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martes, 21 de junio de 2016

"Las escaleras de Belvedere", Capítulo III - La profesora de artes

  –Temo que no es necesario que diga que no soy ningún galán del que necesiten las artes del cine – W. no se sorprendió de escuchar esta obviedad –. Y sé que a usted al principio no le importará todo esto, pero es necesario que lo sepa para que comprenda lo que está pasando. Sí, tiene usted toda la razón, soy un escritor mediocre y tampoco voy a negarlo. Mis escasas publicaciones casi se limitan a libros de texto...

   –Así debió de haber continuado siendo – gruñó W.

  X. vaciló un instante.


  –Tengo que estar de acuerdo en eso – suspiro –. Lo lamento. Pero el amor no es reconocido por sacar a flote nuestro lado más razonable. Y mi amor por la señorita Z.  es genuino, es genuino y sincero y siempre lo fue – suspiro y silencio –. La conocí en la sala de profesores, en la hora del almuerzo, hará ya tres años atrás. Ella llevaba un vestido largo y azul y había recogido su rubia cabellera con un moño del mismo color delicadamente intenso. ¿Cree en el amor a primera vista, señor W.?

   –Lo que creo, es que será mejor que esto conduzca a alguna parte – fue la respuesta.

   –Yo no creía – dijo X. sin oírlo, sumido en sus recuerdos –. Y sobre todo no creía que ella pudiese fijarse en mí, un mísero profesor de filosofía...
W. sirvió más brandy en las copas y a su pipa en su boca. Al parecer la pócima aceitaba la garganta de su invitado. La hacía nostálgica, sí, pero algo en su interior le decía instintivamente que provocarlo un poco más sería de provecho. Conocía el contenido de la cátedra de la señorita Z. y quizás este relato no fuese totalmente casual después de todo. 
  
   Podía entrever una ilación, es cierto que nada coherente, pero una conexión al fin y al cabo. Había decidido esperar a ver qué más había.

  –Retórica y dialéctica hegeliana. Algo que se me ocurre muy apropiado ahora.


  –Oh sí – respondió X. con un dejo de vano orgullo –. Esa es mi especialidad, todo mi mundo. O lo era, hasta que chocó de frente con ella y quedó hecho añicos. Estaba enamorado y sabía que ella jamás lo estaría de mí; no hay más grande frustración en el mundo que eso. Me sentía inferior, y no sólo en mi carácter; mi aspecto, bueno, no soy el tipo de hombre que pueda tener una mujer como ella. No me agrada la idea, pero la reconozco válida. Aún así tenía que hacer algo, intentarlo siquiera. Las primeras veces que hablé con ella fueron poco menos que una catástrofe: un tartamudeo galopante no es el mejor aliado en las horas de conquista, señor W. Fue entonces que decidí valerme del viejo uso de un héroe narigón. Había averiguado por un amigo en común que ella era soltera y eso hizo dar nuevos ánimos a mis esperanzas – X. bebió nuevamente de la copa y miró con cierto aire de desconcierto a ningún lugar en la habitación. En opinión de W., este hombre se hallaba más cómodo en sus recuerdos que en cualquier otro sitio –. Yo mismo no podía caber en mi sorpresa: al parecer las epístolas misteriosas habían tocado las fibras apropiadas de su romanticismo. Sería demasiado decir que los resultados habían sido prometedores, y no diré tanto. Pero sí había despertado algún interés en ella. Y desde entonces, yo podía todas las semanas sin falta dirigirme al correo y abrir el apartado postal anónimo, con total confianza en que allí estaría una de sus cartas. Sé lo que estará pensando, pero nada más alejado del corazón de la señorita Z. como el cinismo, ella no supo quién era su admirador sino hasta el final. Así, poco a poco, descubrimos que teníamos mucho en común, y aunque tomé el recaudo de jamás mencionar explícitamente a ningún autor o concepto de mi área que resultara sospechoso, pude descubrir que nuestras perspectivas de la vida no eran en modo alguno disímiles. Es más, mi afición por algunos conceptos circulares muy bien podía adaptarse a su profunda pasión por Escher. 
   
   No era un artista desconocido para mí ni mucho menos, pero ciertamente bajo la mirada de Z. tenía un misticismo particular al que adherí y tomé como propio muy pronto. Estoy seguro de que la señorita Z. tiene a su cargo una cátedra ejemplar de Arte Moderna, su visión y saber no dejaron de admirarme jamás. Y esto, volcado a las matemáticas en las perspectivas del arte escheriano, produce un efecto que es simplemente atrapante. Durante meses nos dedicamos a debatir y analizar su obra y tras el correr de cada correspondencia germinó en mi mente una idea que estaba seguro daría sus frutos. Si había fracasado yo, mientras que mis líneas habían ganado su confianza desde un primer instante, quizás fuera una de esas escaleras imposibles la que irónicamente me llevara a la puerta de su corazón. 
  
  A ese entonces fue que me embarqué en un proyecto por mi cuenta y sin provisoriamente decirle nada al respecto. Escher genialmente había trasladado a la realidad conceptos simples de las matemáticas que se decían imposibles para el mundo, pero que él había dotado de una incipiente magia que extrapolaba hasta sus límites el poder de las perspectivas. Y si yo en verdad no era capaz de seducir el espíritu de la señorita Z., cautivaría su mente haciendo de Escher una obra literaria a la par de mi amor por ella. A como diera lugar. Finalmente, cuando mi idea fue un esbozo suficiente, se la comuniqué; y también lo que deseaba a cambio. Le llevó un tiempo decidirse y yo entretanto insistí y argumenté ferozmente a mi favor, hasta que persuadida de que sería posible, ella aceptó. 
  
  Tan ciegamente admiraba lo imposible de esas artes, tan enfermizamente deseaba vengarse que sólo mi promesa fue suficiente para que ella confiara en que las matemáticas del papel podían llevarse también al mundo.

  A X. no le importó nada que W. todavía no le creyera y tensara bajo su mirada cada átomo en una cadena de nudos de aire entre ellos. El profesor tenía más para decir y así pensaba hacerlo.

  –Yo cuando pienso en el amor, no puedo pensar – dijo X. –. En verdad lo lamento por usted, pues ella me dio su nombre y yo no pude negarme. Usted la había rechazado ¿Cómo pudo? ¿Cómo puede un hombre negarse a una mujer así? – W. se movió incómodo en su sillón, sintiéndose acusado, pero ante el gesto que empezaba, X. no le permitió seguir y objetar –. Z. mencionó a otra mujer y aún lloró por ese recuerdo. Usted tiene demasiada suerte señor W. Ella no dejó de nombrarlo durante la noche que vino a mi cama. Una y otra vez entre sus jadeos no intentó jamás esconder que ni siquiera me estaba viendo a mí. Era usted. Yo era sólo un animal a su lado, una forma bamboleante sobre ella pero con su rostro, un camino a lo que realmente deseaba. Era usted – el rector ensayó una mueca de asco que X. no interpretó –. Oh no, no lo odio por eso. No. Al contrario, le estoy profundamente agradecido porque sé que ella jamás hubiera notado que existía de no ser porque quería que yo vengara su odio y vergüenza a cambio de un instante fugaz de amor. ¡No se burle! A veces es a sólo un instante de plenitud a lo que podemos aspirar algunos; no usted, claro... Usted tendrá mucho, mucho más – infló su pecho y se pavoneó en el asiento queriendo hacer una mofa que no provocó más que la abierta repulsión de W. –. Pero algunos sólo tenemos ese abrir y cerrar de ojos para la felicidad en toda una vida solitaria y sin propósito. Aunque yo lo tendré para siempre y para esto revivo ahora ese recuerdo que gracias a usted será eterno.

  – ¿Es todo? – dijo W. –. Será lo mejor que se marche de inmediato, ya tuve bastante de usted. Tendrá mucho para pensar sobre lo que le dirá sobre el asunto del atentado al presidente. No espere que mi informe le sirva de algo. Busque un abogado... y ayuda también: está enfermo.


  – ¡Aún no! – gritó X. dando un puñetazo al escritorio que sorprendió a W. –. Tiene algo que hacer todavía, señor W. – señaló la gaveta de cristal donde dormía la Colt –. Así está escrito. Debería saber cómo funciona Escher. No hay inicio en él, su obra se ve a sí misma para volver a empezar. Alfa, omega, en él no son diferentes. Y de eso hemos estado hablando. Un eco de espejos y un rebote del ser. Un espejo volteando a verse, mirándose de la verdad misma como un movimiento retórico que se dice a sí mismo. Una verdad eterna que existe de su misma esencia egoísta. ¡Tomé el arma, sólo a eso he venido!

  – ¡No sea ridículo! No voy a matarlo.

  – Tiene qué – dijo impasiblemente –. Durante tres años esperé este momento viviendo de sólo aquél momento con ella en la mente. Cuando el cuento estuvo terminado ella volvió a tratarme con la repugnancia con que me mira cualquiera y esto era todavía más doloroso que antes. Eso es el infierno, señor W., y ya estuve suficiente tiempo en él. Lo que ambos debíamos hacer ya estaba hecho y a ella le quedaba esperar. Y a mí también. Esperar a que el candidato fuera presidente. Esperar a que el terrorista se armara como yo había dicho que debía ser. Es que siempre me ha gustado el melodrama, es como si le diera importancia a las cosas; y esta oportunidad era deliciosa como para servirse de un buen toque de pantomimas. No, no piense que voy a decirle cómo ni con qué matemáticas tomé las perspectivas del futuro. Usted podría escaparse y no quiero eso. 

  – El arma no está cargada – dijo W. sintiendo que se irritaba más de lo que deseaba y con movimientos rígidos dejando su pipa en el platillo.
X. no se detuvo.

  – ...Y luego esperé, impacientemente, hambrientamente a que usted me llamara. Y aquí estoy... esperándolo una vez más.  
W. enfureció, no podía entender por qué, pero procedió como jamás lo hubiera hecho. Quería demostrarle su estúpido error, su fallo en el cálculo. Quería darle a ver que había sido simple suerte su predicción. Pero que por sobre todo, quería que X. viera cómo no tenía ningún poder sobre él, que él hacía lo que se le venía en ganas y que no era una marioneta de nadie. W. se levantó como un resorte y fue hasta el gabinete de cristal de la Colt.

  –¡El arma no está cargada! ¡Vea! – y W. tiró del gatillo, sorprendido por la detonación que le siguió...


Continúa en: 

"Las escaleras de Belvedere", Capítulo IV (final) - Hermenéutico

Del libro "Crónicas Circulares": Jacques Pierre  


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