¡Bienvenidos a este espacio dedicado a todos los que soñamos entrelíneas!


jueves, 9 de mayo de 2013

Idilio



Y mientras lo soñaba, supe que era éste un sueño.

Ya no era el mismo hombre al que un vago recuerdo que aún no llegaba intentaba atarme. Otros, miles, mas podía ver las naciones que vendrían de mi simiente. Y los días pasaban fugaces, ya fuera yo rey o mendigo. La vida es una ilusión, me decía, y al decirlo sabía yo que no era yo quien lo decía.

Mas había un temblor en la idea que me llevaba.

Entonces ya no fui hombre sino bestia, y no posaba mis pies en la tierra sino que galopaba furtivo al impulso de mis cuatro miembros. Había también una hembra y un perfume que me distraía, mas no era ella el temblor de mi idea. Y los días eran un solo día atravesados por un millar de parpadeos de la noche, que estaba hecha para la avidez del hambre.

La vida es una presa, me decía, y al decirlo sabía yo que no era yo quien lo decía.

Ese temblor seguía palpitando, y en nada la sangre le resistía.


Y fue largo el tiempo en que peregriné entre sueños inquietos transformando mis manos en zarpas y perdiendo mi cuerpo en las formas. Entonces por fin enterré mis pies en el cansancio para que la tierra me cobijara.

En las largas noches mis sueños eran impacientes en la espera de la sangre que todavía no le llegaba. Se desgarraban mis labios para echarse a volar, ansiosos de ese camino que en sueños yo desandaba. La vida es movimiento, me decía, y al decirlo sabía yo que no era yo quien lo decía.

Y con todo, el temblor de la idea me empujaba más allá.

El tiempo me hizo sereno. Ya no tenía apremios y el mismo tiempo dejó de ser un río. Yo me dejaba hacer por el viento y las aguas, dando forma a mi fluir como en cosquilleos. Ante mí se hundían civilizaciones y florecían nuevas eras.

La vida es ver ser al contexto, me decía, y al decirlo sabía yo que no era yo quien lo decía.

Y todavía el temblor de mi idea quería más.

El vértigo y el vacío de no ser eran tan terribles como irresistible el sueño que me hacía buscar ese recuerdo desconocido. Y tanta el ansia que fui consumido por el fuego, y en el nido de la estrella al que había vuelto, allí estabas para ver al final del camino, y poder conmigo lazar al fin nuestros pasos tanto tiempo perdidos.

La vida es el destino, me decía, y al decirlo sabía yo que tú por mi boca quien lo decía.

Y al fin me desperté, para saber con ese temblor de la idea que cruzaba una senda infinita desde el principio de los tiempos, que aún soñaba y en ti vivía.


- Jacques Pierre

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Copyright © EL CLUB DE LOS LIBROS PERDIDOS | Creado con Blogger

Design by Anders Noren | Blogger Theme by NewBloggerThemes.com