor no está allí, como tampoco está la realidad que pretende describirnos.

  En resumen, es una literatura en serie, “lista para disfrutarse”, hecha en molde y al que le gustaría apresarnos en el molde. No hay que creer que estas idioteces son un fenómeno reciente, ligado a la industrialización del libro. En absoluto. La explotación de lo sensacional, de la obrita ingeniosa, del estremecimiento fácil en una frase sin autor, no viene de ayer. Para no citar más que dos ejemplos, la novela de caballería se enterró allí, y el romanticismo mucho tiempo después. Pero como no hay mal que por bien no venga, la reacción a esta literatura descarriada nos ha dado dos de las más bellas novelas que hay en el mundo: Don Quijote y Madame Bovary.

  Hay, pues, “buenas” y “malas” novelas.

  A menudo son las segundas las que primero encontramos en nuestro camino.
Y a fe mía, tenga el recuerdo de haberlas encontrado divertidísimas cuando pasé por ellas.
Tuve mucha suerte: nadie se burló de mí, nadie levantó los ojos al cielo, nadie me trató de
cretino. Apenas dejaron a mi paso algunas “buenas” novelas cuidándose de no prohibirme
en absoluto las otras.

  Eso era prudencia.

  Buenas y malas, durante un tiempo leímos todo junto. Igual que no renunciamos de un día
para otro a nuestras lecturas de infancia. Todo se mezcla. Se sale de La guerra y la paz para volver a lanzarse a los libros de aventuras de la Bibliotheque verte. Se pasa de la colección Harlequin (historias de bellos galenos y de enfermeras meritorias) a Boris Pasternak y a su Doctor Zhivago —también él un médico guapo, y Lara una enfermera, ¡y bien meritoria! 
  Y después, un día, el que gana es Pasternak. Poco a poco nuestros deseos nos llevan a  frecuentar a los “buenos”. Buscamos escritores, buscamos escrituras; superados los que son sólo camaradas de juegos, reclamamos compañeros de ser. La anécdota sola ya no nos basta. Ha llegado el momento en que pedimos a la novela algo más que la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones. 

  Una de las grandes alegrías del ”pedagogo” es —cuando está autorizada cualquier lectura
— ver a un alumno cerrar solo la puerta de la fábrica best-seller para subir a respirar donde el amigo Balzac. 

 El derecho al bovarismo(enfermedad textualmente transmisible)

  A grandes rasgos, el bovarismo es esa satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras  sensaciones: la imaginación se inflama, los nervios vibran, el corazón se acelera, la  adrenalina salta, la identificación opera en todas direcciones, y el cerebro confunde (por  un momento) el gato de lo cotidiano con la libre de lo novelesco...  Para todos es nuestro primer estado de lectura.  Delicioso.

   Pero más o menos aterrador para el observador adulto que, casi siempre, se apresura a blandir un “buen título” bajo las narices del joven bovariano, exclamando:

—De todas maneras Maupassant es “mejor”, ¿no?

  Calma... No ceder uno mismo al bovarismo; decirse que Ema, después de todo, no era más que un personaje de novela, es decir, el producto de un determinismo en el que las causas sembradas por Gustave no engendraban sino los efectos —por verdaderos que fuesen—deseados por Flaubert.

  En otras palabras, el hecho de que esta muchacha coleccione novelas románticas no significa que terminará tragando arsénico a cucharadas. Forzarla en esta etapa de sus lecturas es alejarnos de ella, renegando de nuestra propia  adolescencia. Y es privarla del placer incomparable de prescindir mañana y por sí misma de los estereotipos que, hoy, parecen fascinarla.

  Es prudente reconciliarnos con nuestra propia adolescencia; odiar, despreciar, negar o simplemente olvidar al adolescente que fuimos es en sí misma una actitud adolescente, una concepción de la adolescencia como una enfermedad mortal.  

   De allí la necesidad de que recordemos nuestras primeras emociones como lectores y de
que le levantemos un pequeño altar a nuestras viejas lecturas, incluyendo las más “tontas”.
Desempeñan ellas un papel inestimable: emocionarnos por lo que fuimos al tiempo que  nos hacen reír de lo que nos emocionaba. Los jóvenes que comparten nuestra vida sin duda alguna ganarán con ello en respeto y en ternura.

  Vilipendiamos la estupidez de las lecturas adolescentes, pero no es raro que nos rindamos al éxito de un escritor telegénico, del que nos burlaremos cuando haya pasado de moda. Las preferencias literarias se explican muy bien por esta alternancia de nuestros caprichos ilustrados y de nuestras negaciones perspicaces. Nunca engañados, siempre lúcidos, pasamos el tiempo sucediéndonos a nosotros mismos,  convencidos para siempre de que madame Bovary es la otra. 

  Ema debía compartir esta convicción.

El derecho a leer en cualquier parte

  Chalons-sur-Marne, 1971, invierno.
  Cuartel de la escuela de prácticas de artillería.
  Durante la distribución matutina de las faenas, el soldado de segunda clase Fulano  (matrícula 14672/1, bien conocido de nuestros servicios) se ofrece día a día como  voluntario para la tarea menos popular, la más ingrata, la que es asignada frecuentemente
como castigo y que atenta contra los honores mejor templados: la legendaria, la infamante,
la innombrable faena de letrinas.
  
  Todas las mañanas.
  Con la misma sonrisa (interior).
  —¿Faena de letrinas?
  Da un paso al frente:
  —¡Fulano!

   Con la gravedad última que precede al asalto, toma la escoba de la que cuelga la bayeta como si se tratase del estandarte de la compañía y desaparece, para gran alivio de la tropa. Es un valiente: nadie lo sigue. El ejército entero se queda a cubierto en la trinchera de las faenas honorables.

  Pasan las horas. Se le cree desaparecido. Casi se le ha olvidado. Se le olvida. Sin embargo  reaparece al terminar la mañana, golpeando los talones para el informe al cabo de compañía: “¡Letrinas impecables, mi cabo!” El cabo recupera bayeta y escoba con una mirada en la que se dibuja una profunda interrogación que no formula jamás (respeto humano obliga). El soldado saluda, da media vuelta, se retira, llevando consigo su secreto.

  El secreto pesa bastante en el bolsillo derecho de su traje de fatiga: 1900 páginas que la Pleiade consagró a las obras completas de Nicolás Gogol. Un cuarto de hora de bayeta contra una mañana de Gogol... Cada mañana, desde hacía dos meses de invierno, confortablemente sentado en la sala de los tronos, encerrado con doble llave, el soldado Fulano vuela muy por encima de las contingencias militares. ¡Todo Gogol! Desde las nostálgicas Veladas de Ucrania hasta los hilarantes Cuentos peterburgueses, pasando por el terrible Taras Bulba, y el humor negro de Las almas muertas, sin olvidar el teatro y la
correspondencia de Gogol, ese Tartufo increíble. 

  Porque Gogol es el Tartufo que habría inventado Moliere —lo que el soldado Fulano no habría comprendido nunca si hubiera cedido esta tarea a los demás. Al ejército le gusta celebrar los hechos de armas. De éste apenas quedan dos alejandrinos, grabados muy arriba, en el metal de un tanque de agua, y que se cuentan entre los más suntuosos de la poesía universal:

  Si, yo puedo sin mentir, y esto es doctrina decir que leí entero a Gogol en la letrina.
  (Por su parte Clemenceau, “el tigre”, también él un famoso soldado, daba gracias a una
constipación crónica, sin la cual afirmaba, no hubiera tenido la dicha de leer las Memorias
de Saint-Simon.)

El derecho a picotear

  Yo picoteo, tú picoteas, dejémoslos picotear.
  Es la autorización que nos concedemos para tomar cualquier volumen de nuestra biblioteca, abrirlo en cualquier parte y meternos en él por un momento, porque sólo disponemos de ese momento. Ciertos libros se prestan al picoteo mejor que otros porque están compuestos de textos cortos y separados: las obras completas de Alfonso Allais o de Woody Allen, las novelas cortas de Kafka o de Saki, Los Papiers collés de George Perros, el buen viejo La Rochefoucauld, y la mayor parte de los poetas...

  Dicho esto, se puede abrir a Proust, a Shakespeare o la Correspondencia de Raymond Chandler por cualquier parte y picotear aquí y allá, sin correr el menor riesgo de resultar decepcionados. 
   Cuando no se tiene el tiempo ni los medios para tomarse una semana en Venecia, ¿por qué rehusarse el derecho de pasar allí cinco minutos?


El derecho a leer en voz alta

  Le pregunto:
  —¿Te leían cuentos en voz alta cuando eras pequeña?
  Ella me contesta:
  —Nunca. Mi padre estaba a menudo de viaje y mi madre demasiado ocupada.
  Le pregunto:
  —¿Entonces de dónde te viene ese gusto por la lectura en voz alta?
  Me contesta:
  —De la escuela.
  Feliz de oír que por fin alguien le reconoce algún mérito a la escuela, exclamó alegre:
  —¡Ah, lo ves!
  Ella me dice:
  —En absoluto. La escuela nos prohibía la lectura en voz alta: La lectura silenciosa era ya el  credo en mi época. Directo del ojo al cerebro. Transcripción instantánea. Rapidez, eficacia. Con una prueba de comprensión cada diez líneas. La religión del análisis y el comentario desde el principio. La mayoría de los muchachos reventaban de miedo, y ése no era sino el comienzo. Todas mis respuestas eran correctas, si quieres saberlo, pero apenas volvía a casa releía todo en voz alta.
  —¿Por qué?
  —Para maravillarme. Las palabras pronunciadas se lanzaban a existir fuera de mí, vivían
de verdad. Y además porque me parecía que esto era un acto de amor. Que era el amor mismo. Siempre he tenido la impresión de que el amor al libro pasa por el amor a secas. Acostaba a mis muñecas en la cama, en mi lugar, y les leía. A veces me dormía a sus pies, sobre la alfombra.

  La escucho... la escucho, y me parece oír a Dylan Thomas, borracho como la desesperación, leyendo sus poemas con voz de catedral... La escucho y me parece ver a Dickens el viejo, Dickens huesudo y pálido, ya a punto de morirse, subir a escena... su gran público de iletrados de repente petrificado, silencioso hasta el punto de que se oía abrir el libro... Oliver Twist... la muerte de Nancy ¿es la muerte de Nancy lo que va a leernos!

  La escucho y oigo a Kafka reírse hasta las lágrimas leyéndole La metamorfosis a Max Brod, quien no está seguro de entenderla... Y veo a la pequeña Mary Shelley ofrecerle largos trozos de su Frankenstein a Percy y a sus entusiasmados camaradas...

  La escucho y aparece Martin du Gard leyéndole a Gide sus Thibault... pero Gide no parece oírlo... están sentados a la orilla de un río... Martin du Gard lee, pero la mirada de Gide está en otra parte... los ojos de Gide se han ido allá abajo, donde dos adolescentes se
zambullen... una perfección que el agua viste de luz... Martin du Gard está furioso... pero no, él leyó bien... y Gide oyó todo... y Gide le comenta todo lo bien que piensa de estas páginas... pero de todas maneras habría tal vez que modificar esto y aquello, por aquí y por allá... Y Dostoievski, que no se contentaba con leer en voz alta, sino que escribía en voz alta... Dostoievski, sin aliento, después de haberle vociferado su requisitoria contra Raskolnikov (o contra Dimitri Karamazov, ya no lo sé)... Dostoievski preguntándoles a Anna
Grigorievna, la esposa estenógrafa:

  “¿Entonces, en tu opinión, cuál es el veredicto? ¿Ah?”
  Anna: ¡Condenado!
  Y el mismo Dostoievski, después de haberle dictado el alegato de la defensa:     
  “¿Entonces?
  ¿Entonces?”
   Anna: ¡Absuelto!
   Sí...
   ...
   Extraña desaparición, la de la lectura en voz alta. ¿Qué hubiera pensado Dostoievski? ¿Y
Flaubert? ¿No más al derecho de ponerse las palabras en la boca antes de metérselas en la cabeza? ¿No más oído? ¿No más música? ¿No más saliva? ¿No más gusto, las palabras? ¡Y entonces qué! ¿O es que Flaubert no gritaba su Bovary hasta reventarse los tímpanos? ¿O es que él no está definitivamente mejor ubicado que nadie para saber que el entendimiento del texto pasa por el sonido de las palabras, de dónde brota todo su sentido? ¿Es que él, que se ha peleado tanto contra la música intempestiva de las sílabas, la tiranía de las cadencias, no sabe mejor que nadie que el sentido se pronuncia? ¿Qué? ¿Textos mudos para espíritus puros? ¡A mí Rabelais! ¿A mí Flaubert! ¡Dosto! ¡Kafka! ¡Dickens, a mí! ¡Gigantescos gritadores de sentidos, aquí de inmediato! ¡Vengan a insuflar nuestros libros! ¡Nuestras palabras necesitan cuerpos! ¡Nuestros libros necesitan vida! 

  Es verdad que es confortable, el silencio del texto... no se arriesga allí la muerte de  Dickens, a quien sus médicos le pedían callar por fin sus novelas... el texto y él mismo... todas esas palabras amordazadas en la cocina acolchada de nuestra inteligencia... cómo se siente uno que es alguien en ese silencioso tejerse de nuestros comentarios... y además, al juzgar el libro a solas no se corre el riesgo de ser juzgado por él pues cuando se mezcla la voz, el libro dice mucho sobre su lector... el libro lo dice todo.

  El hombre que lee de viva voz se expone de manera absoluta. Si no sabe lo que lee, es ignorante en sus palabras, es una miseria, y eso se escucha. Si rehúsa habitar su lectura, las palabras permanecen como letras muertas, y eso se siente. Si colma el texto de su presencia, el autor se retracta, es un número de circo, y eso se ve. El hombre que lee de
viva voz se expone de manera absoluta a los ojos que lo escuchan. 

  Si lee de verdad, si pone en ello su saber y domina su placer, si su lectura es un acto de
simpatía con el auditorio tanto como con el texto y su autor, si logra que se oiga la necesidad de escribir y despierta nuestra oscura necesidad de comprender, entonces los
libros se abren de par en par, y la muchedumbre de aquellos que se creían excluidos de la
lectura se precipitan tras él.

El derecho a callarnos

  El hombre construye casas porque está vivo, pero escribe libros porque se sabe mortal. Vive en grupos porque es gregario, pero lee porque se sabe solo. La lectura es  na compañía que no ocupa el lugar de ninguna otra y a la que ninguna compañía distinta podría reemplazar. No le ofrece ninguna explicación definitiva sobre su destino, pero teje una retícula apretada entre de complicidades entre la vida y él. Ínfimas y secretas complicidades que hablan de la necesidad paradójica de vivir, al tiempo que iluminan el absurdo trágico de la vida... De modo que nuestras razones para leer son tan extrañas como nuestras razones para vivir. Y a nadie se le ha otorgado poder para pedirnos cuentas sobre esta intimidad.

   Los pocos adultos que me dieron a leer se borraron siempre frente al libro y se abstuvieron de preguntarme lo que yo había entendido. A ellos, claro, yo les hablaba de mis lecturas. Vivos o muertos, les regalo estas páginas. 

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