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martes, 29 de noviembre de 2016

ESTUDIANTE BURLA A SU MAESTRO: ¿USTED SABE QUIÉN SOY YO?

 La sangre fría permite siempre enfrentar los peores problemas con buenos resultados, tal como ocurre en esta historia:


el club de los libros perdidos, profesor, escuela, examen, estudiante
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  Era el examen final de inglés en la facultad. Como muchos de los exámenes universitarios, su principal objetivo era eliminar a nuevos estudiantes ya que, si no, habría más de 800 alumnos por clase. El examen duraba 2 horas y cada estudiante recibió su correspondiente hoja con las preguntas. El profesor era muy recto, catedrático a la antigua usanza, y le dijo a toda la clase que si el examen no estaba sobre su mesa después de dos horas exactamente, no se aceptaría y el estudiante sería suspendido.

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  Media hora después de empezar, un estudiante entró por la puerta y le pidió al profesor una hoja de examen.

- No va a tener tiempo para terminarlo -dijo el profesor al dársela.

- Sí que lo terminaré -contestó el estudiante.



  Se sentó y empezó a escribir.

  Después de dos horas, el profesor pidió los exámenes, y todos los estudiantes, en ordenada fila, los entregaron. Todos menos el que había llegado tarde, que continuó escribiendo como si nada pasase.

  Después de otra media hora, este último estudiante se acercó a la mesa donde se encontraba el profesor sentado leyendo un libro. En el instante en que intentó poner su prueba encima del montón de los exámenes dijo el profesor:

- Ni lo intente, no puedo aceptar eso. Ha terminado tarde.

- ¿Sabe quién soy? -dijo el estudiante mirándolo furioso e incrédulo.

- No, no tengo ni idea -contestó el profesor en un tono de voz sarcástico.

- ¿Pero... está seguro que no sabe quién soy yo? -preguntó de nuevo el estudiante, apuntándose a su propio pecho con su dedo y acercándose de manera intimidante.

- No, y no me importa... -contestó el profesor con un aire de superioridad.

  En ese momento el estudiante cogió rápidamente su examen y lo metió en medio del montón, entre todos los demás.


- ¡Cojonudo! -dijo, y se marchó tranquilamente de la clase.


De Miguel-A. Cibrián, paciente de Ataxia de Friedreich.
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