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domingo, 15 de mayo de 2016

La odisea de sacar un libro de la Aduana... en 10 sencillos pasos de parodia

Hasta antes de que se habilitara la importación recientemente, en Argentina se podía conseguir libros sin fronteras... pero con peaje. El kafkiano circuito de trámites que se exigían hasta no hace mucho, además de los y pagos por la AFIP y el Correo para retirar un texto enviado desde el exterior hacían de querer un libro que no se conseguía en el país, una odisea insufrible.




Quien haya recibido un libro de regalo sabe que la forma del paquete suspende la intriga. Pero si el regalo viene del exterior, el misterio residía en descifrar el trámite necesario para hacerse con el libro. Requería de 12 pasos, tres o cuatro horas entre tiempo de computadora y espera en el Correo, y al menos 40 pesos aunque el remitente haya pagado el traslado hasta su puerta.

Suponiendo que el libro viaja por Correo Argentino, un día el cartero deslizaba por debajo de la puerta el aviso indicando ir a la oficina postal del barrio. El paso inaugural era dirigirse allí y cambiar el papel recibido por un cartón más formal que importa por dos cosas: constaba en él un número de envío, algo así como el DNI del libro, y un cartel adviertía que se debía cumplir con la resolución 3579 de la AFIP.

Paso 2: googlear la resolución implicaba saber que había que completar el formulario 4550 de AFIP. En en el sitio del organismo había que habilitar un servicio ad hoc: “Mis aplicaciones web”. Por muy familiarizado que uno esté con la página, hacía falta machete: existía una guía oficial, contención psicológica en foros y hasta un tutorial de DHL.

Superada esa instancia, se debía ir al paso 3: se completar el formulario (otra guía en www.afip.gob.ar con un pdf paso a paso). Había que describir el libro que uno no había visto, cuál era y cuánto costó –la regulación obliga a preguntar al remitente generoso, lo que arruinaba la sorpresa si se trataba de un regalo. Se accedía así al recibo del trámite que convienía imprimir antes de avanzar.

El paso 4 dejaba atrás la virtualidad. Estábamos cerca del paquete, en Letonia y Antártida Argentina, detrás de la Torre de los Ingleses. Allí funciona el Correo Internacional y nos reciben en la calle: un guardia de seguridad privada exige el cartón del Correo y señala dónde firmar y dónde hacer la próxima fila. 


Paso 5: un empleado del Correo nos exige el DNI, entrega un número tipo panadería y nos redirige al mostrador amarillo. No vale la pena preguntar si alcanzan los papeles que llevamos –el acuse de recibo y el mencionado cartón–: el empleado responderá indefectiblemente “No sé, soy empleado”. Muchos llegan a Retiro sin saber cómo avanzar con el formulario 4550. Fernando, otro guardia de seguridad privada, anota con paciencia el paso a paso del sitio web de la AFIP. Si sus instrucciones no alcanzaban, un locutorio en la entrada del ferrocarril San Martín gestionaba el formulario por 45 pesos. De vuelta en Letonia, el paso 6: con el cartón se calculan los días de depósito de la encomienda, y se cobra –por el tamaño y el peso de un libro– 8 pesos por día. A eso hay que sumar, sí o sí, 40 pesos de tasa aduanera. El paso 7 era pagar (¡por recibir un regalo cuyo viaje ya estaba pago!).

Con la deuda saldada, el paso 8 era sentarse en una silla ya reclinada a fuerza de fiaca ajena, y esperar que por una de las dos pantallas aparezca nuestro número. En la otra pantalla, en silencio y en continuado, canal Encuentro. Esa espera duraba, digamos, media hora. Cuando aparecía el número en la pantalla, uno se iba a la segunda y última cola del trámite: el paso 9. Había que esperar parado entre una y dos horas. Si la cola era larga, se salía del área con aire acondicionado, hasta se salía del edificio y llegaba el olorcito de los choripanes que se venden en la puerta a 17 pesos. Algunos leen, otros juegan con el celular, y los más chicos preguntan qué son esos dos aparatos que cuelgan de la pared: “Teléfonos públicos”, contestan los padres, y se nos caen las sotas a varios.

Vencida la larga cola, ocurría el paso 10, el definitivo: íbamos al mostrador con el acuse de recibo, el formulario impreso en el locutorio, el ticket de pago en el correo. Un empleado buscaba el paquete y otro, de guardapolvo, nos preguntaba qué es. Y nosotros, con la documentación preparada, contestábamos. “Los papeles dejalos, para los libros no hace falta”, dice, y vemos naufragar las horas perdidas.

En teoría, la reglamentación para importar envíos postales exceptuaba a los libros. Pero en la práctica, cada inspector con su librito: si quería pedir los papeles, los pedía. Y si no estaban, el libro quedaba guardado. De hecho, si uno compraba el libro en el exterior y lo hacía entregar vía DHL o FedEx, las empresas de correo privado instaban a completar el formulario antes de entregar la encomienda. “Mejor venir con los deberes hechos”, recomendaba un empleado postal.

Si de abrir regalos se trata, eran más divertidas las prendas de la “Búsqueda del tesoro”.
Pero afortunadamente, la apertura (real) de las importaciones hace que se normalice este trámite y vuela a permitirse el paso libre de los libros.

Autora: Julieta Roffo (actualizado)

1 comentario:

  1. En La Plata (cruzo los dedos) ya se agilizó el trámite. Recibí dos veces libros en mi casa de Book depository en el último mes, espero que siga!!

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