Dos fotos de Japón testimonian el compromiso y la pasión por el estudio

A las fotos que ilustran esta nota le bastarían sólo epígrafes. Lugar, fecha, suceso. Apenas 140 caracteres para cada una. Pero si así fuera, aun con la fuerza del contraste, se perdería la profundidad de su mensaje y de su ejemplo.

Un mes después de la bomba sobre Hiroshima, 1945
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  Apenas pasado un mes desde la bomba sobre Hiroshima –80 mil muertos en los primeros segundos, 150 mil en total, más las terribles secuelas: cáncer y deformidades–… ¡los maestros y los alumnos retornaron a clase!

  Sobre la tragedia y la devastación, las lágrimas y el luto, esa ciudad despedazada por el primer acto de la Era Atómica no olvidó la clave, el código esencial del conocimiento humano y del progreso social: la escuela, la educación, "la luz sobre la noche de ignorancia", como alguna vez, niños, cantábamos en el Himno a Sarmiento…
En inviernos helados, en patios helados, temblando debajo del guardapolvo almidonado, pero (algunos, al menos), con un nudo de emoción en la garganta.


  La bomba sobre Hiroshima cayó en 1945. Pero otra tragedia –ésta, inevitable– volvió a poner a prueba al Japón: el terremoto y el inmediato tsunami de 2011 en el oeste del país: casi 20 mil muertos y pérdidas materiales incalculables.

 Treinta días después del terremoto y tsunami, 2011

  Pero poco después, amaneciendo sobre las ruinas, maestros y alumnos repitieron el luminoso ritual: abrir sus libros y cuadernos, y avanzar en la aventura del conocimiento.
El único alimento que nutre a los pueblos que no renuncian a su grandeza.
El que hizo del Japón una potencia industrial asombrosa, con marcas que son su sello en todo el planeta.

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