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jueves, 7 de julio de 2016

Con hambre no se puede pensar: el crítico drama de las escuelas de Venezuela

Cafeterías sin comida, maestros que no van a clases y toda una generación perdida. La crisis venezolana también destruye el sistema educativo.



   A María le dicen "Wikipedia". Ella soñaba con ser contable y mudarse a París. Sus padres habían ahorrado para comprarle cuadernos para todas sus asignaturas, pero ahora, nueve meses después, las páginas siguen tan blancas y vacías como el día que los recibió. Los profesores simplemente no van a la escuela, todos los días se enfrentan a la misma encrucijada: ir a trabajar o buscar la manera de poder comer.

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   A medida que la crisis sigue arrasando en Venezuela, la pobreza y la violencia se siguen filtrando en cada rincón de la sociedad. En cada recoveco de un sistema que se está derrumbando.

   El 76% de los venezolanos vive en la pobreza, según datos de la Encuesta de Condiciones de Vida (Encovi). La mitad del país, el 49.9%, vive en la pobreza extrema

  Son los peores datos de la historia del país latinoamericano.


   Cuando tienes que pasar horas haciendo fila para comprar los productos más básicos, arriesgando a ser víctima de una multitud enojada, tu mente entra en modo de supervivencia. Lo que importa es el aquí y el ahora. Tu día se reduce a comer o no comer. Y la misma disyuntiva se repite al día siguiente. Y al siguiente.

  Enfrentados a esa realidad, maestros y alumnos por igual eligen la comida sobre la educación.

   María y sus compañeros han perdido alrededor del 40% de los días de clase. El mismo porcentaje de niños que abandonan la educación por el hambre, según Diana D'Agostino, esposa del presidente del Poder Legislativo, Henry Ramos Allup.


   Un día María salió de su casa, en una villamiseria de Caracas, para ir a la escuela y se encontró con que no tenía ninguna actividad. Su profesor de arte faltó por enfermedad. La clase de historia se suspendió. No hubo clase de gimnasia porque el entrenador había sido asesinado. Y, en la tarde, su profesor de castellano mandó a los chicos a sus casas para cumplir con un toque de queda impuesto por una pandilla.
María se prepara para salir de la casa rumbo a la escuela. Tantos estudiantes se han desmayado por el hambre en su escuela que la directora les ordenó que se quedaran en sus casas hasta que los padres puedan asegurar sus necesidades alimentarias. 

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   La caída del precio del petróleo combinado con años de mala administración derrumbó la economía del país, hogar de las reservas de crudo más grandes del mundo, y, con ella, el futuro de los siete millones de niños que van a la escuela pública.

   En su lugar queda un edificio en ruinas, sin agua corriente, con salones que funcionan como baños improvisados. Decenas de niños que esperan a profesores que no van a llegar en salones que apestan a orina.

"Es una trampa", relata María a AP. "Arriesgas tu vida para estar aquí y terminas esperando por horas sin hacer nada. Pero tienes que seguir viniendo porque es la única salida".
Una pila de 30.000 libros ocupa el vestíbulo. Los profesores se negaron a utilizarlos porque contenían demasiada propaganda socialista. 

   Camino a la escuela, ella ha visto robos, saqueos y linchamientos. Una vez, vio cómo un hombre puso una pistola en el cuello de la mujer que iba en el bus con ella para robarle su anillo de casamiento. Otra, se fue corriendo hacia la escuela para escapar de un grupo de vigilantes que habían dejado a un supuesto ladrón tendido en el suelo, sangrando. 

   Ni la escuela se salva. El portón metálico puede hacerles sentir más seguros, pero los ladrones encuentran la forma de meterse y robar a los estudiantes. "Tengo miedo todos los días. Quedas con el corazón en la garganta, pensando, "Demonios, creía que las escuelas eran lugares seguros", menciona.

Así es la vida en Venezuela. Un simple día más en uno de los países más violentos del mundo.

 Un alumno espera en lo que fue un aula y que ahora es almacén de puertas rotas y orina.

Fuente: PlayGround

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