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domingo, 30 de octubre de 2016

La devastadora experiencia de este niño de 10 años que sabe que NO podrá pisar la Universidad

 El pasado viernes el escritor Fernando J López contó a través de su perfil de Facebook una historia que le tocó vivir de cerca y que pronto se hizo viral por la fuerte experiencia que retrataba.




   M. tiene 10 años y, cuando acaba la charla, me dice que está contento porque es la primera vez que ve a un escritor. 


  "A mí me gusta escribir, ¿sabes? Poemas y eso." Saca con algo de miedo un folio doblado por la mitad en el que ha copiado y coloreado, con auténtico mimo, la imagen de la cubierta de mi novela. "¿Puedes firmarme esto? No tengo el libro, pero lo he leído tres veces. En serio. En la biblio". Le dedico su cubierta, mucho más hermosa que cualquiera de las que yo pueda llegar a tener jamás, y M. me cuenta que quiere ser periodista. O compositor. Porque también le gusta la música. 

   "Pero da igual, porque sé que no voy a ir a la universidad. Mis padres no pueden pagarla". Intento responderle algo que le anime y le hablo de becas, de opciones, de hablar con sus profesores, de no rendirse. M. asiente, pero hay algo en él demasiado adulto que le impide ilusionarse con un futuro que sigue sin ver. En un acto reflejo, seguramente inútil, cojo mi propio libro y se lo dedico. "¿De verdad?" Lo coge como si fuera un tesoro y yo siento que el gesto es aún más insignificante, porque lo que realmente me gustaría entregarle es la promesa de un futuro. 


  Ese futuro que la apisonadora neoliberal que ha devastado nuestra educación le está robando. La apisonadora que se ha llevado ayudas, becas, apoyos, estímulos. La misma que ahora, tras las siglas de la LOMCE, se encargará de amputar los últimos brotes de esperanza que queden entre quienes más nos necesitan. 

  Cuando M. sale del aula veo cómo le enseña el libro a su maestra y ella -una de esas mujeres excepcionales que llenan nuestros colegios e institutos: luchadoras contra ese sistema que cercena horizontes- lo abraza. 


   "La vida...", me dice. Y cuando me despido sé que esta vez me he roto un poco más. Porque siento que no hacemos lo suficiente. Porque no es justo que nos crucemos de brazos. Porque me pregunto si no nos estamos resignando a la indignidad. Y porque cuando se tienen 10 años exijo que se tenga derecho a soñar con todo. A soñarlo todo. Y a serlo todo.

   Esto -por cierto- no es ficción. Pero ojalá lo fuera.

Pero afortunadamente la historia no terminó allí sin más, y al otro día el mismo escritor volvía a referirse a M. contando el resto de la historia:


   "Ayer compartí algo que he vivido estos meses. Obviamente, omito el cuándo y el dónde, porque quería preservar el anonimato de quienes allí aparecían. Hoy mi Twitter está desbordado de mensajes, tanto de quienes creen que M. no existe (lógico, no saben de las vidas que nos encontramos en las aulas...) como de quienes quieren ayudar (ilusiona ver que somos capaces de hacer más que un RT, aunque lo singular sea insuficiente). 

   Comparto hoy estas notas para quienes se han interesado y poner también punto final a esta historia. Un final que hay que conseguir que, para tantas y tantos niños y adolescentes, sea un principio... Feliz fin de semana."


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