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jueves, 30 de junio de 2016

11 lecciones de Mario Benedetti para curar un corazón roto

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   La literatura es mucho más que una simple manera de entretenernos. Los libros nos llevan a lugares, mundos y tiempos que jamás podríamos conocer en la realidad y nos hace vivir en la piel de personajes reales e imaginarios que en ocasiones se parecen increíblemente demasiado a nosotros mismos.


   Por eso la literatura puede brindarnos amparo y consuelo cuando las cosas van mal en nuestra vida. La poesía y la prosa no son solamente un conjunto de obras de ficción, sino que, en palabras de Stephen King, “son la realidad dentro de la mentira”. Aunque la historia que te está contando un autor sea completamente ficticia, siempre hay elementos de la realidad en ella, y gracias a esos elementos de realidad hay muchos aprendizajes en una obra literaria que se pueden tomar para aplicar en nuestras vidas.


   En lo que a la realidad del desamor se refiere, Mario Benedetti ha sido uno de los autores que mejor han sabido explorarla. Benedetti tiene la virtud de no irse por los extremos, es decir, ni explota en odio contra el ser que no le ama ni se ciega en devoción por el objeto inalcanzable. Antes bien, admite que en todo hombre o mujer decepcionados hay algo de culpa y que la mejor manera de afrontar el desamor es la autocrítica serena, sin caer en la martirización.

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  Y ya que hemos estando hablando de desamor y de Benedetti a la vez, vamos a presentarte 11 lecciones que el autor uruguayo nos ha dejado para ayudarnos a sellar nuestro corazón cuando se encuentre roto:


   “A la ausencia no hay quien se acostumbre. Otro sol no es tu sol aunque te alumbre.” (Mar de la memoria).
   La enseñanza de esta frase radica en que lo perdido nunca regresará, aunque otros similares vengan a ocupar su lugar.

  “Sé que soy un idiota al esperarte, pues sé que no vendrás”. (Espero).
  Aquí es cuando uno se pregunta ¿qué caso tiene esperar? ¿No es mejor levantarse y comenzar de nuevo?


  “Hay diez centímetros de silencio entre tus manos y mis manos, una frontera de palabras no dichas entre tus labios y mis labios y algo que brilla así de triste entre tus ojos y mis ojos”. (Soledades).
   Benedetti argumenta en “Soledades” que la felicidad y el amor son pasajeros. El estado natural de toda persona es la soledad, y pronto en una relación esto se llega a sentir, como si una especie de vacío se estuviera abriendo entre los dos.

  “Posiblemente me quisiera, vaya uno a saberlo, pero lo cierto es que tenía una habilidad especial para herirme”. (La tregua).
   Personas a las que amamos nos pueden llegar a herir, incluso si ellas mismas nos aman. El aprendizaje quizá sea que no nos debemos aferrar a una relación que nos hace más daño de lo que nos aporta.

   “Te quiero pero no deseo luchar contra el destino. Disfrutaré de vez en cuando de tu recuerdo que seguirá alterándome”. (Adiós).

   Quizá sea más fácil aceptar el destino de que un amor terminó, a tener que luchar contra el recuerdo de ese amor. Cuando Benedetti dice “disfrutaré de tu recuerdo”, en realidad se trata de un disfrute doloroso, de un masoquismo del espíritu, pues aunque sabemos que recordar nos hace daño, seguimos trayendo esas imágenes a nuestra memoria.
  “El olvido está tan lleno de memoria que a veces no caben las remembranzas y hay que tirar rencores por la borda. En el fondo, el olvido es un gran simulacro repleto de fantasmas”. (Ese gran simulacro).
   Para olvidar hay que liberarse de esos fantasmas, no hay más. Siempre quedará un recuerdo, lo importante es que ese recuerdo duela cada vez menos.

  “Así estamos, cada uno en su orilla, sin odiarnos, sin amarnos, ajenos”. (La tregua).
  Llega el momento en que el amor y el odio se esfuman para dar paso a la indiferencia. En ese momento, al menos tendremos paz.

  “Me gusta el viento. No sé por qué, pero cuando camino contra el viento parece que me borra cosas. Quiero decir: cosas que quiero borrar”. (Primavera con esquina rota).
   El camino al olvido es lento, contra el viento, pero cada paso es un logro y paso a paso vamos superándolo todo.


  “Me gusta la gente capaz de entender que el mayor error del ser humano, es intentar sacarse de la cabeza aquello que no sale del corazón”. (La gente que me gusta).
  A veces queremos olvidar negando nuestras emociones. Error. Hay que aprender a vivir el dolor, que el dolor nos purifique, para que, una vez que pase, entonces sí podamos seguir nuestro camino sin cargas ni ataduras emocionales.

 “El amor es una palabra, un pedacito de utopía, es todo eso y mucho menos y mucho más, es una isla, una borrasca, un lago quieto; sintetizando, yo diría que el amor es una alcachofa que va perdiendo sus enigmas hasta que queda una zozobra, una esperanza, un fantasmita”. (El amor es un centro).
   En toda relación, el amor puede ir perdiendo su encanto. Así que siempre hay esperanza de que acabemos olvidando al ser que no nos ama.

   “No te rindas, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor   momento”. (No te rindas).
   Siempre hay una oportunidad nueva para superar un desamor. Lo importante es tener perseverancia, paciencia y mucha fuerza de voluntad.

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¡BUENA NOTICIA! La tradicional librería Adán Buenosayres no cierra: se convierte en una cooperativa

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Aunque dos semanas atrás su dueño lo había decidido la caída en las ventas y el aumento de las tarifas; ante la fuerte movilización de los lectores cambió de opinión



   Hace unos días, la noticia conmovió a los amantes de la literatura y los románticos que aún sienten el placer de leer desde las páginas de un libro. "Cierra Adán Buenosayres", esas tres palabras resumían la crisis de una de las librerías más emblemáticas de la calle Corrientes en Buenos Aires, pero no todo estaba dicho aún...

   Sin pensarlo, su propietario generó una respuesta inmediata en las redes sociales, el mismo ámbito donde hoy el clamor popular le pide a Lionel Messi que no renuncie a la selección pero que también se preocupó por los libros y la cultura. En el caso de la librería, fue el combustible que provocó la reacción y el cambio de opinión. Finalmente, el tradicional reducto permanecerá abierto, pero transformado en una cooperativa.

   Así lo anunció David Esteban De Vita, el propietario de la librería situada en Corrientes 1671, por medio de las mismas vías de comunicación. "Esta etapa de construcción demanda que nos despojemos de los sayos de misas anteriores para crear la nueva liturgia", escribió en su perfil de Facebook. "La decisión está tomada. Adán Buenosayres Libros será un espacio más de la economía social. Daremos en adelante los pasos que sean necesarios para convertirnos en una cooperativa de trabajo. ¡Adán Buenosayres no cierra!", agregó en el mensaje.

   El hasta ahora capitán del barco será un integrante más de la cooperativa de la que formarán parte los empleados del local (tres efectivos y otros cinco que se sumaban cuando se organizaban eventos o ferias especiales).

La reconversión fue la respuesta que esperaba el colectivo de lectores movilizado en las redes sociales cuando se hicieron públicas las ofertas por el cierre del local.

   Tres ejemplares por $ 60 era una de las propuestas ofrecidas en los estantes de la librería colmada por nostálgicos del libro. Ellos, sin saberlo, se convirtieron en el salvataje del comercio que lleva el nombre de la novela de Leopoldo Marechal, una de las piezas más relevantes de la literatura argentina.


Crisis del rubro


"Los precios de los libros aumentaron y, al cambiar la composición de la canasta básica de la gente, los libros pasaron a ser secundarios -explicó oportunamente De Vita-. Por eso este espacio perdió sustentabilidad." A esa situación se le sumaron el tarifazo y los costos fijos mensuales que debe afrontar el reducto cultural.

   Entre alquiler y expensas, Adán Buenosayres tiene un gasto de $ 50.000 mensuales, además de las cargas sociales de los empleados y sus respectivos haberes. Pero el principal motivo que originó el anuncio del cierre fue la caída de un 50% en las ventas.

    La crisis no sólo afectó a las librerías de la calle Corrientes, muchas de las cuales comercializan ejemplares usados. Semanas atrás cerraron sus puertas Prometeo, en el barrio de Palermo, y la sucursal de Distal en Caballito, lo que puso en alerta al sector.


   Hace quince días, un informe de la Cámara Argentina del Libro (CAL) sobre el estado de la industria editorial durante el primer cuatrimestre de 2016 reveló que las editoriales nacionales redujeron sus tiradas. Pero hubo un dato mucho más preocupante. Además de la cantidad de ejemplares, en mayo se redujo el número de novedades publicadas. La CAL sostuvo que, además de los cambios económicos, impactó que el Estado haya dejado de comprar libros como lo hacía hasta el año pasado.

"Para nosotros es una decisión muy dolorosa. Fui librero toda la vida y lo seguiré siendo aunque no tenga una librería", se lamentaba De Vita. Pero ahora podrá continuar con el negocio familiar que desde hace diez años funciona en el centro porteño, aunque antes pasó por otros barrios, como Villa Crespo.

   La noticia se festejó en las redes sociales, convertidas en un nexo poderoso entre los lectores y Adán Buenosayres. "Siento mucha emoción con la noticia. Apoyaré en todo lo que pueda. ¡Gracias por la corajuda decisión!", respondió ayer Norma en Facebook. "Hay que inventarnos una historia para vivir", aportó Carlos. La noticia había sido compartida más de 140 veces.

Fuente: La Nación

martes, 28 de junio de 2016

"Si"...el inmortal poema de Rudyard Kipling

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  Si puedes conservar la cabeza cuando a tu alrededor todos la pierden y te echan la culpa;si puedes confiar en ti mismo cuando los demás dudan de ti,pero al mismo tiempo tienes en cuenta su duda;

si puedes esperar y no cansarte de la espera,o siendo engañado por los que te rodean, no pagar con mentiras,o siendo odiado no dar cabida al odio,y no obstante no parecer demasiado bueno, ni hablar con demasiada sabiduría...





Si puedes soñar y no dejar que los sueños te dominen;si puedes pensar y no hacer de los pensamientos tu objetivo;si puedes encontrarte con el triunfo y el fracaso (desastre)y tratar a estos dos impostores de la misma manera;

si puedes soportar el escuchar la verdad que has dicho:tergiversada por bribones para hacer una trampa para los necios,o contemplar destrozadas las cosas a las que habías dedicado tu vida y agacharte y reconstruirlas con las herramientas desgastadas...



Si puedes hacer un hato con todos tus triunfos y arriesgarlo todo de una vez a una sola carta,y perder, y comenzar de nuevo por el principio y no dejar de escapar nunca una palabra sobre tu pérdida;

y si puedes obligar a tu corazón, a tus nervios y a tus músculos a servirte en tu camino mucho después de que hayan perdido su fuerza,excepto La Voluntad que les dice "¡Continuad!"





Si puedes hablar con la multitud y perseverar en la virtud o caminar entre Reyes y no cambiar tu manera de ser;

si ni los enemigos ni los buenos amigos pueden dañarte,si todos los hombres cuentan contigo pero ninguno demasiado;


si puedes emplear el inexorable minuto recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.


Rudyard Kipling, reflexión, recomendados, lección



lunes, 27 de junio de 2016

Sal con un chico que lea

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   Las conversaciones serán sencillas, podéis hablar del tiempo, o del trabajo o estudios, podéis hablar de ropa o del mundo del motor. Puedes hacer que te interesa el funcionamiento de cuatro cilindros, o puedes ir con el a ver el fútbol e indignarte con cada fuera de juego que el arbitro de turno decida no pitar. podéis hablar de música, o salir a bailar, pero no le prestes demasiada atención a la letra, ni busques cosas excesivamente profundas, porque casi seguro no le interesara ver mas allá de la rima.

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    No salgas con un chico que lee porque criticara el poco sentido de las letras que la gente tararea una noche de fiesta cualquiera, se reirá de lo banal. No salgas con un chico que lee, sabrá encandilarte con cuatro palabras bien dichas, y tardaras un rato en darte cuenta de su gracioso juego de conquista. 




   Porque... 
   El chico que lee sabrá cuando callar, porque entiende el sentido de los puntos suspensivos, y seguramente no invertirá tanto tiempo en preguntar repetitivamente "que te pasa" que sin duda no queremos responder. Se acordara del argumento y entenderá los fallos del guión, pues lo ha leído en mil páginas. El chico que lee sabe que incluso en los mejores libros los grandes detalles pueden ser sugeridos con una descripción de la escena, y hará de cada una de tus miradas una descripción que no necesite explicaciones ni pretextos. Te abrazará antes de pedir argumentos, porque un chico que lee, también lee entre lineas. El chico que lee ha aprendido de los mejores héroes de la historia, y sabe cuando y como ha de luchar. Sabe que la trama tiene giros y no se pondrá tan nervioso ante un párrafo dramático.

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    Conoce las palabras que te secan y humedecen los ojos, y te comparara con las musas de sus autores preferidos, se reirá de ti si llegas al punto de locura que alcanzan sus protagonistas, y ya conocerá la solución. No habrá mejor regalo para el que empezar juntos una historia definitiva, un libro que no tenga final, porque al fin y al cabo, el chico que lee querrá seguir leyendo, y valorara el suspense antes de escribir la ultima frase del día. El chico que lee conoce mil mundos, y no parara hasta que los visitéis juntos. Y cada momento absurdo se llenara de magia si señala una a una las cosas que imagina para ti en ese momento, porque podrá transformar un cutre habitación de hostal en la suite mas maravillosa de París. 
   Y solo con palabras creará la mejor vista de la Torre Eiffel, solo con palabras puede hacer que veas mil estrellas iluminando el cielo sobre los campo Elíseos, haya o no ventana en vuestra cutre habitación. Si sales con un chico que lee, ten claro que no pararás de recorrer lugares que posiblemente aun no se hayan inventado, que cada momento será un párrafo perfecto de vuestro libro, que cada gesto habrá sido vagamente maquinado, y cada punto de tensión será resuelto, porque los libros, siempre continúan. Y el chico que lee, lo sabe. 

    Porque es la garantía de una biblioteca en su casa reservada solo para ti.Porque con cada libro que se obsequien entre ambos, irán alimentando la librería que desearan tener en un pequeño apartamento lleno de fantasía en París, Roma, Londres o Madrid. Sal con un chico que no lee, o te condenarás a aprender cada día, y a vivir de modo que cada momento pueda ser descrito en un papel. Sal con un chico que no lee, o te convertirás en musa y protagonista de mil historias que de esta manera, no podrías vivir.






sábado, 25 de junio de 2016

Carta a una señorita en París [Cuento completo] Julio Cortázar

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    Este es un magnífico cuento sobre el valor de la honestidad, uno de los textos más famosos de Julio Cortázar, pero algo que poco se ha explorado es la importancia del valor de la honestidad en su construcción. 
   El argumento es simple pero desconcertante. El narrador, cuya identidad permanece en el misterio, escribe a su casera, Andree, (una muchacha de viaje por la capital francesa, quien le ha prestado su apartamento); en su carta, el narrador expone su extraña peculiaridad: regurgita conejitos. El problema surge cuando la “condición” se agrava, comienza a vomitar demasiadas orejitas alargadas y cada vez se le vuelve más difícil de mantener su secreto. Pero vamos sin más preámbulos a esta historia, y que lo disfruten.










Carta a una señorita en París


     Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. 
    Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.



    Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

    Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

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    Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.



    Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

    Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

    Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

    Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.


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    Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

    Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.


    De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

    Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

    Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

    Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

    No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.



    Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

    Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

    A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

    Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

    Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

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    Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.


    He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.





"YO ANTES DE TI", libro recomendado de Jojo Moyers

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La novela en la que se basa la película de amor más bonita de este verano.Una historia que necesitas experimentar.

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  Louisa Clark sabe muchas cosas. Sabe cuántos pasos hay entre la parada del autobús y su casa. Sabe que le gusta trabajar en el café Buttered Bun y sabe que quizá no quiera a su novio Patrick.

  Lo que Lou no sabe es que está a punto de perder su trabajo o que son sus pequeñas rutinas las que la mantienen en su sano juicio.


  Will Traynor sabe que un accidente de moto se llevó sus ganas de vivir. Sabe que ahora todo le parece insignificante y triste y sabe exactamente cómo va a solucionarlo.
  Lo que Will no sabe es que Lou está a punto de irrumpir en su mundo con una explosión de color.

Consigue el libro  aquí: YO ANTES DE TI, DE JOJO MOYES



Y ninguno de los dos sabe que va a cambiar al otro para siempre.

    Yo antes de ti reúne a dos personas que no podrían tener menos en común en una novela conmovedoramente romántica con una pregunta: ¿Qué decidirías cuando hacer feliz a la persona a la que amas significa también destrozarte el corazón?

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La crítica ha dicho...

«Cuando acabé este libro no quería escribir una reseña, lo que quería era volver a leerlo.»
The New York Times


«Destinada a ser esa novela que unos amigos se recomiendan con insistencia a otros... Moyes hace un trabajo magnifico reuniendo un reparto de personajes que son carismáticos, creíbles y absolutamente irresistibles; Lou y Will son una pareja que llegará al corazón de los lectores».
The Independent


«Entretenida, sorprendente y desgarradora, poblada de personajes que son enternecedores y divertidos... Esta es una novela que invita a pensar, enormemente entretenida y que captura la complejidad del amor».
People Magazine

«Una poderosa historia de amor con una narración hábilmente tramada y llena de personajes atractivos y agradables... Una historia agridulce sobre el amor, el aprendizaje y el saber renunciar. Es una lectura fantástica y me encantó».
Daily Mail


«Si echas de menos un buen festival de llantos desde que decidiste que no verías Bajo la misma estrella por 427ª vez, estás de suerte. Llega a los cines la película Yo antes de ti, basado en la novela best seller de Jojo Moyes.»
Popsugar

«Yo antes de ti te hará subir a la mayor montaña rusa emocional en la que te hayas montado desde Bajo la misma estrella.»
The Utah Statesman


«La única manera de describir Yo antes de ti es que si te gustaron películas como Bajo la misma estrella y las novelas de Nicholas Sparks, te encantará la película basada en este best seller.
 Habiendo leído, amado y llorado con la novela best seller de Jojo Moyes, Yo antes de ti, sabía que sentarme a ver la adaptación en cine
»


F. Entertainment

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El consejo de un sabio: amar es una decisión

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Un esposo fue a visitar a un sabio consejero y le dijo que ya no quería a su mujer y que pensaba separarse.


El sabio lo escucho, lo miro a los ojos y solamente le dijo una palabra:
- Ámela -, y luego calló.
- Pero es que ya no siento nada por ella.
- Ámela -, repuso el sabio.
Ante el desconcierto del hombre, el sabio agregó lo siguiente:
- Amar es una decisión, no un sentimiento. Amar es dedicación y entrega. Amar es un verbo y el fruto de esa acción es el amor.
El amor es un ejercicio de jardinería: Arranque lo que hace daño.
Prepare el terreno, siembre, sea paciente, riegue y cuide.
Este preparado porque habrá plagas, sequías o excesos de lluvias.
Mas no por eso, abandone el jardín.
Ame a su pareja, es decir: acéptela, valórela, respétela, dele afecto y ternura, admírela y compréndala.
Y eso es todo: ámela.





viernes, 24 de junio de 2016

La divertida respuesta viral de una madre a una maestra que escribe con faltas

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Le remarcó un error de ortografía a la docente. El mensaje fue compartido miles de veces.


    Directivos y padres se quejan de que los docentes son cada vez más brutos. Que tienen faltas de ortografía, que no saben explicar, que tienen malos tratos. Sin embargo, nadie hace algo por ayudarlos o por cambiar esta situación.

  Hace tiempo corría en las redes sociales una foto de una docente que había corregido a una mamá escribiéndole que no “corriga” a su hija. Las faltas de ortografía entre docentes parece ser una moneda cada vez más común y sobran las muestras. Las mamás se quejan pero también lo hacen las directoras y, como siempre, es más fácil echarle la culpa al docente y cortar el hilo por lo más fino.

  Distintas directoras consultadas por Mendoza Post coinciden en que el nivel de los docentes baja cada año y cada vez es más difícil encontrar docentes “realmente preparados”. Sin embargo, a la pregunta de cuándo un docente está realmente preparado responden vagamente. Que la ortografía, que la vocación, que una buena base de cultura general. Ni los propios directores saben certeramente qué buscan en un docente, salvo ocupar las horas.


   Por otro lado están los padres, en su mayoría madres, que se quejan principalmente de la ortografía pero poniéndola en el lugar del ejemplo. ¿Qué puedo esperar de una maestra que no sabe escribir como corresponde?, alegan. Pero al mismo tiempo confiesan que ellas tampoco escriben muy bien y que tienen faltas. Claro, al docente, eso no se le perdona.


   Obviamente los padres queremos que nuestros hijos tengan la mejor educación, y nos enojamos cuando vemos en los cuadernos o carpetas que el maestro no corrigió errores que nos saltan a la vista, pero mucho más nos enojamos cuando vemos notas de las maestras mal escritas. Para esas mamás, la maestra tiene la obligación de hacer lo que ellas no pueden.


  “Yo tengo muy mala ortografía pero no quiero que mis hijos tengan errores, para eso van a la escuela, para eso los mando, para que no terminen como yo”, dijo Luciana, mamá de una nena de tercer grado de una escuela pública. Ahora bien, Luciana fue al primario y también al secundario, pero cuando se le pregunta por qué ella tiene mala ortografía no tiene problema en aceptar que “nunca le di demasiada bola”. ¿Pero que tu hija tenga mala ortografía es culpa de la maestra?, le pregunto. Y se queda pensativa.



Fuente: Mendoza Post, porAna Montes de Oca

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