¡Bienvenidos a este espacio dedicado a todos los que soñamos entrelíneas!


martes, 5 de abril de 2016

Al filo de la extinción

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París es mucho más de lo que te imaginabas.
Sabes que no te decepcionará desde el momento en que ves la ciudad a través de la ventana del avión. Es enorme, sus calles amplias y puentes conectan majestuosos monumentos que fueron pensados a lo grande. Codeas a Dan para enseñarle la Torre Eiffel, que se distingue a la distancia, pero él y Jena ya están observando la vista entusiasmados al igual que tú.
         Este es el último destino de las vacaciones que planificaste junto con tus amigos durante tanto tiempo, y lamentas que pronto vayas a terminar, pero al mismo tiempo no hay mejor manera de despedir el viaje que la maravillosa ciudad francesa.
         El avión aterriza por fin en el aeropuerto de Orly y tú y tus amigos pasan a buscar sus maletas luego de descender.
         Habías escuchado antes que lo franceses no eran las personas más simpáticas del mundo, pero apenas bajas del avión notas el marcado nerviosismo en todo el personal del aeropuerto. Muchos llevan barbijos y evitan estar cerca o en contacto con ustedes y otros recién llegados de los distintos vuelos. Supones que es algo natural dado los recientes atentados y las amenazas de atentados que sufrieron los parisinos, de modo que no te alarmas demasiado, debe tratarse de los controles de rutina. Por fortuna ustedes no tienen ningún inconveniente al atravesar el detector de metales y la revisación y pronto están en el monorriel que los franceses llaman “Orlyval” y en poco menos de diez minutos recorren los kilómetros que los separaban de la ciudad.
         Luego deciden tomar el metro y no un taxi hasta su hostel, los tres están de acuerdo en internarse desde un primer momento en la vida de la ciudad así que hacen la combinación que más cerca de su destino los dejará.
         ―Creo que es la próxima estación― dice Jena.
         ―Nada de eso ― replica Dan―.  Aún faltan cuatro más.
         ―¡Harás que nos pasemos Dan! Se supone que no debemos pasar el Sena ― le recrimina Jena.
         ―¿Por qué sería un problema? ― pregunta él encogiéndose de hombros ―. Luego podremos tomar un taxi si me equivoco. Pero mira bien el mapa, aún no hemos llegado al centro, debemos bajar luego de Gare du Nord.
         ―También podemos tomar un taxi si yo me equivoco ― insiste Jena, y luego bufa―. Pero no lo hago.
         Buscas el mapa pero todavía no terminas de acostumbrarte a esas calles diagonales, otras que no figuran marcadas siquiera y esos nombres exóticos y demasiado extensos del resto, aunque tampoco te gustaría pasar de largo y perderte en tu primer día en Francia. Intentas ubicarte usando tu teléfono, pero por alguna razón no está recibiendo señal desde que aterrizaron y no funciona el GPS.
         El vagón en el que viajan está llamativamente con muy pocos pasajeros para tratarse de una ciudad tan turística, pero quizás sea una mejor idea preguntar a alguno de los parisinos dónde se encuentra el hostel Petit Maison.


sábado, 2 de abril de 2016

Los cementerios son infinitos - Jacques Pierre

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Darwin Cementry - Cementerio de soldados argentinos - West Fackland



En Malvinas hay 649 argentinos y 255 ingleses que por decisión de dos líderes a los que les importaban muy poco, finalmente y forzadamente, comparten la tierra por la que los mandaron a morir. Y la tierra, que es más sabia que los prejuicios de los hombres, los recibió sin preguntar nacionalidades, ni por la justicia de sus causas, sin consultar orígenes ni castas sociales, los tomó en su regazo como siempre hace con todos sus hijos.


Mientras Leopoldo Galtieri y Margaret Thatcher tomaban el té de las cinco en La Rosada y bebían whisky en la Cámara de los Comunes, los soldados británicos y argentinos morían sin siquiera haber sido presentados, en el anonimato, en parajes desconocidos que no los querían allí con sus guerras y los rechazaban con su frío y tempestades, con sus noches eternas de bajas latitudes. Y así, sus destinos hermanos que otros sellaron desde el abrigo y la seguridad, fueron reunidos bajo la tierra que la ambición de aquellos les hizo creer era la razón de su lucha.



Los cementerios son el abismo infinito de las promesas truncas. Son todas las manos que ya no abrazarán, todas las mentes que no enseñarán y todos los labios que nunca volverán a amar. Son una piedra angular para el recuerdo de todo lo que pudo haber sido y no será ya jamás, y las guerras son el mayor delirio humano, que riega los campos con su propia sangre, con la terrible tristeza de ser semillas que fueron sembradas para nacer muertas, sólo porque dos pensaron que era una buena idea.

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