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viernes, 28 de octubre de 2016

LOS 7 MEJORES POEMAS LEÍDOS POR SUS AUTORES

No es que muera de amorJaime Sabines


   No es que muera de amor, muero de ti. 
   Muero de ti, amor, de amor de ti, 

de urgencia mía de mi piel de ti, 
de mi alma de ti y de mi boca 
y del insoportable que yo soy sin ti. 

   Muero de ti y de mí, muero de ambos, 
de nosotros, de ese, 
desgarrado, partido, 
me muero, te muero, lo morimos. 

   Morimos en mi cuarto en que estoy solo, 

en mi cama en que faltas, 
en la calle donde mi brazo va vacío, 
en el cine y los parques, los tranvías, 
los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza 
y mi mano tu mano 
y todo yo te sé como yo mismo. 

   Morimos en el sitio que le he prestado al aire 
para que estés fuera de mí, 
y en el lugar en que el aire se acaba 
cuando te echo mi piel encima 
y nos conocemos en nosotros, separados del mundo, 
dichosa, penetrada, y cierto, interminable. 

   Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos 
entre los dos, ahora, separados, 
del uno al otro, diariamente, 
cayéndonos en múltiples estatuas, 
en gestos que no vemos, 
en nuestras manos que nos necesitan. 

   Nos morimos, amor, muero en tu vientre 
que no muerdo ni beso, 
en tus muslos dulcísimos y vivos, 
en tu carne sin fin, muero de máscaras, 
de triángulos obscuros e incesantes. 

   Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo, 
de nuestra muerte, amor, muero, morimos. 

   En el pozo de amor a todas horas, 
inconsolable, a gritos, 
dentro de mí, quiero decir, te llamo, 
te llaman los que nacen, los que vienen 
de atrás, de ti, los que a ti llegan. 

   Nos morimos, amor, y nada hacemos 
sino morirnos más, hora tras hora, 
y escribirnos y hablarnos y morirnos.




Infierno de cielo
Gioconda Belli



   Velas. Luces. 
   Fuegos fatuos sobre la mesa de noche.
   No el cirio pascual
sino el fuego pagano de los ritos druidas.
   Adoremos al cuerpo
santuario inequívoco del verbo y del ser.
   Ojos dorados parpadean 
en el brillo bruñido del espejo
donde sos mi torre de marfil.

   En la redoma pongo el aceite aromático.
Un olor a jazmines almizcle incienso catedralicio
impregna el viento las ventanas de la nariz.
   Allá lejos tu cabeza. Tu brazo delineado 
   La textura de anchas nervaduras. El anverso extenso del pie.
   Pies de centauro. Feos tus pies, excitantes. Como los cascos 
del unicornio removiendo arbustos con su cuerno de infinitas espirales.

   No hay equilibrio más exacto que éste
de un hombre y una mujer retornados a la arcilla primigenia.

   Saltan los omoplatos; los fémures se hacen trizas.
   La rigidez del esqueleto se abandona a la carne trémula. 
   La luz de las velas estrella en el espejo visiones míticas.
   Medusas. Cíclopes. Saturnos saciados.

   No sé dónde tus manos
en este laberinto de monstruos magníficos devorándose. 
   ¿Quién sos criatura desencajada que así me despojás
de mi decencia de sacerdotisa?
   Tu piel es fluida y candente.
   La cera se derrite en los recipientes de cristal.
   Chasquea tu boca sobre la mía.
   ¿O es la llama que chisporrotea?
   El fuego encuentra su propio incendio.
Sobre el aceite de la noche
velámenes ardientes lamen el lago quieto
del espejo incandescente.

   Allá mi pie.
   Las uñas rojas. La imposible extensión de una pierna íngrima.
   El paisaje blanco. Las pieles sumergidas en lavas ígneas 
resollando borboteando vaporizándose. El fuego 
viene y va con el sonido del mar sobre los arrecifes.

   Sobre los cuerpos consumidos, carbonizados
se apagan las velas una a una.

   Me sacudo el cabello. Me levanto, ave Fénix, de las cenizas.

   Soy un infierno de cielo. 




Certeza (y otros)por Octavio Paz


   Si es real la luz blanca 
de esta lámpara, real 
la mano que escribe, ¿son reales 
los ojos que miran lo escrito?

  De una palabra a la otra 
lo que digo se desvanece. 

  Yo sé que estoy vivo 
entre dos paréntesis.

No te salves Mario Benedetti




  No te quedes inmóvil 
al borde del camino 
no congeles el júbilo 
no quieras con desgana 
no te salves ahora 
ni nunca 
no te salves 
no te llenes de calma 
no reserves del mundo 
sólo un rincón tranquilo 
no dejes caer los párpados 
pesados como juicios 
no te quedes sin labios 
no te duermas sin sueño 
no te pienses sin sangre 
no te juzgues sin tiempo.


  Pero si 
pese a todo 
no puedes evitarlo 
y congelas el júbilo 
y quieres con desgana 
y te salvas ahora 
y te llenas de calma 
y reservas del mundo 
sólo un rincón tranquilo 
y dejas caer los párpados 
pesados como juicios 
y te secas sin labios 
y te duermes sin sueño 
y te piensas sin sangre 
y te juzgas sin tiempo 
y te quedas inmóvil 
al borde del camino 
y te salvas 
entonces 
no te quedes conmigo.



Los amantes 
Julio Cortázar



   ¿Quién los ve andar por la ciudad 
si todos están ciegos ? 

   Ellos se toman de la mano: algo habla 
entre sus dedos, lenguas dulces 
lamen la húmeda palma, corren por las falanges, 
y arriba está la noche llena de ojos.


   Son los amantes, su isla flota a la deriva 
hacia muertes de césped, hacia puertos 
que se abren entre sábanas. 

   Todo se desordena a través de ellos, 
todo encuentra su cifra escamoteada; 
pero ellos ni siquiera saben 
que mientras ruedan en su amarga arena 
hay una pausa en la obra de la nada, 
el tigre es un jardín que juega. 
   Amanece en los carros de basura, 
empiezan a salir los ciegos, 
el ministerio abre sus puertas. 


   Los amantes rendidos se miran y se tocan 
una vez más antes de oler el día. 


   Ya están vestidos, ya se van por la calle. 
   Y es sólo entonces 
cuando están muertos, cuando están vestidos, 
que la ciudad los recupera hipócrita 

y les impone los deberes cotidianos.

Ajedrez
Jorge Luis Borges



   En su grave rincón, los jugadores 
rigen las lentas piezas. El tablero 
los demora hasta el alba en su severo 
ámbito en que se odian dos colores. 

   Adentro irradian mágicos rigores 
las formas: torre homérica, ligero 
caballo, armada reina, rey postrero, 
oblicuo alfil y peones agresores. 

   Cuando los jugadores se hayan ido, 
cuando el tiempo los haya consumido, 
ciertamente no habrá cesado el rito. 

   En el Oriente se encendió esta guerra 
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra. 
   Como el otro, este juego es infinito. 

II 

   Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada 
reina, torre directa y peón ladino 
sobre lo negro y blanco del camino 
buscan y libran su batalla armada. 

   No saben que la mano señalada 
del jugador gobierna su destino, 
no saben que un rigor adamantino 
sujeta su albedrío y su jornada. 


   También el jugador es prisionero 
(la sentencia es de Omar) de otro tablero 
de negras noches y de blancos días. 


   Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. 
   ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza 

de polvo y tiempo y sueño y agonía?



Poema 20
Pablo Neruda


   Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
   Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".

   El viento de la noche gira en el cielo y canta.
   Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
   Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

   En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
   La besé tantas veces bajo el cielo infinito.
   Ella me quiso, a veces yo también la quería. 

   Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
   Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
   Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
   Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
   Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.
   Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
   La noche está estrellada y ella no está conmigo.

   Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
   Mi alma no se contenta con haberla perdido.
   Como para acercarla mi mirada la busca. 
   Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.
   La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.


   Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
   Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
   Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.
   De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.

   Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
   Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
   Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
   Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

   Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.


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