¡SALVEN LA ORTOGRAFÍA!



Fuente: A doble espacio
Autor:  Bernardo Navarro Villarreal 

  Leyendo el Diccionario gramatical (1961), de Emilio Martínez Amador, específicamente el artículo dedicado a la ortografía, me encontré con una exhortación bastante peculiar aunque no novedosa: la Academia debe simplificar las reglas ortográficas a fin de que sean asequibles para quienes no tienen conocimientos de etimología y se eviten los errores de confusión en letras como ese y zeta, jota y ge y esas inútiles haches.

  Debo decir que este libro, el Diccionario, es lo que JM llama “un libro exquisito”, y por ello mismo disfruto mucho leerlo. Es gran muestrario de ingenio y corrección. De modo que en un primer momento su argumento me hizo considerar seriamente mi irrestricta defensa de la ortografía. Pero, una vez sopesado con calma descubro que hay mucha demagogia académica detrás de un llamado en apariencia honesto.



  No es la primera vez que oigo argumentos de esta naturaleza y en esa dirección con respecto a la ortografía. Parece que la opinión general de los detractores de las reglas ortográficas es que no existiendo estas los errores se harían menos comunes, cuando no inexistentes. Lo que equivale a decir que institucionalizado el error podemos celebrar los equivocados. Mucho me temo que más que un paso adelante, esta propuesta no es más que un disparate, cuyos mayores defensores son precisamente a quienes menos les importa aprender nada. He notado, sin sorpresa, que los adversarios de la ortografía suelen ser los mismos defensores de las películas dobladas y de la “economía de caracteres” en los dispositivos de mensajería. Claro, también están los escritores de cierto renombre que defienden la abolición de la reglas, pero estos son demagogos tremendistas, que por cierto escriben con pasmosa corrección.


A la ortografía, en fin, se le ataca porque se la considera anticuada, innecesaria, caprichosa y elitista. Pero, lo hacen quienes no están dispuestos a hacer un esfuerzo extra por aprender detalles de un valor secreto insospechado. Es más, ni siquiera deben aprenderlos: basta con un sencillo ejercicio de memorización, pues no hace falta conocer de étimos latinos para saber que ‘adherencia’ lleva una elegante hache intermedia que le da personalidad.



  La ortografía no es anticuada, pues va cambiando conforme al uso de la lengua. No es más caprichosa que cualquier otra convención de la sociedad, como la ropa o la moral. Y es igual de necesaria o innecesaria que ambas. Lo de elitista ni siquiera tiene sentido. La ortografía revela un espíritu atento, cuidadoso del detalle: preocupado por el otro, quien lee. Es la higiene de la palabra escrita. No se trata solo de que el mensaje se entienda. Si está escrito correctamente, quien lee se sentirá además halagado por que el autor se tomara la molestia de cuidar los detalles, las formas. En un mundo descortés y grosero, la ortografía es un gesto de cortesía; una preocupación extra para hacer sentir cómodo al lector. La ortografía es, pues, tan superflua como los buenos modales.

"La ortografía es la higiene de la palabra escrita".
  Mi buena madre, alma bondadosa y sabia, cuando yo le preguntaba cuál era la ortografía de una palabra siempre respondía: “Escríbala de todas las maneras que se imagine, la que se vea mejor es la forma correcta”. Quiero creer que ese método es tan cierto como hermoso, pero la verdad es otra. La estética de las palabras suele ser engañosa. Pero, sí subsiste algo de esa enseñanza materna: la esencia de la ortografía es la belleza. La belleza basada en los principios, en la norma, en la tradición (cambiante tradición). Escribir correctamente exige de mucha práctica y aprendizaje, y la recompensa suele ser mezquina, si los lectores carecen de los conocimientos para apreciarlo. Pero, no por ello deja de ser gratificante escribir correctamente, aunque se escape uno que otro error.
"Están los escritores de cierto renombre que defienden la abolición de la reglas, pero estos son demagogos tremendistas, que por cierto escriben con pasmosa corrección".
  Hace pocos días, compartiendo una amena conversación con L, F y JM, les comentaba que en un tiempo de herejes como este, en el que no hay respeto por nada, la ortografía es un ritual. El último ritual pagano digno de liturgia y eucaristía.


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