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domingo, 4 de octubre de 2015

NUBES NEGRAS: Guerra de Traiciones


   Les dejo el primer capítulo de esta primera entrega de la saga, ¡espero que lo disfruten!   Recuerden compartir su opinión!   Y PODRÁS LEER LOS PRIMEROS CAPÍTULOS AQUÍ: relinks.me/B014J94YMMO aquí: rxe.me/J94YMM

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Brion

  “Antes, antes incluso del principio de los cielos,los hombres andaban como las bestias, reptaban como las bestias,y eran de la tierra como las bestias.” Del “Libro de los principios, versión para el Emperador Nakbar”.


   La montaña de nubes resultó más alta de lo que parecía a la distancia. Lo que pensaron sería una colina más de las que llevaban atravesando durante las últimas jornadas, pronto se transformó en un muro demasiado exigente para las exhaustas y sobrecargadas monturas, y tuvieron que dejar a los cisnes en el valle, junto a la mayor parte de las provisiones.  Tindell, que a los ojos de Rall y Brion era un experimentado rastreador y miserable mandamás de primera línea, ni siquiera consideró su cansancio cuando saltó de su animal y ató las riendas a las alforjas que apiló a un costado. 
  —Están fatigados— por supuesto, hablaba de los animales—, no podremos escalar hasta la cima con ellos. Lleven sólo lo necesario para pasar la noche, creo que estamos cerca.
  ¿Cerca de qué? El viejo había olido algo, había visto algo. Quizás unos pájaros migrando en la dirección equivocada, quizás escuchó un rumor en el castillo, o fue un sabor extraño en su copa de vino. También podía ser una nube negra de mal augurio. Podía ser cualquier cosa, pero se lo había guardado. Y ellos lo habían seguido, porque su oficio era rastrear, sea lo que sea, y el de ellos acompañarlo en su cacería e intentar aprender de lo que hacía y sus razones por poco que las explicara.  Esa era una región remota, abandonada al olvido. Hacía tiempo que parecía no tener provecho ni cuidado, y eso la hacía peligrosa. Si las amarras de los antiguos hechizos fallaban y los contenedores dejaban de retener las nubes bajo sus pies, lo que era el suelo que pisaban en un instante podría convertirse en un abismo, y caerían. Caerían para siempre.
  — ¿Hace cuánto estás a su servicio? — preguntó el joven Brion con aprensión, cuando creyó que Tindell no podría oírlos.
  —Sabe lo que hace, aunque no nos lo piense hacer fácil — dijo Rall que trepaba unos pasos por arriba —. Estás nubes soportarán — dijo además, viendo lo sencillo que era leer el vértigo que asomaba en el joven.
  — No es eso lo que me molesta. Bien podría decirnos qué es lo que buscamos.

  — Guarda respeto, muchacho. — Le apremió con dureza—. De todos modos dudo que él mismo lo sepa con certeza, pero de Tindell se dice que nunca ha perdido un rastro — reflexionó más sombrío—…fuera el rastro que fuera.
  — ¿Sabes? Yo ni siquiera pienso que pueda ser un buen rastreador, pero mi madre creyó buena idea que fuera su pupilo, y acercarme al castillo.  Uno más, quién sabe de cuántos. 

   Fuera de la ciudad era común creer que en el castillo del clan Molero la vida era un cuento de hadas, que había oportunidades esperando a todo el que quisiera ir por ellas. Muchos de los ducados de Nuberia habían sido creados por el favor imperial en otros tiempos por sus méritos y fidelidad, pero desde que la paz había vuelto a romperse todas las dádivas y promesas aguardaban en vilo. La reciente tregua era frágil aún y muchas cosas estaban por verse. Eran tiempos más propicios para alejarse del castillo y sus intrincadas telarañas de intrigas que de pugnar por traspasar sus puertas.      Rall había visto cómo los nobles trepaban rangos nobiliarios y mercadeaban por la merced de un día, y al siguiente su esfuerzo había sido arrebatado por alguien más. Entretanto eran otros, sus plebeyos, ajenos a lo que se negociaba con su sangre derramada en los campos de batalla, los que se batían por miles en escaramuzas que sólo servían para ensanchar o trozar los mapas en las mesas de sus amos.      Cuervos despellejándose las plumas con delicadeza y buenas formas, sólo eso eran, siempre que fueran otros los que padecieran sus hipocresías y mezquindades. Pero alguien como Rall sólo podía verlo por fuera y entenderlo superficialmente, para saber lo que en verdad pasaba, era necesario ser parte del juego. Él sólo había sido un peón con la fortuna de salir ileso en la última guerra allá en el norte.
  — Has escuchado muchas cosas del castillo Molero en la Ciudad Capital, ¿verdad niño? — Brion asintió tontamente, y volvió la vista para asegurarse de no perder el paso a Tindell —. Pues bien, todas son ciertas —Brion lo buscó con la mirada, expectante —. Pero lo que hayas oído del Salón Real nunca hará justicia a ese sitio.
  — ¿Has estado allí? — Rall asintió —. Cuéntame más.  Tindell los miró sobre su hombro, podía escuchar vagamente su conversación, sabía cómo seguiría, pero decidió prestar atención. Siempre era bueno ver con los ojos de los jóvenes a lo que la rutina hace perder su magia.
   — Fue una vez que el maestro y yo volvíamos de una campaña a traer un mensaje de uno de los consejeros reales. No lo olvidaré. Cuando abrieron las puertas sentí como el cielo se abría con truenos a nuestro paso. Tan altas son esas hojas que se necesita de no menos de cinco hombres fuertes para mover cada una, y son tan altas como si los pusieras a todos ellos, a unos sobre los hombros de los otros. Y aún necesitarías de cinco hombres más, con sus brazos extendidos, para medir el ancho de esas maderas talladas con exquisito detalle de batallas y cacerías. Sus doce columnas interiores se cierran en un arco que custodian seis gigantescos dragones tallados en plata, todos ellos mirando al majestuoso trono del centro, que es alto como dos hombres y diseñado en plata pulida que simula ser el abrazo de un cisne erguido y majestuoso. — Brion estaba extasiado, había escuchado mucho de aquello, incluso algunas cosas las había conocido como varias veces más grandes o imponentes, pero Rall realmente había estado allí, sus ojos habían visto todo lo que narraba, y sabía que aún faltaba lo más increíble—. Sin embargo, todo eso queda en segundo plano si lo comparas con el piso del salón. No hay alfombras ni mármol, sino una capa de cristal que deja ver lo que somos, que deja ver qué lugar ocupamos en el mundo. Así es muchacho, todo el salón real parece suspendido en el aire y hacia abajo puedes ver montañas, desiertos, tristes arroyos casi secos y los pueblos de Tierraplana. Y te aseguro que nada te prepara para ese vértigo de caminar sobre el vacío, no a menos que fueras un pájaro. Yo apenas pude contener el terror aquella vez, y si recuerdo tan bien a esos dragones, es porque prefería el miedo a esas cuencas vacías en su mirada de odio, que mirar por dónde iban mis pies andando sobre la nada. Sé de muchos que han venido a rendir pleitesía a nuestro emperador, y lo han hecho con los ojos vendados por no poder resistir la visión.

— Suficiente de cuentos — cortó Tindell desde arriba—, estamos llegando a la cima.
   Y así era, unos pocos pasos más y el cielo anaranjado del atardecer lo cubrió todo en el horizonte. Excepto hacia abajo. Tras la colina que acababan de escalar se cortaba en picado un precipicio hasta donde terminaban las nubes y mucho más allá, donde la mirada en vertical distinguía un valle, unos bosques y quizás un pequeño pueblo a la orilla de un desierto. Pero no había nada más allí donde estaban ellos, y parecía que su mundo terminaba en esa cornisa abismal. Brion miró a Rall como preguntando qué esperaba que apareciera de la nada el maestro. Rall devolvió una mirada que reprendía sus dudas y le daba señal de que se había ganado levantar el campamento él solo.
      Al llegar la noche tomaron una cena frugal tras lo cual buscaron cobijo entre las mantas. Tindell todavía observó largo rato el horizonte, aguzando la vista con el compás de su corazonada. Pero no había nada. Las noches siempre son claras sobre las nubes, donde las estrellas o el sol alumbran eternamente sin obstáculos y puede verse hasta allá donde el mundo empieza a ser curvo. Más aún en ese extremo de su país de vapores, habían vagado durante semanas hasta que no pudieron seguir más y desde allí ni siquiera los nimbos impedían la visión. 
      Brion poco a poco se durmió, observando a su maestro que escudriñaba y escudriñaba como un águila sin descanso, y tratando de no pensar en lo cerca que estaban apostados del borde de la nube. Pero eran hombres del aire después de todo, y los hombres del aire no le temen a caer, así que se forzó a sí mismo a recordar las maravillas que Rall había contado del castillo, y otras no menos increíbles que se escuchaban aquí y allá, por donde uno quiera que fuera en los pueblos y caminos. Lo último que dibujó en su mente, estando aún despierto, fueron los fabulosos puentes colgantes que comunicaban al castillo y sus jardines con el resto de la capital. Eran el único acceso a esa cima de nubes y cristales donde habían levantado esa mole de vapor amordazado de diminutas cadenas de plata. A su alrededor, en los fosos que salvaban esos puentes, el precipicio absoluto, sólo cortado con esos paseos ondulantes que parecían siempre más extensos por delante.
    Cuando despertó, Rall ya estaba muerto. 
    Tenía la mirada perdida en un pensamiento de espanto y sorpresa que era difícil interpretar. Su rostro había quedado junto al de Brion, con una flecha atravesándole el cuello que a borbotones se desangraba en una mancha roja que se extendía apaciblemente.
Brion contuvo el aliento e intentó levantarse, sintiendo que dos manos poderosas hacían todo el trabajo por él.
— ¿Quiénes son, chico? — pero Brion no reaccionaba —. Habla, con un demonio, ¿de dónde vienen? ¡Rápido!
Brion no podía responder despacio, ni pensar de hacerlo rápido. No entendía nada de lo que estaba pasando, y por encima de los hombros del gigante que lo sostenía en vilo vio algo todavía más difícil de entender. Cientos, quizás miles de barcos de nube se extendían desordenadamente hasta donde alcanzaba la vista, tenían sus velas desplegadas y en los más cercanos pudo distinguir que incluso de sus costados salían remos para hacerlos más veloces. Y no eran pocos los que habían alcanzado la orilla, porque el gigante no era de modo alguno el único que lo rodeaba. Los que no habían atracado ya, lo estaban haciendo en aquel momento.
  — Será mejor para ti que respondas — dijo, y sosteniéndolo con un solo brazo por las ropas de su pescuezo, y reforzó la elocuencia de sus palabras al asomarlo hacia el precipicio.
  — Karnil, alcanzaron al otro — dijo otro hombre, más pequeño y rubio.Tindell, ahora notaba que el anciano no estaba allí con ellos. Y que había huido. Su aguda vista le habría revelado a los invasores quizás con las primeras luces del alba, y sin duda su sentido común le había dicho que era mejor dejar unos señuelos rezagados para asegurarse el escape. No le sirvió de mucho.
Montados en sus respectivos cisnes lo cazaron y en un fugaz combate lo ejecutaron allá abajo en el valle, revisaron sus ropas, robaron su bolsa de monedas y el último en regresar separó la cabeza del cisne de Tindell con un limpio hachazo.
Durante todo ese tiempo, Karnil tuvo suspendido a Brion en el aire, cada tanto le dirigía una mirada divertida al ver cómo el rostro del muchacho se contorsionaba ante lo que veía. Y al final le dirigió un:
  — ¿No piensas hablar? Bien, ya veremos.
  Brion sabía que no escaparía con vida de esa zarpa, y aún en su desesperación encontró valor suficiente para morder su lengua, y no entregarle más que el sudor frío que corría por su frente. Intentó forcejear y desasirse, pero el gigante lo sacudió y casi lo dejó caer, de modo que se contuvo. 
  La avanzadilla llegó de regreso al fin, obligaron a sus monturas a elevarse por la colina para reunirse con un grupo cada vez más numeroso de soldados que seguían arribando a la orilla. Porque Brion ahora podía entenderlo, aquello era una invasión y esos desconocidos iban todos vestidos con los mismos uniformes oscuros, portaban espadas, escudos, cascos o hachas con un emblema que desconocía. De pronto se sintió muy solo.
  — Hombres del Emperador Rowell, Mariscal — dijo el primero de los llegados, y mostró al rubio un anillo de Tindell con el escudo real —. El viejo traía esto.
  El rubio asintió y se volvió hacia el gigante. Le hizo una seña con indiferencia.
  — Mala suerte, chico — dijo el gigante, y abrió su puño y el abismo bajo los pies de Brion, luego, con voz sorprendida agregó —. Pensé que los hombres del aire sabrían volar.  Todos los que lo oyeron festejaron su ocurrencia con una carcajada.
  —No tendría alas, pero vaya que tenía pulmones— respondió otro soldado, mientras los gritos de Brion se consumían en la caída.


Continúa...




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