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miércoles, 15 de mayo de 2013

Yo, Tú y Él





   Yo sentía un sincero y para nada injustificado temor por ellos.
   Eran en sí mismos y por su sola presencia un llamado de atención, un recelo lógico que imponía las diferentes intenciones hacia con uno. Yo podía verlos intrigando vaya uno a saber qué tretas y escaramuzas, todas sin dudas, para sacar provecho en las desgracias de su prójimo.
   Él era del que más había que cuidarse.
   Siempre ajeno y extraño, de mirada insoldable que encubría maquiavélicas artimañas.
   Sus deseos no eran jamás buenos, como podía esperarse de cualquiera fuera de uno mismo. Y había indicios, pues muchas veces las evidencias habían señalado en su contra.

   Él lo sabía, y nada había hecho para excusarse por ser otro.
   Su desidia era consecuencia de creerse otro, de siempre haberse creído independiente de los demás.
   Una especie idealizada de ser que se asumía ser independiente sólo por incógnitos azares de su ego.
   Yo había tratado de hacérselo notar muchas veces sin éxito.
   Había predicado la mentira de creernos otros cuando somos uno solamente.
   Él, imbuido en los que creía sus propios y originales dogmas de persona, había desestimado todo esto.   Incluso, llegó a ejercer poderes y violencias por verdades, dando a sus puños las letras de las que no era capaz su lengua.
   Él, entretanto la noche rodaba sobre el día, urgía planes de villano, erigiendo ardides de destrucción.
   Yo resistía y predicaba, esforzando empeños en echar luz a sus mezquindades, empeñado en sacar agua de su sed.


   Mas, a fin de cuentas, descubrió que no podía solo.

   Yo tuvo que llamar a Tú, invocarlo en el sagrado nombre de la humanidad, pues como para los vivos no hay nada más sagrado que la vida que a los muertos a poco interesa, Yo, Tú, y Él estaban destinados a ser como uno, y así debían aprender sus verdades, unir sus caminos.
Desde pequeños todo había conspirado para creerlos y crearlos separados y mucho dolor tomó a Yo saberse indistinto. Superó los fantasmas de cuerpos y sombras, de otros y sus historias, de las cosas y las palabras que nos definen en casillas cuando las mismas casillas de personas son ilusiones y nada más que vanas ilusiones.
   Y  sólo entonces entendió todo. Sabiéndose parte de todo. Creyendo y aceptándose como todo en sí y todos los demás.
   ¿Cómo podría estar en guerra la mente contra el corazón o los pasos de su sangre en enemistados a sus suspiros?
   Los hombres debían amarse como a uno mismo pues uno mismo eran.
   Y con todo, Yo embistió día tras día contra Él, siempre inútil, siempre descubriendo que era distinta su lengua y distintos sus mundos.
   Antagonistas. Némesis para la perdición pues las estrategias de Él maduraban y se acercaba el momento en que atacaría para destruir a Yo y a la vez a sí mismo.
   Y así fue que la historia que empezó siendo de Yo fue la historia de Tú, pues él debió mediar, debió dar su sangre y los suspiros de su misma vida para que Yo y Él pudieran ver lo que él había visto, y darles a ambos una verdad tan obvia que dolía al comprenderse:
   -A tí Él te ve como tú - dijole a Yo.
   -A tí en cambio, él es el que te ve como tú - dijole a su vez a Él.
 
   Ambos lo miraron intuyendo más palabras.

   -Amigos, ¿no lo ven? - ni ÉL ni Yo respondieron -. ¡Los tres somos Yo!


- Jacques Pierre



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