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martes, 21 de junio de 2016

"Las escaleras de Belvedere", Capítulo II - El montaje de la escena.

    X. llevaba un traje a cuadros muy incómodamente grueso para aquél día. Al parecer el repentino calor había tomado a muchos por sorpresa; las fechas del almanaque se habían estirado, pero el invierno había sido reticente hasta entonces. Visiblemente el sombrero gris había sufrido la batalla de sus nervios y estaba empapado de sudor, exprimido una y mil veces entre sus inquietas manos. El hombre era pequeño y de rostro exagerado y desagradable; con finos cabellos escasos por su finura y alboroto, no por su poblado número. Rubicundo en parte aún por el calor del exterior y en parte, quizás más importante ésta, por la ansiedad y la genética. W. juzgó con todo que esta ansiedad, si es lo que era, debía por su expresión tener más de expectación que de sometimiento. Sus órbitas celestes y hundidas aún así no expresaban demasiado y sus labios, que alguna vez habían mostrado una sonrisa fácil y amable, estaban ahora convertidas en una temblorosa mueca de pavor, pero no ante el rector, sino ante las circunstancias y lo que proyectaban.


   –Se avecina una tormenta, ¿no es verdad? – W., en el tiempo que había pasado mientras X. entraba, había girado su silla hacia la ventana, manteniendo una actitud ausente y pretendiendo no prestarle demasiada atención –. No he salido afuera en toda la tarde, pero apostaría a que así es.

   X. entendió esto como algún tipo de consulta, y asintió compulsivamente para todo lo que esto pudiese significar.

  –¡Qué modales! – dijo W. en un regaño a sí mismo, como si volviese de un letargo y girase hacia la recién notada presencia de X. –. Por favor profesor, sea bienvenido. Me he tomado el atrevimiento – señaló la copa que esperaba en el extremo más próximo a su invitado –. Quiero decirle lo que ya sabe: aquí estamos de su lado – añadió sin excesivas intenciones de decirse convincente.

   –Lo sé, lo sé. Gracias – X. accedió a ambas cosas, con más confianza en el brandy, y bebió un largo sorbo al que W. aprobó con un sonido de su garganta y un sorbo a su propia copa, tras alzarla suavemente a modo de brindis por vaya uno a saber qué razones.

   –Son tiempos difíciles y vendrán peores. El gobierno ha resultado tener más enemigos de los que aparentaba, eso es cierto. ¡Ahora surgen debajo de cada piedra! – hizo un gesto con su mano volteándola de su palma al dorso, que vino a querer demostrarlo –. Pero no debemos perder nuestra perspectiva, eso nunca. Verá usted, profesor X., en estos momentos es cuando se sabe quiénes son los amigos, es ahora cuando las aguas se dividen que no podemos permitirnos como institución el que el tornillo más frágil de la maquinaria sea defectuoso. Habrá una cacería y eso usted lo sabe – la saliva de X. bajó apresuradamente: intentaba dar golpecitos que al caer reanimaran el compás con que se suponía debía latir su corazón –. Iré al grano: ¿Cómo podrá explicar su situación?

  –Señor W., yo... yo...


  –Me refiero a que nadie lo creerá. Es demasiado sospechoso. Quizás sea un atenuante que su cuento haya sido publicado... ¿cuánto? – W. consultó la portada del informe – ¡Dos años!... Dos años antes de que este breve presidente fuera electo. Eso es mucho, es verdad, apenas empezaba a perfilarse como candidato y su nombre era bastante común si hay que decirlo. Eso contará a su favor, supongo. Pero todo lo demás... usted hasta cita con ambos nombres las calles de la intersección en que fue emboscado. Puedo concederle que el escenario no es demasiado insólito en estos días: una multitud festiva, un automóvil andando a paso de hombre y otros suficientes elementos dados para que aparezca en escena un fanático religioso, descompuesto de ira por el curso legislativo que está tomando la nación y dispuesto a inmolarse contra quién cree el responsable. Aunque supongo que al menos en este punto había que darle la razón –W. levantó la copa para beber otro trago, apartando la boca un poco para pronunciar su última frase, acompañándola de una locuaz mueca –. En cuanto a su historia en sí misma, nada original si me permite a mí una pequeña licencia para la crítica literaria. Lo penoso de todo esto es que a colmo de males usted menciona el día exacto, el número de granadas que llevaba el hombre, su aspecto, el lado por el que se aproximó al presidente, la frase que gritó y la que el presidente exclamó en respuesta y... usted desastrosamente acierta en ubicar en milímetros correctos el orificio fatal en el oído derecho. ¡Por dios santo, justamente por el que entró la mayor esquirla! Son muchas coincidencias para mi gusto y seguramente lo serán para los investigadores. Habrá demasiados curiosos y tendré que responder a demasiadas preguntas. Es sabido que los terroristas no actúan solos: ya se está hablando de células bien organizadas a diestra y siniestra. Y es aquí dónde me preocupo, donde las cosas empiezan a gustarme un poco menos que a cualquiera hoy día. No me entusiasman las implicaciones de lo que está pasando y quiero que me diga qué es lo que voy a responder a todo el mundo cuando esto se sepa, quiero saber por qué escribió este cuento. ¡Maldición, ni siquiera pasa de ser una escritura mediocre!

   X. infló su pecho con la intención de parecer confiado en lo que diría pese a que su voz avivada temblaba mucho más allá de su control.

  –Espere usted, se está apresurando demasiado. Verá que, en todo sentido la muerte del presidente es un accesorio catalizador, una excusa si lo prefiere; una historia secundaria que sólo sirve para encaminar a la trama principal. Usted todavía no me ha preguntado lo que realmente quiere saber – bajó la mirada y notó que estaba restregándose el sombrero contra sus muslos –. Sí, sí hay un por qué. Es más bien un para quién. Aunque me molesta más de lo que podría imaginarse que a usted le preocupe tanto esto y no cómo lo hice. En última instancia he escrito el futuro y esto tiene tal fuerza de verdad que debería maravillarlo por sí mismo. El hecho en sí es un agente fortuito, sólo una evidencia de que he conectado el paso del tiempo y arrancado de su curso una muestra anticipada. ¿Y a usted sólo le interesa el por qué? – X. zarandeó la cabeza, recuperando algo de su ánimo al terminar el brandy en otro trago –. No, ahora mismo se está preguntando por qué aparece usted en el cuento...


  W. odiaba sentirse acorralado y frunció el entrecejo. Su mandíbula se reacomodó con asco pero sin sabor, cruzó sus brazos sobre el pecho y reclinó suavemente la cabeza a un lado. 

   Lo estaba escuchando...


Continúa: 

"Las escaleras de Belvedere", Capítulo III - La profesora de artes


Del libro "Crónicas Circulares": Jacques Pierre  



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