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sábado, 2 de abril de 2016

Los cementerios son infinitos - Jacques Pierre

Darwin Cementry - Cementerio de soldados argentinos - West Fackland



En Malvinas hay 649 argentinos y 255 ingleses que por decisión de dos líderes a los que les importaban muy poco, finalmente y forzadamente, comparten la tierra por la que los mandaron a morir. Y la tierra, que es más sabia que los prejuicios de los hombres, los recibió sin preguntar nacionalidades, ni por la justicia de sus causas, sin consultar orígenes ni castas sociales, los tomó en su regazo como siempre hace con todos sus hijos.


Mientras Leopoldo Galtieri y Margaret Thatcher tomaban el té de las cinco en La Rosada y bebían whisky en la Cámara de los Comunes, los soldados británicos y argentinos morían sin siquiera haber sido presentados, en el anonimato, en parajes desconocidos que no los querían allí con sus guerras y los rechazaban con su frío y tempestades, con sus noches eternas de bajas latitudes. Y así, sus destinos hermanos que otros sellaron desde el abrigo y la seguridad, fueron reunidos bajo la tierra que la ambición de aquellos les hizo creer era la razón de su lucha.



Los cementerios son el abismo infinito de las promesas truncas. Son todas las manos que ya no abrazarán, todas las mentes que no enseñarán y todos los labios que nunca volverán a amar. Son una piedra angular para el recuerdo de todo lo que pudo haber sido y no será ya jamás, y las guerras son el mayor delirio humano, que riega los campos con su propia sangre, con la terrible tristeza de ser semillas que fueron sembradas para nacer muertas, sólo porque dos pensaron que era una buena idea.

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