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martes, 21 de junio de 2016

"Las escaleras de Belvedere", Capítulo IV (final) - Hermenéutico

    El arma no podía estar cargada. Sin embargo los hechos decían algo muy distinto. 
¿Un hecho fortuito de una materialización espontánea? Difícilmente, los milagros deben ser tenidos en cuenta como la posibilidad tan lejana que no es una posibilidad. Antes había que ver en el factor humano: un error..., una traición... 

   Pero ¿quién? ¿X., hombre atormentado por la indiferencia de una mujer a quien deseaba darle una última ofrenda viendo caer en desgracia a su antiguo amor frustrado? ¿Una ofrenda perfecta y circular y así vivir para siempre en ese instante en que aún podía imaginarla suya, sabiendo que no lo era? ¿Trama perfecta? ¿Circular siquiera? El rector no tenía por qué tomar el informe para formar parte de su delirio. Y eso bastaría para alterarlo todo.

    Acaso no se tratara del desgraciado profesor. Un secuaz con ilimitado acceso a su oficina, libre de manosear su gabinete con desparpajo en su ausencia. Un rencor secreto, una envidia en verdad no muy bien disimulada si W. se tomaba la molestia de recordar un poco a las actitudes de su secretario. El mismo que había preparado el informe. Él, que había traído a comparecer, no muchos momentos atrás, a X. frente a W.

   Si W. no hubiese sabido lo abreviados que eran los sesos de su secretario, seguramente se habría inclinado por esta tangente de secuencias.


   Y aún así quedaba una posibilidad última.

    W. se distrajo al escuchar el sonido de las sirenas policíacas acercarse por la calle. Primero un silbido de advertencia y luego ya furiosamente. Durante un instante W. consideró despedir a su secretario a primera hora, nunca hacía lo correcto sin consultarle antes, y ahora, había actuado una vez más sin consultarle y levantado el tubo para telefonear al destacamento. Y no se había tomado la delicada cortesía de averiguar antes a qué se debía el estallido. Se maldijo por haber alguna vez accedido a ese contrato y se prometió a regañadientes que el siguiente en su lugar sería algo menos inoperante.

    Entonces la idea acudió agitando las sangres en su rostro. W. sintió cómo la respiración se le aceleraba y algo muy parecido a la furia se atoraba en su pescuezo, produciendo profundos y guturales sonidos de odio. Sintió nauseas y tuvo que hacer un esfuerzo para que no devinieran en arcadas de su propia estupidez. Él lo había leído todo. Una y otra vez y había olvidado el final. Había hecho todo al pie de la letra desestimando lo que estaba viendo discurrirse ante sus ojos como antes había visto anticiparse el paso de las líneas. Y aún así lo había olvidado. Había olvidado que esa mañana se llevó una bala al bolsillo al salir de casa nada más que porque en el cuento así estaba escrito. Una sola y suficiente bala que a sus expensas haría por otro justicia a la mujer que él no había amado, a los brazos de la mujer que no había deseado. Ese maldito cuento le había ocultado hasta el final que en verdad estaba encerrado, un títere, una marioneta que jamás escaparía. Dicho al final ya no importaba, pues él estaba obligado al movimiento de la caída, y una vez en el principio, él sólo sabría lo que el cuento dijese que sabía. Nada más. Ahora sí le era permitido saberlo, estaba enjaulado por el que yacía a sus pies por una venganza de desamor de una mujer resentida y manipuladora que había aprovechado la idea del pobre idiota enamorado. Y le había dado un nombre. Y el maldito idiota había hecho lo que de él se esperaba que hiciera y ya, sin más.


   W. miró al cuerpo que estaba mojando su alfombra, lo esquivó de un salto, echó llave a la puerta y volvió para sentarse en el sillón, a un extremo del escritorio. Ya podía oír los pasos sobre las escaleras que venían hacia él. Se obligó a serenarse al escuchar los golpes a la puerta. Aún tenía una opción a la ignominia y la vil prisión de los comunes. Era culpable, plenamente culpable de lo que le habían obligado a hacer. ¿Pero cómo lo explicaría? La bravata de lo de presentar el informe no era más que eso. En principio, no bastaba para matar un hombre y lo sabía. La policía investigaría y descubriría su relación con Z., y la relación, si así se atrevían a llamarla, de X. con Z. Todo encajaría. “Triángulo amoroso entre un rector, una profesora, y un loco cómplice de terroristas para un final anunciado”, ese habría sido un titular extenso, pero muy de su agrado. Tenía que reconocer, aún así, que era una chanza un tanto cínica, sobre todo por lo referente al desenlace. No habría alegatos suficientes, y de haberlos, no habría carrera profesional que lo soportara. Sin embargo todavía existía una alternativa, durmiendo como un mal sueño que era también delirante escapatoria sobre el escritorio. Una prisión en la que conservaría su vida, su carrera y hasta su despacho. Para siempre, pero sólo eso. Se rió. W. se rió descontroladamente mientras escuchaba los golpes a la puerta y los frenéticos y protocolares anuncios policíacos de presentación. Golpeaban pero no tiraban la puerta abajo, un insulto de respeto dadas las circunstancias. Y a que no había otras puertas de escape. 

   Todavía su pipa echaba algo de humo y se la llevó a la boca. Era tangible de posibilidad que él mismo fuera a esas alturas sólo una versión más de una decisión que llevaba miles de veces siendo. Un eco de un recuerdo con formas de nostalgia repetido sin hartazgos. El instante parecería dilatarse indefinidamente hacía el infinito. Si el rector hubiese creído que fuera posible, habría dicho que por momentos escuchaba los pasos en las escaleras y las patrullas alejarse. El tiempo estaba tan estático que parecía repentinamente inverso y artificial. Sólo ahora que era tarde, llegó a él la idea de que podría haber escapado si tan siquiera lo hubiera intentado. Habría tenido el tiempo suficiente y la oportunidad allí estuvo, y había ya pasado.

   W. estaba confuso y por un instante creyó todo esto era un recuerdo, quizás ajeno, de algo ya diluido en el tiempo. Tal vez ni siquiera fuera él el protagonista sino una sombra evadida a la memoria de la muerte, apenas un destello lúcido de un fantasma.
  
   Esto no podía ser: él estaba pensando, ergo, él tenía que estar existiendo.

   Pensando, ¿o recitando?, le dijo detrás de su mente una voz afilada como el puntazo de una avispa, que lo persuadió de estar siendo víctima de un parásito de la antropofagia discursiva.

   –¡Maldito seas! – gritó W. al cadáver escupiendo rabias en su dirección, pero X. no reaccionó, su boca babeaba de rojo aún y su mirada se perdía en órbitas vacías y ausentes –. ¡Ésas no son mis palabras y las otras son tus réplicas! – insistió, usando la familiaridad en su trato, al que la muerte y el rencor le autorizaban.


   W. tembló y se sostuvo del borde del escritorio. Seguían llamando a la puerta y era aún la primera vez que llamaban.

   –Pero al menos estás muerto... – había asomado esa idea y más rápido otra había venido a suplantarla. Sí, estaba muerto, pero en el eco estaría vivo por siempre a costa suya. Y antes de morir hasta se había atrevido a soñar con que era amado por la señorita Z., y ese instante repetido en la eternidad por el número de la eternidad se haría también eterno. 

   El paraíso mismo en la mente de otro, que jamás moriría, porque había sido transformado en esclavo de un extraño experimento de las formas de la idea.
El rector se odió por no poder resistir todo lo que llegaba a su cabeza. Se sentía atado al libro como un pusilánime y lloraba. Y lloraría por siempre y se sentiría un pusilánime por siempre.

   Ella había sido demasiado cruel, nadie merecía ese tipo de inmortalidad. Al menos el escritor iba a tener piedad con él, pues si sufriría eternamente, no sufriría más de lo que lo había hecho la primera vez. Y la inmortalidad no era poca cosa como para no tener que pagar cierto precio por ella, ahora que podía verlo así.

   W. rió sin ganas. Al menos este pensamiento reconfortó al rector cuando fatalmente cometió el error, conciente, obligado y vulgar, de volverse al informe y releer algo que aunque distraídamente, como para corroborar lo que ya sabía, fue suficiente para caer en la trampa que los primeros trazos del cuento le tenían preparada:

   “Las escaleras de Belvedere, I, W.; W., o para ser justos, a quien por razones de discreción llamaremos W., había encendido su pipa y aspirado tan profundamente como si fuera lo único en que realmente tuviese que ocupar su mente, permitiéndose un momentáneo olvido para mirar hacia el mundo exterior por las rendijas de la persiana a medio abrir...” .


- Jacques Pierre

Del libro "Crónicas Circulares": Jacques Pierre  

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